BAFTA histórico: así venció Robert Aramayo a DiCaprio y compañía

La victoria de Robert Aramayo por “I Swear” demuestra que la transformación actoral y las historias reales todavía pueden imponerse al marketing y a las grandes estrellas.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 23, 2026

• Robert Aramayo ha conquistado el BAFTA al Mejor Actor Principal por «I Swear», derrotando a Leonardo DiCaprio, Timothée Chalamet y Ethan Hawke.

• Su interpretación de John Davidson, activista escocés con síndrome de Tourette, demuestra que el compromiso con el personaje aún puede imponerse al marketing.

• Este triunfo recuerda a las grandes transformaciones actorales del cine británico, donde la verdad del oficio supera el brillo de las estrellas.


Hay victorias que restauran la fe en el oficio. Esas que nos recuerdan que el cine, en su esencia más pura, sigue siendo un arte de transformación y verdad. La noche del domingo, en la ceremonia de los BAFTA, asistimos a uno de esos momentos cada vez más escasos en una industria dominada por el ruido mediático. Robert Aramayo, un nombre que quizá no resonaba con la fuerza de otros en la terna, se alzó con el galardón al Mejor Actor Principal, dejando atrás a titanes como Leonardo DiCaprio y Ethan Hawke.

No se trata de menospreciar el talento de los derrotados —todos ellos actores de probada solvencia—, sino de celebrar que, ocasionalmente, la Academia británica aún es capaz de reconocer el trabajo riguroso. La entrega absoluta a un personaje complejo, por encima del brillo de las estrellas consolidadas.

Porque en «I Swear», Aramayo no se limita a interpretar: encarna, sufre, respira como John Davidson, el activista escocés que convirtió su lucha personal con el síndrome de Tourette en una cruzada por la dignidad y la comprensión. Hay algo en su trabajo que evoca a las grandes transformaciones del cine británico, esa tradición que va de Alec Guinness a Daniel Day-Lewis, donde el actor desaparece para que emerja el personaje.

La película de Kirk Jones se sitúa en la Escocia de los años ochenta, una época en la que el desconocimiento médico y social convertía el síndrome de Tourette en motivo de rechazo, burla y aislamiento. Davidson, interpretado por Aramayo con una precisión que roza lo documental, navega por un mundo hostil: familia que no comprende, una sociedad que señala, instituciones que ignoran.

El guion no cae en la trampa del melodrama fácil ni en la explotación del sufrimiento ajeno. Por el contrario, construye un retrato sobrio, respetuoso, centrado en la resiliencia humana. Jones opta por una dirección contenida, sin subrayados emocionales innecesarios, confiando en la capacidad de su actor para transmitir la complejidad del personaje sin artificios.

Aramayo subió al escenario visiblemente emocionado, con lágrimas que no fingía ni contenía. Sus palabras resonaron con la humildad de quien conoce el valor del trabajo bien hecho: «No puedo creer que esté aquí, mirando a personas como vosotros, en la misma categoría que vosotros, y mucho menos que haya ganado este premio».

Mencionó a Ethan Hawke, recordando una visita del actor a Juilliard donde habló sobre la longevidad en la profesión y la protección del oficio. Ese respeto por los maestros, esa conciencia de formar parte de una tradición, habla de un actor que entiende el cine como algo más que un trampolín hacia la fama.

La ceremonia tuvo un momento particularmente conmovedor cuando el propio John Davidson asistió a la primera mitad del evento, acompañado por los Príncipes de Gales. Sin embargo, debido a los tics involuntarios propios de su condición, tuvo que abandonar la sala a mitad de la gala.

El presentador Alan Cumming, con la elegancia que caracteriza al buen anfitrión, pidió disculpas a quien pudiera haberse sentido ofendido y agradeció la comprensión del público. Ese gesto, aparentemente menor, subraya la importancia de una película que no busca la lástima sino la normalización, la visibilidad sin espectáculo.

«I Swear» no solo triunfó en la categoría principal. Lauren Evans se llevó el BAFTA a la mejor dirección de casting, un reconocimiento merecido para quien supo encontrar en Aramayo al intérprete perfecto. Peter Mullan, actor de peso en el cine británico, recibió una nominación como actor de reparto. La película también compitió por Mejor Película Británica, aunque en esa categoría cayó ante «Hamnet».

Emma McNally, directora ejecutiva de Tourettes Action, elogió la película por su enfoque alejado de estereotipos: «Históricamente, las representaciones del Tourette en los medios han tendido a centrarse en el valor del shock. ‘I Swear’ es muy diferente. Se centra en la resiliencia, los desafíos que enfrentan las personas y las realidades cotidianas de vivir con Tourette, en lugar de depender de estereotipos o sensacionalismo».

Palabras que deberían grabarse en la conciencia de todo cineasta que pretenda abordar la discapacidad o la diferencia.

Aramayo ya había recibido el British Independent Film Award al mejor actor principal y el premio al Intérprete Revelación del Año en los London Critics Circle Film Awards. Este BAFTA, sin embargo, lo sitúa en otro nivel, lo coloca en el radar de una industria que, esperemos, sepa aprovechar su talento más allá de su papel como Elrond en «El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder».

Porque hay actores que nacen para las franquicias y otros que nacen para el cine de verdad. Aramayo parece pertenecer a ambos mundos, pero su futuro debería inclinarse hacia el segundo.

La película se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Toronto en septiembre de 2025, llegó al Reino Unido en octubre y recientemente se ha distribuido en Estados Unidos, lo que la hace elegible para los Oscar del próximo año. Será interesante observar si la Academia de Hollywood tiene el mismo criterio que la británica o si, como suele ocurrir, se deja seducir por nombres más comerciales y campañas más ruidosas.


Hay algo profundamente reconfortante en ver cómo un actor desconocido para el gran público derrota a las estrellas consagradas no por capricho ni por corrección política, sino por puro mérito interpretativo. Aramayo ha demostrado que el cine sigue siendo, cuando se lo permite, un territorio donde el talento puede imponerse al marketing.

Su victoria es también la victoria de Kirk Jones, de John Davidson, de todos aquellos que creen que contar historias reales con honestidad y rigor sigue teniendo sentido en una época de superhéroes y efectos digitales. Ojalá «I Swear» encuentre el público que merece, más allá de los circuitos de festivales y las ceremonias de premios.

Y ojalá la industria entienda que, de vez en cuando, merece la pena apostar por el cine que transforma, que incomoda, que nos obliga a mirar lo que preferimos ignorar. Porque eso, y no otra cosa, es lo que distingue al cine del mero entretenimiento.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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