Olvida los dragones: este caballero y un niño calvo te destrozan

Un final de temporada íntimo, sin dragones ni batallas, donde Dunk y Egg eligen ser decentes en un mundo que castiga la bondad.

✍🏻 Por Alex Reyna

febrero 25, 2026

• El final de temporada de A Knight of the Seven Kingdoms apuesta por el desarrollo emocional de sus personajes en lugar de por el espectáculo visual, cerrando con Dunk y Egg cabalgando juntos hacia un futuro incierto.

• La serie demuestra que la fantasía épica puede funcionar desde la intimidad, explorando qué significa ser buena persona en un mundo que castiga la decencia.

• Este episodio final plantea preguntas sobre el destino, la culpa y cómo el entorno moldea a las personas, temas que resuenan más allá de Poniente.


Hay algo profundamente humano en ver a alguien intentar hacer lo correcto cuando todo el sistema está diseñado para castigar precisamente eso.

A Knight of the Seven Kingdoms no es House of the Dragon. No busca dragones escupiendo fuego ni batallas que hagan temblar la pantalla. Su apuesta es más arriesgada: contar la historia de un caballero errante que apenas sabe leer y un príncipe disfrazado de calvo que intenta entender qué tipo de hombre quiere ser.

¿No es eso lo que siempre nos ha fascinado de la ciencia ficción y la fantasía? No los efectos especiales ni las criaturas imposibles, sino el espejo que nos ponen delante. Las preguntas incómodas sobre quiénes somos cuando nadie nos mira, sobre si el entorno nos define o si podemos elegir nuestro propio camino.

Este episodio, titulado «The Morrow» (El Mañana), hace exactamente eso: nos obliga a pausar y pensar.

Un mundo que no perdona la bondad

El episodio arranca con Dunk recuperándose del Juicio de los Siete, pero las heridas físicas son lo de menos. El príncipe Baelor ha muerto protegiéndole, y ese peso es insoportable.

Lo que sigue es una serie de conversaciones que funcionan como pequeñas detonaciones emocionales. El funeral de Baelor reúne a los Targaryen, y el príncipe Valarr le pregunta a Dunk por qué los dioses se llevaron a su padre y le dejaron a él con vida.

Es una pregunta brutal, sin respuesta posible, y el episodio tiene la inteligencia de no intentar darla.

Mientras tanto, Ser Raymun Fossoway se despide de su primo con un nuevo emblema: una manzana verde en lugar de roja. Ha encontrado la felicidad con Rowan, que está visiblemente embarazada. Es un recordatorio de que la vida continúa, incluso cuando otros la pierden.

La honestidad de Maekar

Una de las escenas más potentes llega cuando el príncipe Maekar convoca a Dunk. Esperamos reproches, quizá amenazas. En su lugar, recibimos algo mucho más inquietante: honestidad.

Maekar reconoce que enviará a Aerion a las Ciudades Libres, sabiendo que los rumores sobre su implicación en la muerte de Baelor le perseguirán siempre. Le ofrece a Dunk un lugar en Refugio Estival para que Egg pueda servir como escudero con comodidad.

Pero Dunk rechaza la oferta con una frase lapidaria: «He terminado con los príncipes».

Es un momento que me recordó a Dune, cuando Paul Atreides comprende que cada decisión que toma arrastra consecuencias que escapan a su control. También a Star Trek, cuando Picard debe elegir entre el deber y lo que sabe que es correcto, aunque el sistema le castigue por ello.

Dunk no quiere ser parte de ese engranaje. Ha visto lo que el poder hace a las personas, cómo las moldea y las corrompe.

El cuchillo y la encrucijada

Egg escucha el rechazo de Dunk y se siente traicionado. La tensión estalla cuando descubren a Egg acercándose a su hermano Daeron dormido, con un cuchillo en la mano.

Es una imagen perturbadora que ilustra perfectamente el peligro que acecha a Egg. No es solo un niño jugando a ser escudero. Es un Targaryen, atrapado en una familia donde la monstruosidad parece hereditaria.

Daeron, borracho, ofrece una reflexión que cambia todo: Aerion no nació monstruo, fue moldeado así. Egg no tiene por qué seguir ese destino.

Es una idea que resuena con fuerza en la ciencia ficción: ¿somos producto de nuestro entorno o podemos elegir quiénes queremos ser? Los replicantes de Blade Runner se hacían la misma pregunta. Los androides de Westworld también. Aquí, en un mundo de espadas y castillos, la pregunta sigue siendo igual de urgente.

La decisión que lo cambia todo

Esa conversación empuja a Dunk a reconsiderar. Vuelve ante Maekar con una propuesta diferente: tomará a Egg como escudero, pero lejos de castillos y de la influencia real. Lejos de todo lo que podría convertirle en otro Aerion.

Maekar se niega inicialmente, pero la lógica de Dunk es implacable: basta con mirar cómo han resultado sus otros hijos. El príncipe cede, aunque se nota que le duele.

Es una escena que funciona porque ninguno de los dos tiene completamente razón. Ambos quieren lo mejor para Egg, pero desde perspectivas irreconciliables.

Antes de partir, Dunk clava una moneda en un árbol en honor a Ser Arlan de Árbol de Monedas, su difunto mentor. Son gestos pequeños, pero cargados de significado.

Cabalgando hacia el mañana

El episodio cierra con Egg llegando con el permiso de su padre para servir como escudero de Dunk. Los dos cabalgan juntos, bromeando sobre si existen nueve reinos en lugar de siete.

Una toma aérea les muestra cabalgando junto al recuerdo de Ser Arlan, como si el viejo caballero les acompañara en espíritu. El episodio termina con «Sixteen Tons» de Tennessee Ernie Ford, una elección musical que subraya el peso que Dunk carga sobre sus hombros.


Lo que hace especial a este final es que no intenta ser épico en el sentido tradicional. No hay dragones ni batallas. Solo dos personas eligiendo un camino difícil porque creen que es el correcto.

Es fantasía íntima, y funciona precisamente porque confía en que nos importan estos personajes, en que queremos verles crecer.

Me quedo pensando en esa frase de Ser Arlan que Dunk recuerda: «Me pregunto qué traerá el mañana». Es una pregunta abierta, llena de posibilidades.

Y quizá eso es lo que necesitamos de las historias: no certezas, sino preguntas que nos acompañen días después de que termine el episodio. Dunk y Egg cabalgan hacia un futuro incierto, pero lo hacen juntos, intentando ser mejores de lo que el mundo espera de ellos.

Y eso, en un universo tan brutal como Poniente, ya es un acto revolucionario.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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