¿Y si cada película solo pudiera ganar un Oscar? Descúbrelo

Imagina unos Óscar donde “Sinners” y compañía solo ganan una estatuilla. Esta regla imposible revela a los olvidados de la Academia.

✍🏻 Por Tomas Velarde

marzo 6, 2026

• La ceremonia de los Óscar 2026 nos invita a imaginar un escenario fascinante: ¿qué sucedería si cada película solo pudiera alzarse con un único galardón, independientemente del número de nominaciones acumuladas?

• Este ejercicio revela la tendencia de la Academia a concentrar premios en unos pocos títulos, cuando en realidad treinta películas nominadas significan treinta equipos que han alcanzado la excelencia en su oficio y merecen reconocimiento.

• La propuesta resulta especialmente reveladora al observar cómo Sinners, con sus dieciséis nominaciones récord, y One Battle After Another, con trece, dominarían menos la ceremonia bajo esta restricción autoimpuesta.


Existe un ritual que se repite cada año en la ceremonia de los Óscar, tan predecible como las mareas: dos o tres películas acaparan la mayoría de los galardones, mientras el resto de nominadas observan desde sus butacas con sonrisas corteses y aplausos medidos.

Es el triunfo de la concentración sobre la diversidad, del consenso sobre el riesgo.

Pero imaginemos, por un momento, un escenario distinto. Imaginemos una Academia que decidiera, por una vez, que cada película solo puede alzarse con una estatuilla dorada, sin importar cuántas nominaciones haya acumulado.

Este ejercicio mental, lejos de ser una mera fantasía ociosa, nos obliga a replantearnos qué valoramos realmente en el cine y cómo distribuimos el reconocimiento artístico.

¿Acaso una película que arrasa en todas las categorías técnicas es necesariamente superior a aquella que brilla en un único aspecto con maestría absoluta?

La respuesta, como suele ocurrir en el arte, no es sencilla. Pero explorar esta posibilidad nos permite descubrir joyas ocultas entre las nominaciones y cuestionar la lógica misma de estos galardones.

He visto ceremonias donde películas notables quedaban eclipsadas por el consenso fácil. Recuerdo cuando Amadeus arrasó en 1985 con ocho estatuillas, merecidas todas ellas, pero dejando en la sombra trabajos extraordinarios que apenas recibieron un aplauso de consolación.


La edición de 2026 de los Premios de la Academia, programada para el 15 de marzo y con emisión a través de ABC, presenta un panorama particularmente interesante para este experimento.

Treinta películas compiten en las veinte categorías destinadas a largometrajes, con Sinners liderando la carrera con dieciséis nominaciones que rompen todos los récords previos.

Le sigue One Battle After Another con trece menciones, configurando lo que en circunstancias normales sería una batalla entre titanes por el dominio absoluto de la noche.

Pero apliquemos nuestra regla hipotética y observemos cómo se redistribuye el poder.

Mejor Película debería recaer, sin duda, en Sinners.

Dieciséis nominaciones no surgen de la casualidad ni del capricho. Hablan de una obra que ha conseguido impresionar a la Academia en prácticamente todos los aspectos del oficio cinematográfico.

Es el tipo de reconocimiento total que merece coronarse con el premio mayor, dejando que otras películas brillen en las categorías específicas donde también destacan.

Para Mejor Director, la elección resulta casi poética: Paul Thomas Anderson por One Battle After Another.

Que un cineasta de su calibre, heredero legítimo de la tradición de los grandes autores norteamericanos —pienso en Altman, en Wilder, en aquellos que entendían el cine como arquitectura emocional—, aún no posea un Óscar constituye una de esas anomalías que la historia del cine no perdona fácilmente.

Anderson comprende la puesta en escena como pocos directores contemporáneos. Sus planos secuencia no son meros alardes técnicos sino herramientas narrativas que revelan la psicología de sus personajes.

Aquí tendríamos la oportunidad de corregir ese error histórico, permitiendo que su visión singular reciba el reconocimiento que lleva décadas mereciendo.

En Mejor Actor, Timothée Chalamet por Marty Supreme representa una apuesta por el futuro del cine.

Chalamet pertenece a esa estirpe de intérpretes que comprenden que actuar no es impostación sino revelación, que cada gesto debe contener una verdad interior.

