- James Gunn tiene la costumbre bien documentada de fichar siempre a los mismos: Sean Gunn, Michael Rooker, Nathan Fillion, Steve Agee y su mujer, Jennifer Holland.
- Holland ha explicado que no va de enchufismo ni de zona de confort, sino de que Gunn necesita a su gente cerca durante los agotadores rodajes.
- Opinión: entiendo la lógica humana de Gunn, pero rodearse de amigos no se acerca ni de lejos a la soledad artística con la que Snyder levantó un universo entero.
Hay directores que construyen universos. Y hay directores que construyen familias. James Gunn, guste o no, pertenece claramente a la segunda categoría. Lo lleva haciendo desde sus tiempos en Troma, lo hizo en Marvel con las Guardianes de la Galaxia, y ahora lo está repitiendo al frente de DC Studios con una determinación que, sinceramente, o te parece entrañable o te pone los pelos de punta.
Porque seamos honestos: ver cómo Gunn recoloca a su elenco de siempre en el universo DC tiene un efecto extraño en el que creció viendo a Snyder construir algo monumental pieza a pieza. Pero eso no quita que la historia detrás de esta dinámica sea, cuando menos, interesante. Y Jennifer Holland, su mujer y actriz protagonista de Peacemaker, acaba de abrirla en canal.
En una entrevista con CinemaBlend, Holland ha explicado con una honestidad bastante desarmante por qué su marido sigue llamando siempre a los mismos. Y la respuesta no tiene nada que ver con el nepotismo ni con la pereza creativa, que son los dos dardos más fáciles de lanzar desde fuera.
Según Holland, hacer películas es duro. Brutalmente duro.
Pasas meses en una ciudad que no es la tuya, rodeado de gente que no conoces de nada, lejos de todo lo que te ancla al mundo real. Y Gunn, al parecer, lo lleva especialmente mal cuando no tiene cerca a su gente.
«Es difícil hacer películas, es solitario. Estás atrapado en un lugar que no es tu hogar durante un período de tiempo muy largo.»
Eso lo dijo Holland. Y tiene toda la lógica del mundo.
Lo que resulta curioso, y aquí está el matiz que más me ha llamado la atención, es que Gunn es descrito como un tipo solitario en su proceso creativo individual. Cuando escribe, cuando piensa, cuando desarrolla sus ideas: solo. Puerta cerrada, ordenador encendido, mundo apagado.
Pero en el momento en que sale de ese proceso y toca trabajar con otras personas, necesita que esas personas le importen de verdad.
«Aunque es un solitario cuando se trata de sentarse en una oficina a escribir… realmente se inspira y se revitaliza gracias a las relaciones verdaderas.»
Eso es algo que cualquier creador entiende. La escritura es monástica. El rodaje es caótico. Y si en ese caos no tienes anclajes emocionales reales, te pierdes.
La lista de habituales de Gunn es ya casi un meme a estas alturas: su hermano Sean Gunn, que ha pasado de ser Kraglin a interpretar a Maxwell Lord en el DCU. Michael Rooker, que apareció en prácticamente todo lo que Gunn tocó en Marvel. Nathan Fillion, que acaba de aparecer en Superman. Steve Agee. Y Jennifer Holland, claro, que interpreta a Emilia Harcourt en Peacemaker y que ahora está consolidada dentro del nuevo universo DC.
Son los de siempre. La pandilla. El equipo.
Ese salto de Sean Gunn, de un secundario simpático en Marvel a villano de peso en DC, resume perfectamente el método: Gunn no reparte papeles, reparte confianza. Te ganas un sitio en su universo y ya no lo sueltas.
Y luego está Ozu, el perro rescatado de Gunn, que inspiró directamente al personaje de Krypto en Superman. En apariencia y en personalidad, según ha contado el propio director. Si eso no te dice cómo funciona su cabeza creativa —donde lo personal y lo profesional se mezclan hasta ser indistinguibles—, ya no sé qué más necesitas.
¿Es esto bueno o malo para el DCU? Ahí ya entro en terreno pantanoso y personal.
Porque hay algo en mí que ve este modelo y piensa en lo diferente que era la forma en que Snyder construía su visión: con una épica visual, un peso narrativo y una soledad artística que nada tenía que ver con rodearse de amigos. Snyder componía cada plano como si fuera la última imagen que alguien fuera a ver antes de morir. Esos fotogramas que te sentabas a analizar buscando el grano perfecto, el contraste exacto, la cámara lenta convertida en recurso poético. Era otra cosa. Era otro lenguaje.
Pero reconozco, a regañadientes, que entender por qué Gunn hace lo que hace no implica tener que aplaudirlo ciegamente.
Al final, lo que Holland ha descrito es algo universal: los grandes proyectos se sostienen sobre relaciones reales. Y eso, en un mundo donde los estudios tratan los rodajes como líneas de montaje industriales, tiene algo de admirable.
Que Gunn necesite a su gente cerca para funcionar no le hace mejor ni peor director. Le hace humano. Lo cual, en Hollywood, ya es bastante difícil de encontrar.

