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HBO ha dejado atrás la televisión de prestigio para expandir franquicias ya conocidas, con resultados irregulares.
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Dune: Prophecy no alcanza ni a las películas de Villeneuve, ni a los libros de Herbert, ni a Juego de Tronos.
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La comparación está invertida: fue Martin quien bebió de Dune, no al revés.
Hay una pregunta que me ronda desde hace tiempo y que el estreno de Dune: Prophecy ha vuelto a traer a la superficie: ¿qué ocurre cuando una industria deja de arriesgar y empieza a explotar? No hablo solo de dinero. Hablo de ideas. De la diferencia entre crear un universo y limitarse a habitarlo sin entender por qué existe.
Frank Herbert construyó Dune en 1965 como una meditación sobre el poder, la ecología y el mesianismo. Denis Villeneuve la tradujo al cine con la gravedad de Lawrence de Arabia. Y ahora HBO nos ofrece una precuela que, por lo que he podido ver, parece haber olvidado por qué ese universo importa tanto.
El problema de empezar la casa por el tejado
Dune: Prophecy se sitúa 10.000 años antes de los eventos que vimos en las películas de Villeneuve. Se centra en intrigas políticas, en luchas de poder entre facciones, en los orígenes de la Bene Gesserit. Sobre el papel, suena a terreno fértil.
Pero el resultado ha generado una comparación que, cuanto más la pienso, más revela: muchos la han llamado «Game of Thrones en el espacio».
Y ahí, para mí, empieza el problema.
Quién copió a quién
Cuando alguien llama a Dune: Prophecy el «Game of Thrones del espacio», está invirtiendo la historia sin darse cuenta.
Frank Herbert publicó Dune en 1965. George R.R. Martin empezó Canción de Hielo y Fuego décadas después. Las casas nobles enfrentadas, los juegos de poder sin héroes claros, la política como campo de batalla más letal que cualquier guerra: todo eso tiene un ADN que pasa por Arrakis antes de llegar a Poniente.
Juego de Tronos es, en cierto modo, «Dune con espadas». No al revés.
Lo mismo ocurre con Star Wars: Tatooine nació de Arrakis, y el Emperador Palpatine tiene más de Shaddam IV de lo que Lucas quiso admitir nunca abiertamente. Dune es una de esas obras que ha configurado tanto la ciencia ficción como la fantasía épica durante más de medio siglo. Olvidar eso al hablar de sus derivados no es solo un error de contexto. Es perder la brújula.
Lo que la serie no consigue decir

El verdadero fallo de Dune: Prophecy no es que parezca Game of Thrones. Es que no parece Dune.
Las películas de Villeneuve funcionan porque confían en el espectador. Hay silencios que pesan, imágenes que hablan, personajes que no necesitan explicarse. Pienso en Blade Runner 2049, también suya: en ese film, un plano vacío y un par de segundos de quietud dicen más que cualquier monólogo. Herbert escribía igual: la filosofía emergía entre líneas, nunca gritada.
Yo soy de los que pausaron Arrival para apuntar frases, de los que se quedaron pensando en Her durante días. Y lo que me enamora de esa clase de ciencia ficción es precisamente su fe en que el espectador sabrá llenar los huecos.
La serie de HBO hace exactamente lo contrario. Los personajes verbalizan sus emociones, sus motivaciones, sus conflictos internos. Es una escritura que cuida al espectador distraído, que teme que algo pase desapercibido. Y ese miedo es, precisamente, lo que destruye la tensión.
Ni Herbert ni Villeneuve habrían escrito así. Y esa diferencia lo dice todo sobre lo que la serie intenta ser, y lo lejos que queda de conseguirlo.
El síntoma de una industria
Lo que más me interesa de este debate no es si Dune: Prophecy es buena o mala televisión. Es lo que su existencia dice sobre el momento en el que estamos.
HBO fue durante años sinónimo de televisión que se tomaba en serio a sí misma. Los Soprano, The Wire, Deadwood. Series que confiaban en la inteligencia del espectador y pagaban el precio de ser difíciles. Ahora la tendencia es otra: expandir universos ya amados, capitalizar franquicias, minimizar el riesgo creativo.
Y creo que eso dice algo incómodo sobre nosotros. Nos hemos vuelto adictos a lo familiar. Preferimos volver a un mundo que ya conocemos antes que arriesgarnos con uno nuevo. La nostalgia se ha convertido en un producto, y el miedo al riesgo, en modelo de negocio. No es solo que la industria explote franquicias: es que nosotros, como público, se lo pedimos.
Dune merece más que ser un vehículo de contenido. Es una de las obras más ricas en ideas que ha producido la ciencia ficción del siglo XX. Reducirla a una serie de intrigas palaciegas sin alma filosófica es, como poco, un desperdicio monumental.
Hay algo profundamente irónico en que una historia sobre los peligros del poder mal ejercido esté siendo víctima, precisamente, del poder mal ejercido de una industria que prioriza el rendimiento sobre el sentido.
Dune siempre fue una advertencia. Quizás también sobre esto.

