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Hunt for the Wilderpeople (2016), de Taika Waititi, llegará por primera vez en formato digital 4K a EE.UU. el 1 de septiembre de 2026, disponible en plataformas como Apple TV y Prime Video.
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Rodada con apenas 2,5 millones de dólares, recaudó 51 millones en todo el mundo, mantiene un 97% en Rotten Tomatoes y es la película de producción nacional más taquillera de la historia de Nueva Zelanda.
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El Museo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas celebrará su décimo aniversario con una proyección especial y una sesión de preguntas y respuestas con Waititi el 2 de octubre de 2026.
Mi opinión: Que una película tan pequeña siga siendo, para muchos, lo mejor de un director que después manejó dioses y multiversos dice más sobre lo que hace importante al cine que cualquier gráfico de taquilla.
Hay directores que crecen hacia arriba: hacia presupuestos mayores, hacia universos más amplios, hacia esas mitologías compartidas que tanto me fascinan cuando funcionan y tanto me agotan cuando no. Y luego hay películas que, pase lo que pase después, se quedan contigo como una coordenada fija en tu paisaje interior. A veces esa película no es la más espectacular. Es la más verdadera.
Taika Waititi ha dirigido dioses del trueno y ha ganado un Óscar. Pero hay quienes insisten, con razón, en que su trabajo más redondo se filmó en los bosques de Nueva Zelanda con dos actores y una cámara, por menos de lo que cuesta el catering de una superproducción. Esa película cumple diez años. Y está a punto de tener una segunda vida.
Una historia pequeña con un alma enorme
Hunt for the Wilderpeople llegó en 2016 casi sin avisar.
Con un presupuesto de 2,5 millones de dólares, Waititi construyó algo que muchos consideran aún hoy su obra más completa.
La premisa es sencilla: Ricky Baker, un chico problemático de ciudad, termina bajo la tutela de su tío de acogida Hec, un hombre hosco y poco dado a los abrazos, perdidos ambos en el monte neozelandés. Lo que empieza como una historia de supervivencia se convierte en algo mucho más rico: una reflexión sobre el desarraigo, la familia elegida y ese tipo de libertad que solo existe cuando nadie te está mirando.
Julian Dennison da vida a Ricky con una energía que desarma desde la primera escena. Y el fallecido Sam Neill construye a Hec con una honestidad brutal: brusco por fuera, roto por dentro. La química entre ambos sostiene la película entera.
Hay algo aquí que me recuerda a lo que sentí con Arrival o con Her, aunque el envoltorio no pueda ser más distinto. No es la escala. Es la manera en que dos seres que no deberían entenderse aprenden a hacerlo. La ciencia ficción lo cuenta con lenguajes alienígenas o inteligencias artificiales; Waititi lo cuenta con un helecho y una escopeta. El mecanismo emocional es el mismo.
Un logro que el tiempo no ha desgastado

Los números hablan por sí solos.
Un 97% en Rotten Tomatoes. 51 millones de dólares de recaudación mundial. Y el título de película de producción nacional más taquillera de la historia de Nueva Zelanda, en una categoría que deja fuera coproducciones internacionales como El señor de los anillos o Avatar.
El crítico Peter Bradshaw, desde The Guardian, la llamó directamente la «obra maestra» de Waititi. Una palabra que se usa poco, y que aquí no parece exagerada.
Después vendrían Thor: Ragnarok, Jojo Rabbit y su Óscar al mejor guion adaptado. Pero hay algo en esta película pequeña, llena de humor y de humanidad, que ningún blockbuster ha logrado reemplazar. Es la clase de cine que recuerda que lo más difícil no es hacer algo grande. Es hacer algo verdadero.
Lo que llega ahora
El 1 de septiembre de 2026, Hunt for the Wilderpeople estará disponible por primera vez en formato digital 4K en EE.UU., a través de Apple TV, Prime Video y Fandango at Home. Los pedidos anticipados ya están abiertos.
Y para quien quiera algo más especial, el Museo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles ha programado una proyección conmemorativa para el 2 de octubre de 2026, con sesión de preguntas y respuestas con el propio Waititi incluida. Las entradas ya están a la venta.
No es un remake. No es una secuela. Es una película que merece verse en las mejores condiciones posibles, tanto por quienes no la conocen como por quienes ya la han visto demasiadas veces.
Hay algo profundamente revelador en todo esto. En una época que mide el cine por franquicias, líneas temporales y universos que se ramifican como un árbol imposible, una película rodada por 2,5 millones en los bosques de Nueva Zelanda llega a su décimo aniversario con más vigencia que muchas superproducciones recientes. Eso no es casualidad. Dice algo incómodo sobre nosotros: que llenamos las salas de escala porque a veces nos da miedo la intimidad.
Suelo pausar películas para apuntar frases que me hacen pensar. Con Wilderpeople no apunté ninguna. Simplemente me quedé quieto, y creo que ese silencio dice más que cualquier subrayado.
Porque esta película no te habla de dioses ni de imperios. Te habla de un niño que no encaja en ningún sitio y de un hombre que dejó de intentarlo, encontrándose en un paisaje que los obliga a ser honestos. Y eso, al final, es lo que hace grande a una película. No su presupuesto. Su capacidad de hacer que te reconozcas en ella.

