Las 8 joyas de los 90 que el cine actual debería rescatar

Ocho películas de los 90 (Glengarry Glen Ross, Backdraft, Clockers, SLC Punk!) que destacan por narrativa sólida y artesanía, sin grandes efectos ni presupuestos.

✍🏻 Por Tomas Velarde

marzo 23, 2026

• Ocho películas de los años noventa que demuestran que la solidez narrativa y el respeto al oficio cinematográfico no necesitan de grandes presupuestos ni efectos digitales para perdurar en la memoria.

• Glengarry Glen Ross representa la cúspide de esta selección: un prodigio de escritura teatral llevado al cine con la maestría que solo los grandes intérpretes pueden ofrecer, una obra maestra sin ambages.

• Es revelador que títulos con verdadera sustancia artística hayan quedado sepultados mientras el mercado premia la mediocridad pirotécnica de las franquicias actuales, síntoma inequívoco de nuestro tiempo.


Hay algo profundamente melancólico en ver cómo ciertas películas desaparecen de la memoria colectiva. No hablo de fracasos merecidos ni de experimentos fallidos, sino de obras que en su momento brillaron con luz propia y que, por caprichos del mercado o por la saturación mediática de nuestra época, han quedado relegadas a ese limbo donde habitan los títulos que nadie menciona en las conversaciones de sobremesa.

Los años noventa, esa última década antes de que el cine digital lo transformara todo, nos dejaron un legado extraordinario que va mucho más allá de las obviedades que todos recordamos. Me propongo aquí rescatar ocho títulos de aquella década que merecen ser revisitados. No se trata de un ejercicio nostálgico gratuito, sino de justicia cinematográfica.

Porque si algo caracteriza a estas películas es precisamente su solidez narrativa, su respeto por el espectador y su confianza en el poder del cine como lenguaje. Valores que, me temo, escasean en la producción actual.

The Freshman (1990) representa un ejercicio de metacine que podría haber resultado pretencioso pero que funciona gracias a la química entre Marlon Brando y Matthew Broderick. Brando, en un gesto de ironía suprema, parodia su propio papel en El Padrino, y lo hace con una elegancia que solo los grandes pueden permitirse.

La película tiene ese ritmo pausado, esa cadencia del cine clásico que ya no se estila. No hay prisa por llegar a ningún sitio, y precisamente esa confianza en el tempo es lo que la hace funcionar. Broderick, siempre competente aunque nunca memorable, encuentra en Brando el contrapunto perfecto. El resultado es una comedia que no necesita gritar para hacerse oír, en la tradición de las mejores comedias de Billy Wilder.

Backdraft (1991) es puro espectáculo, pero espectáculo del bueno. Ron Howard nunca ha sido un director sutil, pero aquí su tendencia al exceso encuentra el vehículo perfecto. Los efectos prácticos —esas llamas reales, esos decorados que arden de verdad— tienen una materialidad que ningún ordenador puede replicar.

Recuerdo haberla visto en su momento y quedar impresionado por la puesta en escena de las secuencias de incendios. Hay en esas imágenes una artesanía que remite al mejor Hollywood clásico, cuando los técnicos de efectos especiales eran verdaderos artistas del oficio. Hoy, cuando todo se resuelve con pantallas verdes y artistas digitales, esta película se erige como testimonio de una época en la que el cine todavía era un oficio artesanal.

La trama de misterio funciona correctamente, aunque sea lo de menos. Lo importante aquí es la textura, el calor literal que emana de cada fotograma.

Pero si hay una película de esta lista que merece el calificativo de obra maestra sin ambages, esa es Glengarry Glen Ross (1992). David Mamet adaptó su propia obra teatral ganadora del Pulitzer, y el resultado es un prodigio de escritura y dirección de actores.

James Foley, un director competente pero no excepcional, tuvo la inteligencia de apartarse y dejar que el texto y los intérpretes hicieran su trabajo. Al Pacino, Jack Lemmon, Ed Harris, Alan Arkin, Alec Baldwin en ese monólogo demoledor que abre la película… Es cine de diálogo puro, sin concesiones, sin subrayados.

La desesperación silenciosa del vendedor americano, ese sueño podrido que ya Arthur Miller había explorado en Muerte de un viajante, encuentra aquí una expresión contemporánea y brutal. La composición de los encuadres, claustrofóbica y opresiva, refuerza el texto sin competir con él. Es el tipo de adaptación teatral que Wilder habría aplaudido: respeta el origen pero entiende el lenguaje cinematográfico.