Me recuerda, salvando las distancias generacionales, a aquel Montgomery Clift que revolucionó la interpretación en los años cincuenta con su naturalismo contenido.

Su trabajo merece este reconocimiento, especialmente si liberamos la categoría de las ataduras de las películas más nominadas.

La categoría de Mejor Actriz ofrece una oportunidad para visibilizar trabajos en producciones más modestas.

Rose Byrne en If I Had Legs I’d Kick You ejemplifica precisamente el tipo de interpretación que suele perderse en el ruido de las superproducciones.

Byrne posee esa capacidad camaleónica que caracterizaba a las grandes actrices de la época dorada de Hollywood —pienso en Barbara Stanwyck, en Bette Davis—, capaces de desaparecer completamente en sus personajes sin perder nunca su presencia magnética.

Este sería su momento de reivindicación.

Para Mejor Actor de Reparto, Stellan Skarsgård en Sentimental Value representa décadas de excelencia interpretativa.

Skarsgård pertenece a esa clase de actores europeos que entienden el oficio como un arte de precisión, donde menos es invariablemente más.

Su presencia en pantalla siempre eleva el material, por modesto que este sea. Hay en él algo de Max von Sydow, esa gravitas nórdica que convierte cada aparición en un acontecimiento.

En Mejor Actriz de Reparto, Amy Madigan por Weapons se convierte en la única opción viable bajo nuestras restricciones, pero no por ello menos merecedora.

Madigan representa esa generación de actrices norteamericanas que construyeron carreras sólidas lejos de los focos más deslumbrantes, con una dedicación al oficio que merece todo nuestro respeto.

El Mejor Guion Original debería ir a manos de Richard Linklater por Blue Moon.

Linklater ha demostrado durante décadas una comprensión única del tiempo cinematográfico. Desde Before Sunrise hasta Boyhood, ha explorado cómo las conversaciones aparentemente triviales pueden contener universos enteros de significado.

Su escritura posee esa cualidad orgánica que hace que los diálogos suenen a vida real sin perder nunca la estructura dramática.

Es el heredero espiritual de Eric Rohmer, ese maestro francés que convirtió la conversación en puro cine.

Para Mejor Guion Adaptado, Hamnet de Chloé Zhao y Maggie O’Farrell representa el desafío de trasladar literatura de calidad a la pantalla sin traicionar su esencia.

La adaptación es un arte en sí mismo, requiere saber qué preservar y qué transformar.

Pienso en aquella magistral adaptación que Harold Pinter hizo de El mensajero de L.P. Hartley, donde cada palabra suprimida era tan importante como cada palabra conservada.

Este trabajo merece reconocimiento por navegar esas aguas traicioneras.

En categorías más específicas, la distribución se vuelve reveladora.

Mejor Canción Original para «Golden» de KPop Demon Hunters puede parecer una elección sorprendente, pero recordemos que la música cinematográfica no debe juzgarse por prejuicios sobre géneros o procedencias.

Una buena canción es una buena canción, independientemente de su contexto. Aunque confieso cierto escepticismo ante la tendencia actual de privilegiar lo comercial sobre lo artístico en esta categoría.

Mejor Película de Animación naturalmente recae en Zootopia 2.

La animación contemporánea ha alcanzado cotas técnicas y narrativas impensables hace apenas dos décadas. Las secuelas, cuando están bien ejecutadas, pueden profundizar en universos ya establecidos con resultados fascinantes.

Aunque no puedo evitar cierta nostalgia por aquellos tiempos en que la animación de Disney significaba Blancanieves o Fantasía, obras que no necesitaban franquicias para justificar su existencia.

It Was Just an Accident como Mejor Película Internacional nos recuerda que el cine sigue siendo un lenguaje universal, capaz de trascender fronteras y culturas cuando está ejecutado con honestidad y rigor.

Las categorías técnicas revelan la verdadera amplitud del talento nominado.

Mejor Casting para The Secret Agent reconoce un aspecto del cine frecuentemente infravalorado: la elección correcta de actores puede hacer o deshacer una película.

Es una forma de dirección invisible pero fundamental. Marion Dougherty revolucionó Hollywood en los sesenta precisamente por entender esto: el casting es el primer acto de dirección.

