Ron Howard regresa a la dirección y Jim Carrey está en negociaciones para volver a encarnar al Grinch en una secuela de la película de acción real del año 2000.
La película original fue el filme más taquillero de su año, recaudando más de 260 millones de dólares solo en Estados Unidos, y ganó el Óscar al mejor maquillaje.
Mi recelo es inevitable: cuando una historia ya cerró su arco, reabrirla suele decir más sobre la industria que sobre el personaje, y me pregunto qué pretende contarnos esta secuela sobre el momento en que vivimos.
Hay algo curioso en cómo ciertas historias se niegan a morir. No porque sean perfectas, ni siquiera porque la crítica las haya defendido, sino porque han encontrado un lugar en la memoria colectiva que va más allá de la calidad cinematográfica. El Grinch —ese ser verde y gruñón que odia la Navidad con una convicción casi filosófica— lleva décadas siendo revisitado, reimaginado y reinterpretado. Y ahora, más de 25 años después de la versión en acción real de Ron Howard, la historia vuelve a ponerse en marcha.
Podría parecer una noticia más del ciclo interminable de secuelas y reboots que define Hollywood en la actualidad. Pero si uno se detiene un momento —si pausa la noticia como yo pausé Arrival para apuntar una frase—, hay algo aquí que merece reflexión. No solo sobre la película en sí, sino sobre lo que significa volver a una historia que, en teoría, ya estaba cerrada.
Una historia que el tiempo convirtió en clásico
Cuando ¿Cómo el Grinch robó la Navidad? llegó a los cines en el año 2000, la crítica no fue precisamente entusiasta. Roger Ebert escribió, con su habitual contundencia, que la película «simplemente no era muy divertida» y que muchos niños la verían con «perplejidad y desagrado».
Y sin embargo.
La película recaudó 260,7 millones de dólares solo en taquilla estadounidense, convirtiéndose en el filme más taquillero de aquel año. El maquillaje —ese trabajo extraordinario que convirtió a Jim Carrey en una criatura verde cubierta de pelo— ganó el Premio de la Academia a mejor maquillaje. Y con el paso de las décadas, lejos de caer en el olvido, se ha convertido en una cita navideña recurrente en televisión por cable y plataformas de streaming.
Es uno de esos casos en los que el tiempo hace su trabajo silencioso: lo que la crítica rechazó, el público lo adoptó. No como gran cine, quizás, sino como algo más difícil de definir: un ritual colectivo.
Jim Carrey, el maquillaje y el precio del arte
Hablar de esta película sin hablar de Jim Carrey sería como intentar entender Blade Runner ignorando que su verdadero tema no son los replicantes, sino qué nos hace humanos. Su interpretación del Grinch es, en muchos sentidos, el alma del filme. Una actuación física, casi teatral, que requirió horas interminables en el sillón de maquillaje cada día de rodaje.
Se cuenta que el proceso fue tan agotador que Carrey tuvo que recibir asistencia psicológica para sobrellevar el aislamiento que generaba llevar ese traje y esa máscara durante horas. Hay algo poético —y un poco oscuro— en que el actor que daba vida a un personaje que odia estar rodeado de gente tuviera que encerrarse literalmente en una criatura para conseguirlo.
Ahora, más de dos décadas después, Carrey está en negociaciones para retomar ese papel. Ron Howard, por su parte, está confirmado para volver a la dirección.
El problema narrativo que nadie quiere resolver
Aquí está la pregunta que a mí me parece más interesante de toda esta noticia: ¿cómo se hace una secuela de una historia cuyo arco narrativo ya está completo?
El Grinch aprende a amar la Navidad. Su corazón crece. El ciclo se cierra. Es una historia sobre la redención, sobre la posibilidad de cambiar, sobre el poder de la comunidad para transformar incluso al más solitario de los seres. Una historia, en esencia, con final.
El propio artículo original lo reconoce con una honestidad refrescante: «No estoy seguro de cómo se hace una secuela cuando el Grinch ya ha aprendido a ser una persona más amable. Pero supongo que resolver eso es el problema de Ron Howard, no el mío.»
Es una pregunta válida. Y también es, quizás, la más reveladora sobre el estado actual de la industria. Vivimos en un momento en el que las historias cerradas se reabren no porque tengan algo nuevo que decir, sino porque el valor de una marca reconocible supera al riesgo de explorar algo desconocido.
Un universo paralelo: la versión animada de 2018
No hay que olvidar que en 2018 ya llegó otra versión del personaje: El Grinch, en formato animado, con la voz de Benedict Cumberbatch. Una adaptación más suave, más orientada al público infantil, que también encontró su audiencia sin rivalizar realmente con la memoria que muchos tienen de la versión de Jim Carrey.
Cada adaptación dice algo diferente sobre el momento en que se produce. La de 2000 apostaba por el espectáculo visual y la energía caótica de Carrey. La de 2018 prefirió la ternura y la accesibilidad. ¿Qué querrá decir esta nueva secuela sobre el mundo en que vivimos?
Esa es, en el fondo, la única pregunta que me importa.
Hay algo que la ciencia ficción me ha enseñado a valorar en cualquier historia: su capacidad para decir algo verdadero sobre su tiempo, sea cual sea el género o el envoltorio. El Grinch, en su esencia, no es solo un cuento navideño. Es una historia sobre el rechazo, la soledad y la posibilidad del cambio. Sobre lo que ocurre cuando alguien que ha decidido cerrarse al mundo encuentra una razón para abrirse.
Si Ron Howard y Jim Carrey se atreven a ir más allá de la nostalgia pura, puede que haya algo aquí que merezca la pena. Si no, será simplemente otro producto navideño más. El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.

