BAFTA 2026: El Golpe Letal A Chalamet Que Cambia Toda La Temporada

Los BAFTA 2026 han volado por los aires el “Oscar cantado” de Chalamet y han abierto una carrera salvajemente impredecible en todas las categorías.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 23, 2026

• Los BAFTA 2026 han dinamitado todas las certezas de la temporada con resultados que redistribuyen por completo las fuerzas en la carrera hacia los Oscar, especialmente en las categorías interpretativas.

• La caída de Timothée Chalamet frente a Robert Aramayo no es una simple sorpresa estadística: es la prueba de que esta industria aún conserva la capacidad de resistirse a los consensos prefabricados.

• Nos hallamos ante una de las temporadas más genuinamente impredecibles de los últimos años, donde el caos precede a la gloria y donde ninguna victoria puede darse por descontada.


Hay algo profundamente estimulante en la incertidumbre. Durante décadas he seguido estas ceremonias previas a los Oscar con la meticulosidad de quien estudia un cuadro renacentista, buscando patrones, coherencias, señales que anticipen el desenlace final. Y sin embargo, cada cierto tiempo, la industria nos recuerda que el cine —como arte vivo que es— se resiste a la previsibilidad.

Lo que presenciamos el pasado 22 de febrero no fue un mero traspié en el camino dorado hacia los Oscar. Fue una declaración de principios, un recordatorio de que el consenso es frágil y de que las narrativas que construimos alrededor de estas competiciones pueden desmoronarse en cuestión de horas.


El dominio técnico de «One Battle After Another» frente a la potencia narrativa de «Sinners»

Paul Thomas Anderson ha vuelto a demostrar por qué su nombre resuena con la misma autoridad que los grandes maestros del cine norteamericano. Su última obra, «One Battle After Another», se alzó con seis premios BAFTA, incluyendo mejor película, director, guion adaptado, fotografía y montaje.

Es el tipo de barrido que reconocemos inmediatamente: el triunfo del oficio, de la maestría técnica, de esa capacidad para orquestar todos los elementos del lenguaje cinematográfico en una sinfonía coherente. La cinematografía y el montaje no son categorías menores. Son el corazón mismo de lo que distingue al cine de otras formas narrativas.

Anderson, heredero espiritual de aquellos directores que entendían cada encuadre como una decisión moral y estética —pienso en la precisión compositiva de un John Ford o en el control absoluto del espacio de Kubrick—, ha construido una obra que habla el idioma del cine con fluidez nativa.

Pero frente a este dominio técnico se alza «Sinners», de Ryan Coogler, con una propuesta distinta pero igualmente poderosa. Tres premios BAFTA —guion original, actriz de reparto y banda sonora original— que revelan una película con músculo narrativo y emocional.

El triunfo de Coogler en guion original tiene, además, un peso histórico innegable: es el primer realizador negro en conquistar esta categoría en los BAFTA. No se trata de un dato anecdótico, sino de un reconocimiento a una voz que aporta perspectivas necesarias al panorama cinematográfico contemporáneo.

Lo fascinante de este enfrentamiento es que no estamos ante una batalla entre lo viejo y lo nuevo, sino entre dos concepciones igualmente válidas de la excelencia cinematográfica. Anderson representa la perfección formal, el control absoluto de cada elemento técnico. Coogler encarna la fuerza de la historia, la potencia de las palabras y las emociones.

Ambas películas merecen estar en esta conversación, y el hecho de que los premios se repartan entre ellas sugiere que la Academia podría enfrentarse a una decisión genuinamente difícil.

El desplome de Chalamet y la resurrección de la incertidumbre

Permítanme ser claro: no tengo nada en contra de Timothée Chalamet. Es un actor de talento evidente, con una capacidad camaleónica que le ha permitido transitar desde el cine de autor hasta las grandes producciones con notable solvencia.

Pero su derrota frente a Robert Aramayo en los BAFTA no es simplemente una sorpresa estadística. Es un acontecimiento que altera fundamentalmente la narrativa de esta temporada.

Chalamet llegaba a Londres como el favorito indiscutible tras sus victorias en los Critics Choice y los Globos de Oro por su trabajo en la comedia deportiva de Josh Safdie. La prensa especializada ya había comenzado a redactar mentalmente sus crónicas sobre su inevitable triunfo en los Oscar. Y entonces, en una sola noche, todo ese edificio de certezas se derrumbó.

Aramayo, con su interpretación de un personaje con síndrome de Tourette en «I Swear», no solo se llevó el premio a mejor actor, sino también el galardón EE Rising Star, votado por el público. Hay algo en esta doble victoria que sugiere una conexión genuina con la audiencia, ese tipo de reconocimiento que trasciende las campañas publicitarias y los circuitos de promoción habituales.

