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The Social Reckoning no es una secuela directa de The Social Network: sigue entre 2019 y 2021 al periodista Jeff Horvitz y a la filtradora Frances Haugen.
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Jeremy Allen White y Mikey Madison sostienen la película, y la crítica la considera lo mejor que ha escrito Aaron Sorkin desde Steve Jobs.
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El gran fallo es el Zuckerberg de Jeremy Strong, construido a base de tics, y el tramo sobre el 6 de enero se resuelve de forma demasiado abrupta.
Hay películas que envejecen mal y otras que, con los años, se vuelven incómodamente proféticas. The Social Network pertenece a las segundas. Contaba cómo el despecho de un estudiante inseguro acababa convertido, casi por accidente, en una infraestructura de nuestra vida diaria. Hoy Mark Zuckerberg y Meta tienen aún más peso en el mundo, así que la pregunta casi se formula sola: ¿qué ocurrió después?
Esa es la pregunta que intenta responder The Social Reckoning, escrita y dirigida por Aaron Sorkin. Conviene decirlo pronto: no es una secuela en sentido estricto. Quien espere la continuación directa de aquella película se sentirá defraudado. Es más bien un espíritu emparentado, una película que mira el mismo objeto con otra pregunta.
De la ambición a la consecuencia
Si la primera película hablaba del origen, esta habla de las consecuencias. Se sitúa entre 2019 y 2021 y sigue a Jeff Horvitz (Jeremy Allen White), periodista de The Wall Street Journal y casi un superviviente del periodismo de investigación en papel. Su interés es la desinformación que circula por Facebook y sus empresas asociadas.
Sus objetivos coinciden con los de Frances Haugen (Mikey Madison), ingeniera de datos de la compañía, cada vez más angustiada por la sospecha de que su empleador se beneficia de empujar a los usuarios hacia el extremismo. Mientras ambos trabajan en una historia capaz de cambiar la percepción pública de las redes sociales, Zuckerberg (Jeremy Strong) afronta una presión creciente de gobiernos y ciudadanos.
Hay algo muy interesante en este cambio de foco. El centro ya no es el genio que construye, sino quienes se atreven a mirar dentro de lo construido y decir en voz alta lo que ven.
Un Sorkin sin maquillaje
Sorkin fue en su día un narrador casi unánimemente querido, el de The West Wing o A Few Good Men. Desde que dirige sus propios guiones, la recepción se ha vuelto más dividida: El juicio de los 7 de Chicago y Being the Ricardos arrastraron reproches de cierta suficiencia. Aquí, en cambio, dirige con una franqueza que sorprende.
Echa de menos, eso sí, el pulso visual de David Fincher. Pero a cambio ofrece una puesta en escena honesta, que celebra el periodismo y el valor de quien filtra la verdad, y que no disimula su desprecio por la codicia corporativa. El diálogo conserva su filo: hay una comparación memorable entre la permisividad de Facebook con la desinformación y un guardia de paso de peatones que ni siquiera intenta ordenar el tráfico.
Es, según la crítica que he consultado, lo mejor que Sorkin ha escrito desde Steve Jobs. Y se nota que confía más en la idea que en el artificio.
Dos héroes sin adornos
El apartado técnico acompaña sin querer protagonismo. Alexandre Desplat sustituye el techno sombrío de Trent Reznor y Atticus Ross por una música más discreta. El montaje de Alan Baumgarten mantiene el ritmo sin ahogar las escenas. Y Jeff Cronenweth, que repite fotografía, logra imágenes inquietantes, como esa «sala de ensayo» donde Zuckerberg se prepara para comparecer ante el Congreso, que contrasta con la calidez de los encuentros privados entre Jeff y Frances.
Esos dos personajes sostienen la película. White aporta empuje; Madison, un carácter más reservado, casi tímido. Les une el idealismo de querer mejorar sus respectivos mundos, el periodismo y la tecnología. No hay tensión romántica, pero sí una química que engancha tanto como la historia real en la que se basa. Ver a Haugen encontrar la fuerza para hablar en público es, sencillamente, un placer.
El problema se llama Zuckerberg
Aquí llega el elefante en la sala. Jeremy Strong ha sido impecable en todo lo que ha hecho, pero su Zuckerberg resulta una caricatura ruidosa, construida sobre tics que parecen sacados de un vídeo de «momentos raros de Mark Zuckerberg» más que de una encarnación real. Falta interior. Duele más al ver a Bill Burr, como asesor del pasado de Mark que intenta mejorar su imagen, entregarse por completo sin encontrar réplica.
Wunmi Mosaku y Billy Magnussen, como engranajes de la maquinaria corporativa, rescatan parte del equilibrio. El resto lo hace el guion.
Lo que muestra, sin rodeos
Lo más valioso de la película es cómo explica el negocio de la indignación: las empresas ganan cuando los usuarios se enfadan, y a menudo ese enfado los conduce directamente a grupos de odio, porque la interacción es rentable. El personaje de Portia Doubleday funciona como una representación brillante de cómo esa radicalización artificial puede deshacer una vida concreta.
El tratamiento de Trump, las redes y el asalto del 6 de enero puede ser polémico por abrupto, y habría merecido más desarrollo. Aun así, es una forma natural y valiente de mostrar adónde puede llevar un poder sin control.
Otra película, otra batalla
The Social Network fue un rayo en una botella, irrepetible. The Social Reckoning no lo intenta. Pierde el brillo icónico de su antecesora, pero gana algo distinto: la claridad de una lucha necesaria. Quizá la pregunta ya no sea quién creó la máquina, sino qué hace con nosotros lo que nos sirve cada día. Esta película, con sus virtudes y su gran fallo, al menos nos obliga a mirarlo.

