• Netflix está rediseñando la estructura narrativa del cine de acción con secuencias de impacto en los primeros cinco minutos y diálogos repetitivos, asumiendo que los espectadores miran películas mientras consultan el móvil.
• Esta transformación nos obliga a preguntarnos si hemos normalizado la distracción hasta el punto de que la industria se rinde ante ella en lugar de desafiarnos a algo mejor.
• Mientras Matt Damon defiende esta fórmula como inevitable, obras como «Adolescence» sugieren que quizá estamos subestimando nuestra propia capacidad de atención.
Hay algo profundamente revelador en la forma en que consumimos historias. No me refiero solo al formato o la plataforma, sino a la calidad de nuestra presencia mientras lo hacemos.
Recuerdo haber visto Arrival en cine, completamente absorbido, sintiendo cada pausa, cada silencio cargado de significado. Esa experiencia requería algo de mí: atención plena, entrega.
Ahora imagino esa misma película compitiendo con notificaciones, mensajes, el scroll infinito de una segunda pantalla. ¿Qué queda de la experiencia cuando nuestra atención se fragmenta así?
Matt Damon acaba de poner palabras a algo que muchos intuíamos. En su reciente aparición en el podcast de Joe Rogan junto a Ben Affleck, promocionando «The Rip» para Netflix, Damon desveló cómo la plataforma está reconfigurando las reglas fundamentales del cine de acción.
Y no se trata de innovación artística. Se trata de adaptarse a una realidad incómoda: estamos viendo películas con el móvil en la mano.
La nueva arquitectura de la atención dividida
La estructura clásica del cine de acción es casi sagrada en su simplicidad. Tres actos, tres secuencias de acción, con el gran despliegue reservado para el clímax final.
Es una arquitectura narrativa que funciona porque construye tensión, porque nos hace invertir emocionalmente en el viaje antes de la recompensa. Piensa en cómo Blade Runner se toma su tiempo para construir ese mundo, capa a capa, antes de llegar a su confrontación final. Has ganado el derecho a ese momento porque la audiencia está contigo, comprometida.
Netflix, según Damon, está desmontando esa estructura pieza a pieza. Ahora quieren la gran secuencia de acción en los primeros cinco minutos. No como prólogo orgánico, sino como mecanismo de retención puro y duro.
El objetivo es claro: capturar la atención antes de que el espectador decida que su feed de Instagram es más interesante.
Pero hay algo aún más revelador. Netflix ha sugerido repetir la información de la trama tres o cuatro veces en los diálogos. Tres o cuatro veces.
Porque asumen que no estás prestando atención completa. Que te perderás cosas. Que necesitas que te lo recuerden, como si la película fuera una conversación de fondo mientras vives tu vida real.
Cuando el cine se vuelve ignorable
Esto me recuerda a algo que Brian Eno dijo sobre la música ambiental: debía ser tan ignorable como interesante. Pero el cine nunca fue concebido para ser ignorable.
Lo que Netflix está proponiendo es una forma de rendición. No están luchando por tu atención; están aceptando que no la tendrán completa y ajustando el producto en consecuencia.
Es pragmático, sí. Pero también implica que hemos normalizado la distracción hasta el punto de que la industria se adapta a ella en lugar de desafiarla.
Damon lo explicó con franqueza casi brutal: reconocen que los espectadores ofrecen «un nivel de atención muy diferente» cuando ven contenido en casa. Y tienen razón.
Pero la pregunta es: ¿debería el arte adaptarse a nuestros peores hábitos o aspirar a elevarnos por encima de ellos?
La excepción que lo cuestiona todo
Ben Affleck introdujo un contrapunto fascinante. Mencionó «Adolescence», una miniserie de Netflix que ha tenido éxito notable sin seguir ninguna de estas nuevas reglas.
Planos largos, diálogos mínimos, narrativa oscura y compleja. Todo lo que supuestamente no funciona en la era de la atención fragmentada.
Damon lo consideró una excepción. Affleck argumentó que demuestra que la audiencia no necesita estos trucos. Y aquí está el debate real: ¿es «Adolescence» una anomalía o la prueba de que estamos subestimando a la audiencia?
Me inclino por lo segundo. Creo que cuando algo es genuinamente bueno, cuando una historia está contada con convicción y claridad de visión, la gente responde.
Puede que no en los números masivos que Netflix busca para justificar sus inversiones de cientos de millones, pero responde. Y quizá eso debería importar más.
Pienso en Dune de Villeneuve, que se toma su tiempo para establecer ese universo complejo, confiando en que la audiencia seguirá el viaje. Y funcionó. O en cómo Blade Runner 2049 duplicó la apuesta por la contemplación lenta en plena era de Marvel. No fue un éxito masivo, pero encontró su audiencia porque respetó su inteligencia.
Lo que realmente está en juego
Netflix no está tomando estas decisiones basándose en intuición creativa. Las está tomando basándose en datos. Métricas de retención, patrones de visualización, análisis de abandono.
Y los datos no mienten sobre el comportamiento, pero tampoco cuentan toda la verdad sobre el valor.
Los datos te dirán que la gente abandona películas. No te dirán si abandonaron porque la película era mala o porque nunca le dieron una oportunidad real.
No distinguen entre una experiencia mediocre que mantiene ojos en pantalla y una obra maestra que requiere paciencia. Optimizar para la retención no es lo mismo que optimizar para la calidad.
Quizá lo más perturbador de esta conversación no es lo que dice sobre Netflix, sino lo que dice sobre nosotros.
Hemos construido un ecosistema donde la distracción es la norma, donde dividir nuestra atención entre múltiples pantallas se siente natural, casi necesario. Y ahora la industria del entretenimiento está rediseñando sus productos para encajar en ese ecosistema fragmentado.
Pero no tiene por qué ser así.
Cada vez que elegimos apagar el móvil, sentarnos en una sala oscura, o simplemente darle a una historia la atención que merece, estamos votando por un tipo diferente de experiencia.
El cine siempre ha sido un acto de fe: la historia confía en que le darás tu tiempo, tú confías en que valdrá la pena. Quizá lo que realmente está en juego no es cómo Netflix hace películas, sino si todavía somos capaces de ese tipo de fe.

