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Emily Blunt firma la interpretación más memorable de Disclosure Day y se erige en el verdadero pulso emocional de una trama sobre secretos de Estado y enigmas que nos exceden.
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Pese a una factura técnica impecable y a instantes de cine verdadero, las fisuras en la lógica narrativa y un desenlace precipitado le impiden codearse con la gran obra de Spielberg.
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Para quienes veneramos Encuentros en la tercera fase o E.T., la película es estimable y disfrutable, pero no alcanza ese asombro que definió los mejores años del director.
Hay nombres que, en el cine, generan expectativa por sí solos. El de Steven Spielberg es uno de ellos. Cuando se anuncia que el director de Encuentros en la tercera fase regresa a la ciencia ficción evocando sus mejores trabajos, cualquier aficionado con memoria cinéfila se pone en alerta.
Recuerdo con precisión la primera vez que vi aquella película de 1977: la imagen de Richard Dreyfuss modelando obsesivamente la silueta de Devils Tower con el puré de su propia cena me pareció una de las expresiones más honestas que el cine había dado nunca sobre la obsesión humana y la sed de verdad. Spielberg, en su mejor época, tenía ese don: convertir lo extraordinario en algo profundamente íntimo.
Con Disclosure Day vuelve a intentarlo. Las críticas previas al estreno auguraban un retorno al mejor Spielberg, con comparaciones a sus grandes obras del género. Con esa expectativa —y con la sana desconfianza que me provoca el exceso de elogios— me senté a verla. Lo que encontré fue una película estimable, pero que no termina de cumplir la promesa inscrita en cada uno de sus fotogramas.
La trama avanza por dos líneas paralelas. Por un lado, Daniel Kellner, experto en ciberseguridad, roba pruebas clasificadas sobre fenómenos aéreos no identificados y se convierte en blanco de la organización que lleva generaciones ocultándolos. Por otro, Margaret Fairchild, presentadora del tiempo en televisión, empieza a vivir sucesos inexplicables que trastocan su percepción de la realidad.
Spielberg entrelaza ambas historias con el oficio que le caracteriza. Hay una vocación clara de recuperar la atmósfera del thriller paranoico de los setenta —ese cine de Pakula, de Pollack, donde las conspiraciones tenían la textura de algo real y cercano—, y en ciertos pasajes lo consigue. La fotografía de Janusz Kaminski, su fiel colaborador de toda una vida, acompaña con inteligencia: hay encuadres que destilan inquietud genuina, una luz que habla antes de que lo hagan los personajes.
Pero el verdadero corazón de la película se llama Emily Blunt.
Su Margaret Fairchild es una creación actoral de primer orden. Blunt navega con una precisión asombrosa entre la vulnerabilidad y la determinación, entre el humor contenido y la angustia real. Hay una secuencia que se me ha quedado grabada: sola en el plató, después de la emisión, mientras los monitores a su espalda repiten en bucle una interferencia imposible, su rostro pasa del desconcierto al terror sin un solo corte de plano. Spielberg la deja respirar en un único plano sostenido, y Blunt transmite ahí más con un parpadeo que otros actores con páginas enteras de diálogo. Es, sin ninguna duda, el elemento más valioso de la función.
Colin Firth, como Noah Scanlon, el responsable de la conspiración, aporta algo igualmente necesario: un antagonista que no actúa por maldad gratuita, sino por convicción. Cree, sinceramente, que protege a la humanidad. Eso lo hace más interesante que el villano de cartón que acecha en tantas películas del género. Colman Domingo y Eve Hewson cumplen con solvencia en sus respectivos papeles.
El problema llega con Josh O’Connor en la piel de Kellner. No es una actuación fallida, pero junto a Blunt resulta difuso, le falta ese magnetismo que hace que uno siga a un personaje sin esfuerzo. Hitchcock —que sabía mejor que nadie cómo edificar a un protagonista— habría hallado la contradicción humana precisa para volverlo irresistible. Aquí, Kellner funciona como engranaje narrativo, pero no como figura con vida propia.
Y luego está el problema mayor: la lógica interna de la conspiración.
Se nos presenta una organización capaz de custodiar el mayor secreto de la historia de la humanidad durante generaciones. Y, sin embargo, sus miembros toman decisiones difícilmente compatibles con esa supuesta eficacia. La incompetencia puede ser dramáticamente útil —y verosímil—, pero aquí las inconsistencias se acumulan hasta que resulta imposible no salir de la narración y preguntarse cómo han logrado ocultar nada durante tanto tiempo.
Spielberg trata de compensarlo con un ritmo sostenido y con sus recursos habituales. El montaje de Sarah Broshar es certero, y la partitura de John Williams añade peso donde el guion flaquea. No basta, sin embargo, para tapar las grietas.
El desenlace tampoco satisface. Las revelaciones carecen del impacto que la película construye durante casi dos horas. En parte, quizá, porque el reciente debate público sobre los fenómenos aéreos no identificados ha desactivado buena parte del asombro que el film perseguía. La realidad ha adelantado a la ficción. Y aquí conviene recordar una lección del cine clásico: el misterio nunca dependió de la actualidad noticiosa, sino de lo que se ocultaba al espectador. Kubrick sabía que el monolito aterra precisamente porque no se explica. Disclosure Day, en cambio, lo explica todo, y al hacerlo se desinfla en una conclusión algo abrupta, sin el peso emocional que merecía.
Disclosure Day no es una mala película. Es una obra con ambición real, con instantes de cine verdadero, con una actuación protagonista que merece el elogio más encendido. Pero no es lo que prometía.
No alcanza la dimensión de Encuentros en la tercera fase, donde la búsqueda de lo desconocido tenía la textura de un sueño lúcido. No llega al corazón de E.T., donde la ternura partía al espectador en dos. Es algo más contenido, más funcional, más tangencial. A Spielberg le falta aquí el equilibrio entre ironía y emoción que un Billy Wilder dominaba como nadie.
Con décadas de oficio a sus espaldas, sigue siendo un narrador formidable. Eso ya es más de lo que puede decirse de la mayoría de directores en activo, y no es poca cosa. Disclosure Day merece verse y merece discutirse.
Pero si buscáis al Spielberg que os dejó sin palabras en la oscuridad de una sala, tendréis que seguir esperando. O, como hago yo cada cierto tiempo, volver a poner Encuentros en la tercera fase y recordar por qué empezamos a amar el cine.

