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Ghostbusters: Night Shift es una serie animada de Netflix ambientada en los años noventa, concebida para encajar con precisión dentro del canon oficial de la franquicia Cazafantasmas.
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La idea nació durante el desarrollo de Ghostbusters: Afterlife, cuando Jason Reitman y Gil Kenan advirtieron que toda una década de la historia de la saga seguía inexplorada.
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La serie aspira a recuperar el espíritu del filme original de 1984, combinando comedia y terror auténtico, con una nueva generación de personajes en sus primeros años de juventud.
• Mi opinión: El énfasis en la coherencia narrativa y canónica es el dato más esperanzador del proyecto, aunque la historia de las franquicias nos ha enseñado a no celebrar demasiado pronto.
Hay algo que los grandes estudios nunca terminan de aprender: que el legado de una obra no se amplía con buenas intenciones, sino con oficio y honestidad. Lo he visto ocurrir con demasiadas franquicias a lo largo de los años, especialmente desde que los universos cinematográficos compartidos se convirtieron en la religión dominante de Hollywood. Cada anuncio genera el mismo ciclo de expectativa y decepción, y uno acaba desarrollando cierta inmunidad al entusiasmo.
Y sin embargo, hay declaraciones que logran abrir una grieta en esa coraza. Jason Reitman, al hablar de Ghostbusters: Night Shift, la nueva serie animada que Netflix tiene previsto estrenar este año, ha dicho algo que pocas veces se escucha en el contexto de las grandes franquicias: que la historia encaja, que todo conecta, que nadie perderá el hilo. Para quien valora la coherencia narrativa por encima del espectáculo, eso merece, al menos, atención.
Confieso una debilidad personal en este punto. Vi el filme original de 1984 siendo casi un adolescente, y recuerdo con exactitud la sorpresa de comprobar que aquella comedia bulliciosa escondía, en realidad, una película de terror perfectamente construida. Uno no olvida esas cosas. Empecé a escribir sobre cine años después, en foros de cinéfilos a finales de los noventa, y siempre volvía a aquel título como ejemplo de equilibrio entre géneros.
La génesis de Night Shift es, en sí misma, una historia con interés. Durante el desarrollo de Ghostbusters: Afterlife, Reitman y el director Gil Kenan se dieron cuenta de que los años noventa constituían una laguna enorme en la historia de los Cazafantasmas: toda una década entre los filmes originales y los eventos de Afterlife que nadie había tocado jamás.
La pregunta que lo desencadenó todo fue sencilla y poderosa a la vez: ¿quién dejó una mochila de protones en un granero? Esa pequeña imagen, ese misterio sin resolver, fue el origen del concepto. Es el tipo de punto de partida que distingue a un narrador de un fabricante de contenido. Hitchcock lo llamaba, con su habitual ironía, el «MacGuffin»: ese objeto aparentemente trivial que pone en marcha toda la maquinaria dramática.
La serie se centrará en un nuevo grupo de Ghostbusters en sus primeros años de juventud, una generación que hereda el legado sin ser una mera repetición de lo anterior. Los productores ejecutivos son el propio Reitman, Gil Kenan y Dan Aykroyd —alma viviente de la franquicia desde sus inicios—, mientras que los showrunners Ben Hibon y Elliott Kalan llevarán el peso creativo del día a día. La animación corre a cargo del equipo responsable de Stranger Things: Tales from ’85, lo que apunta a una propuesta visual con verdadera ambición y, sobre todo, con un sentido de época que casi nunca se improvisa.
Reitman ha sido explícito en cuanto al tono: esto no es una revisión de The Real Ghostbusters, la célebre serie animada de los ochenta, aunque reconoce su influencia. La referencia verdadera es el filme de 1984. Y eso tiene todo el sentido. Aquella película tenía algo extraordinario: la capacidad de cambiar de registro sin que el espectador lo anticipara. Entraba como comedia y salía como terror.
Pienso en la secuencia inicial en la biblioteca, ese travelling silencioso por los pasillos que desemboca en la aparición del espectro bibliotecario. Es puro manejo del suspense, la clase de tensión que Kubrick administraba en los corredores de El resplandor. Billy Wilder, por su parte, habría reconocido esa habilidad para mezclar géneros sin perder el norte. Pocas películas populares se atreven a tanto con tan aparente ligereza.
«Quien entre pensando que va a ver algo parecido a la serie de los ochenta, se va a llevar una sorpresa. Es más divertida, es más aterradora», ha declarado Reitman. La advertencia es también una promesa. Veremos si se cumple.
La coherencia canónica que defiende —«podrás ver las películas, entrar en la serie, ver más películas y no perder el hilo en ningún momento»— es, para quien aprecia la narrativa como estructura y no como pretexto, el dato más alentador de todo el anuncio.
El cine de animación, conviene recordarlo, no es un formato menor. Miyazaki lo elevó a las cimas del arte con una honestidad creativa que avergüenza a muchas producciones de acción real con presupuestos diez veces superiores. El formato no determina la calidad; lo hace la intención con la que se trabaja el material.
Ghostbusters: Night Shift tiene, sobre el papel, los ingredientes necesarios para ser algo más que una extensión comercial de una marca rentable. Si Reitman y su equipo cumplen lo que prometen —coherencia, respeto al tono del original, una historia que añada algo genuino al universo—, podría resultar en una obra que Ivan Reitman, quien construyó todo esto hace cuarenta años, habría mirado con orgullo. La cautela permanece, como siempre. Pero la puerta, esta vez, no está del todo cerrada.

