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Sir Ian McKellen ha elogiado sin reservas la interpretación de Johnny Depp en Ebenezer: A Christmas Carol, definiéndola como «efervescente, divertida, irreverente y seria, todo al mismo tiempo».
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La película, dirigida por Ti West —hasta ahora cineasta del horror—, reimagina el clásico de Charles Dickens con un reparto que incluye a Rupert Grint, Andrea Riseborough y Tramell Tillman.
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En mi opinión, el verdadero acontecimiento no es el regreso de Depp tras su silencio judicial, sino la apuesta —arriesgada, casi temeraria— de confiar a un director de cine de terror un relato sobre la redención que el cine lleva setenta años puliendo.
Hay nombres en la historia del cine que sobreviven al escándalo y al ruido mediático. Johnny Depp es, sin duda, uno de ellos. Amado u odiado, pocos actores de su generación han suscitado tanto debate. Y, sin embargo, cuando uno repasa sus mejores trabajos —el patetismo tierno de Ed Wood, la mirada quebrada de Donnie Brasco, el delirio lisérgico de Fear and Loathing in Las Vegas— resulta difícil negar que hay en él algo genuinamente singular.
Pienso, por ejemplo, en aquel plano de Ed Wood en el que Depp, vestido de angora, llora frente a Bela Lugosi: una escena que sostiene él solo, sin red. O en la despedida muda de Donnie Brasco, donde basta una mueca para resumir una traición. Ahora regresa a una gran producción, y hay algo en la forma en que Sir Ian McKellen habla de su experiencia que invita a dejar los prejuicios a un lado. Y cuando McKellen habla de interpretación, uno escucha.
Un Scrooge para tiempos difíciles
La nueva versión del clásico de Dickens, Ebenezer: A Christmas Carol, dirigida por Ti West, ha generado expectación incluso antes de que se conozca una sola imagen del rodaje.
Lo primero que llama la atención es la elección del protagonista. Depp encarnando a Ebenezer Scrooge tiene, sobre el papel, una lógica innegable. Scrooge exige capas: frialdad calculada y, a la vez, una humanidad enterrada bajo décadas de amargura. Depp, en sus mejores momentos, siempre ha sabido habitar esas contradicciones sin resolverlas del todo.
El listón, eso sí, está altísimo. Quien haya visto el Scrooge de 1951, con un Alastair Sim monumental, sabe que la grandeza de este personaje reside en el instante exacto en que el hielo se quiebra. Esa transición —de la mezquindad al llanto liberador— es la prueba del algodón de cualquier intérprete que se atreva con el papel.
Y quien parece confirmar que Depp está a la altura es Sir Ian McKellen, que da vida a Jacob Marley. Sus declaraciones no admiten ambigüedad: «Está en una forma espléndida. Efervescente, divertido, irreverente, serio… todo al mismo tiempo. Fue algo así como una fiesta de amor. Me enamoré de él. Es muy atento con sus compañeros de reparto. Había una sensación maravillosa en el plató».
Son palabras que no se pronuncian a la ligera. McKellen lleva décadas navegando entre Shakespeare y el cine de gran escala, y no es hombre dado a los elogios vacíos. Que alguien con su trayectoria describa un rodaje como una «fiesta de amor» dice más que cualquier nota de prensa.
Su papel, aunque breve —apenas seis días de rodaje—, parece haberle dejado huella. «Solo fueron seis días, pero mereció la pena. ¡Interpreto a un fantasma!», declaró con visible satisfacción.
Un reparto que no pasa desapercibido
Más allá de la pareja protagonista, el elenco resulta cuando menos interesante. Rupert Grint, que lleva años tratando de sacudirse la sombra de Ron Weasley con resultados desiguales, aparece como Bob Cratchit. Andrea Riseborough —una de las actrices más sólidas e infravaloradas de su generación, como demostró en To Leslie— asume el papel del Fantasma de las Navidades Pasadas. Tramell Tillman, revelación reciente gracias a Severance, encarna al Fantasma de las Navidades Presentes.
Es, en definitiva, un reparto que sugiere ambición. Y eso, viniendo de un director cuyo universo ha estado más cerca del horror que del drama victoriano, añade una incertidumbre genuinamente estimulante.
El regreso que nadie quería perderse
No es posible hablar de este proyecto sin mencionar el contexto. El último papel de envergadura de Depp en Hollywood fue en Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, en 2018. Lo que vino después es historia reciente: un proceso judicial mediáticamente devastador, una salida más o menos forzada de las grandes producciones y una serie de proyectos de perfil más contenido, como Minamata o Jeanne du Barry, dirigida por Maïwenn.
Que ahora regrese con una producción de estas características, respaldado por las palabras de McKellen, es una señal que merece tomarse en serio. Si el cine clásico nos ha enseñado algo —y Dickens, mucho antes de que existiera el cine, también— es que incluso Scrooge tuvo su redención. Quizás no sea casualidad que Depp haya elegido precisamente ese papel para su regreso.
McKellen, por su parte, tiene también en cartera The Christophers, una comedia negra dirigida por Steven Soderbergh en la que interpreta a un pintor anciano, junto a Michaela Coel y James Corden, prevista para el 10 de abril. Dos proyectos muy distintos para un actor que, a estas alturas de su vida, sigue siendo incapaz de quedarse quieto. Algo que, en su caso, solo puede celebrarse.