Que Pacino ganara el Oscar al año siguiente por Perfume de mujer, una película infinitamente inferior, es una de esas injusticias que confirman lo poco que los premios tienen que ver con la excelencia artística.

The Good Son (1993) fue masacrada por la crítica en su momento, y es comprensible. Macaulay Culkin intentando sacudirse la imagen de niño adorable de Solo en casa interpretando a un psicópata infantil parecía un ejercicio de cinismo comercial.

Pero vista con perspectiva, la película tiene un valor innegable. Culkin está genuinamente inquietante, y el tono melodramático, lejos de ser un defecto, funciona como declaración de intenciones. Es cine de género sin complejos, que no pretende ser lo que no es. Hay una honestidad en esa falta de pretensiones que resulta refrescante, algo que Hitchcock siempre defendió en su cine de suspense.

Con Clockers (1995), Spike Lee demostró que podía hacer cine de género sin renunciar a su mirada crítica. Adaptando la novela de Richard Price, Lee construye un retrato del ecosistema criminal que anticipa lo que años después haría The Wire en televisión.

No hay héroes ni villanos, solo personas atrapadas en estructuras que los superan. La fotografía de Malik Hassan Sayeed tiene esa cualidad documental que Lee sabe explotar tan bien, y el montaje nervioso mantiene la tensión sin caer en el efectismo. Es una película incómoda, que no ofrece respuestas fáciles ni catarsis reconfortantes. Quizá por eso no tuvo el éxito comercial que merecía.

The Arrival (1996) quedó eclipsada por Independence Day, estrenada el mismo año. Y es comprensible: una es un espectáculo pirotécnico diseñado para el consumo masivo, la otra es ciencia ficción de serie B con ambiciones modestas pero bien ejecutadas.

Charlie Sheen, antes de convertirse en parodia de sí mismo, demuestra aquí que podía sostener una película con presencia y convicción. El guion tiene esos giros que caracterizan a la buena ciencia ficción de los noventa, cuando todavía se confiaba en la inteligencia del espectador.

Vista hoy, funciona como cápsula del tiempo, testimonio de una época en la que el cine de género todavía podía permitirse ser modesto y efectivo sin necesidad de universos expandidos ni secuelas infinitas.

Flubber (1997) es un remake de una comedia de Disney de los sesenta, escrita por John Hughes en sus últimos años de carrera. Dentro de su modestia, la película funciona como ejemplo de cine familiar hecho con oficio.

Hay algo en la energía maniaca de Robin Williams, en ese slapstick absurdo y en la sinceridad emocional del conjunto que desarma cualquier resistencia crítica. No es gran cine, pero es cine honesto, hecho con respeto por el público familiar. En una época en la que las comedias familiares se han convertido en productos algorítmicos sin alma, Flubber brilla por su humanidad.

Es el tipo de entretenimiento que el Hollywood clásico sabía fabricar con los ojos cerrados: sin pretensiones artísticas, pero con dignidad profesional.

Cierro esta lista con SLC Punk! (1999), una película que costó poco más de medio millón de dólares y que encontró su público a través del vídeo doméstico y los canales de cable. Es cine independiente en el mejor sentido del término: una visión personal, sin concesiones al mercado, hecha con pasión y urgencia.

Matthew Lillard, habitualmente relegado a papeles secundarios, tiene aquí la oportunidad de demostrar su talento en un papel complejo que transita del humor a la tragedia sin solución de continuidad. La película captura el espíritu punk con autenticidad, sin romantizarlo pero tampoco sin traicionarlo. Es un documento generacional que ha envejecido sorprendentemente bien.

Lo que une a estas ocho películas, más allá de su década de origen, es una confianza en el cine como lenguaje. No necesitan efectos digitales ni universos compartidos para justificar su existencia. Son películas que confían en sus historias, en sus actores, en su puesta en escena. Películas hechas por cineastas que conocían su oficio y lo respetaban.

Vivimos tiempos en los que el algoritmo decide qué merece ser recordado y qué debe caer en el olvido. Pero el verdadero cinéfilo tiene la obligación de resistirse a esa dictadura del presente perpetuo.

Estas ocho películas merecen ser rescatadas, revisitadas, reivindicadas. No porque sean perfectas —algunas distan mucho de serlo— sino porque representan una forma de hacer cine que se está perdiendo. Una forma que valoraba la artesanía, el tempo, la confianza en el espectador.

Recuperarlas es, en cierto modo, un acto de resistencia cultural. Y si algo nos enseñó el cine clásico es que la resistencia, aunque parezca inútil, siempre merece la pena.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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