Mejor Banda Sonora Original para Bugonia celebra la música como elemento narrativo, no como mero acompañamiento decorativo.

La gran música de cine debe funcionar como un personaje más, comentando y amplificando la acción sin llamar excesivamente la atención sobre sí misma.

Pienso en Bernard Herrmann componiendo para Hitchcock, en cómo aquellas cuerdas estridentes de Psicosis se convirtieron en puro terror visual.

Sirāt se lleva el premio de Mejor Sonido, recordándonos que el diseño sonoro es tan crucial como la imagen para crear mundos cinematográficos convincentes.

El sonido trabaja en nuestro subconsciente, moldeando emociones de formas que la imagen sola nunca podría conseguir.

Walter Murch lo demostró magistralmente en Apocalypse Now, donde el diseño sonoro se convirtió en la verdadera narrativa de la locura.

La Mejor Fotografía para Train Dreams honra el arte de capturar luz y sombra, de componer encuadres que cuenten historias por sí mismos.

La cinematografía es la escritura visual del cine, su gramática más fundamental.

Gregg Toland lo entendió cuando iluminó Ciudadano Kane, creando profundidades de campo que revolucionaron el lenguaje cinematográfico.

Mejor Diseño de Producción para Frankenstein resulta apropiado para una historia que requiere crear mundos góticos y atmosféricos.

El diseño de producción construye la realidad física donde habitan los personajes, y su importancia no puede subestimarse.

Ken Adam diseñando los búnkeres de Dr. Strangelove entendió que la arquitectura es ideología hecha visible.

Avatar: Fire and Ash se alza con el Mejor Diseño de Vestuario, demostrando que incluso en películas dominadas por efectos digitales, el vestuario sigue siendo esencial para definir personajes y culturas.

Aunque debo confesar mi escepticismo ante estas superproducciones donde la tecnología amenaza con devorar la artesanía.

Mejor Maquillaje y Peluquería para The Smashing Machine reconoce transformaciones físicas que van más allá de la mera cosmética, convirtiéndose en herramientas narrativas fundamentales.

El Mejor Montaje para F1 celebra el ritmo y la estructura, ese arte invisible que determina cómo experimentamos el tiempo dentro de una película.

Un buen montaje es como una buena respiración: solo lo notas cuando falla.

Thelma Schoonmaker montando para Scorsese durante décadas nos enseñó que el montaje no es cortar sino construir, crear ritmos que reflejen estados emocionales.

Finalmente, Mejores Efectos Visuales para The Lost Bus cierra el círculo, recordándonos que los efectos deben servir a la historia, no al revés.

Aunque en la era actual de la sobreproducción digital, este principio parece olvidarse con demasiada frecuencia.


Este ejercicio hipotético revela algo fundamental sobre cómo concebimos el reconocimiento artístico en el cine.

La tendencia natural de la Academia a concentrar premios en unas pocas películas responde a una lógica de consenso comprensible pero limitante.

Cuando Sinners arrasa con múltiples categorías, estamos diciendo que es la mejor película del año en términos absolutos.

Pero el cine no funciona así.

Una película puede tener la mejor fotografía sin ser necesariamente la mejor película. Un actor puede ofrecer la interpretación del año en una producción modesta que no aspira a Mejor Película.

Redistribuir los premios bajo esta regla imaginaria nos obliga a mirar más allá de los favoritos obvios, a descubrir excelencia en lugares inesperados.

Nos recuerda que treinta películas nominadas significan treinta equipos de artistas y técnicos que han alcanzado la cima de su oficio.

He visto demasiadas ceremonias donde el talento genuino quedaba sepultado bajo el peso del consenso fácil y la política de estudios.

Quizá la Academia nunca adopte esta regla, y probablemente sea mejor así. Los premios responden a lógicas complejas que van más allá de la mera calidad artística.

Pero como ejercicio mental, nos recuerda que el cine es un arte colectivo y diverso, donde la grandeza adopta múltiples formas y merece celebrarse en toda su amplitud.

Nos recuerda, en definitiva, que el cine sigue siendo —debe seguir siendo— un oficio de artesanos antes que de contables.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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