En esta fase de la temporada, una derrota así no puede leerse como una mera anomalía. Los votantes construyen narrativas, y esas narrativas determinan cómo rellenan sus papeletas. Si Chalamet era «el ganador inevitable», ahora es «el favorito vulnerable». Si Aramayo era «el desconocido», ahora es «la revelación».

El premio del Sindicato de Actores (SAG) se perfila ahora como el indicador definitivo. Las proyecciones apuntan a Ethan Hawke por «Blue Moon» como favorito en esa ceremonia. Hawke, veterano respetado, actor de método y presencia constante en el cine independiente durante décadas, representa exactamente el tipo de figura que los sindicatos suelen honrar.

Si gana, estaremos ante una carrera completamente abierta, el tipo de competición que no veíamos desde hace años.

El caos absoluto en las categorías de reparto

Si hay algo que me recuerda a las grandes temporadas impredecibles del pasado —pienso en 2004, cuando los premios se repartieron de forma casi aleatoria entre los precursores— es el estado actual de las categorías de interpretación secundaria.

Tres premios principales, tres ganadores distintos en actor de reparto: Jacob Elordi por «Frankenstein» en los Critics Choice, Stellan Skarsgård por «Sentimental Value» en los Globos de Oro, y Sean Penn por «One Battle After Another» en los BAFTA.

Penn, curiosamente, nunca había ganado un BAFTA a pesar de sus dos Oscar previos. Su victoria tiene el sabor de esos reconocimientos tardíos que la industria británica suele conceder a las leyendas norteamericanas.

Pero lo verdaderamente intrigante es que Delroy Lindo, de «Sinners», sigue siendo un contendiente serio pese a no haber ganado ningún precursor importante. A veces, la ausencia de victorias previas puede convertirse en una ventaja: el actor que todos respetan pero que nadie ha premiado todavía.

En actriz de reparto, la situación es igualmente caótica. Teyana Taylor tiene el Globo de Oro, Amy Madigan el Critics Choice, y Wunmi Mosaku acaba de conquistar el BAFTA. Tres actrices, tres películas diferentes, tres estilos interpretativos distintos.

No hay consenso, no hay narrativa dominante, no hay favorita clara.

Este nivel de fragmentación es extraordinariamente raro. Habitualmente, para estas alturas de la temporada, ya se ha consolidado algún tipo de consenso, aunque sea frágil. Pero este año, cada ceremonia parece estar votando con criterios completamente diferentes.

Jessie Buckley y otras certezas en medio del caos

Jessie Buckley confirmó lo que todos anticipábamos al llevarse el premio a mejor actriz por «Hamnet». Su campaña ha sido la más consistente de toda la temporada, una trayectoria sin sobresaltos que la convierte en lo más cercano a una apuesta segura que tenemos este año.

Buckley posee esa cualidad rara de la actriz que desaparece completamente en sus personajes, que no interpreta sino que habita. Es el tipo de trabajo que los votantes reconocen instintivamente como excelencia, el mismo tipo de transformación total que admirábamos en las grandes actrices del cine clásico.

«Marty Supreme» protagonizó una derrota histórica al igualar el récord de once nominaciones sin una sola victoria en una noche de BAFTA. Es el tipo de humillación pública que puede hundir por completo el impulso de una campaña.

En las categorías técnicas, «Frankenstein» demostró su fortaleza con victorias en diseño de vestuario, maquillaje y peluquería, y diseño de producción. Son los premios que revelan la ambición visual de una película, su capacidad para crear mundos completos y coherentes.

«Sentimental Value» se llevó el premio a mejor película de habla no inglesa, mientras que «Mr. Nobody Against Putin» sorprendió al vencer en documental sobre la favorita «The Perfect Neighbor». «Zootopia 2» conquistó el apartado de animación, como era previsible.

Proyecciones y reflexiones finales sobre una temporada histórica

Las predicciones actualizadas sitúan a «Sinners» liderando con seis posibles Oscar, seguida de «One Battle After Another» con cuatro y «Frankenstein» con tres. Pero estas cifras, en el contexto de una temporada tan volátil, tienen el valor de las hojas de té: pueden sugerir patrones, pero no garantizan nada.

La votación final de los Oscar se abrirá el 26 de febrero y se extenderá hasta el 5 de marzo de 2026. Son apenas unos días en los que miles de miembros de la Academia deberán procesar toda esta información contradictoria y tomar decisiones que quedarán grabadas en la historia del cine.


He vivido suficientes temporadas de premios como para saber que el caos, aunque desconcertante, es preferible a la previsibilidad. Cuando todo está decidido de antemano, cuando las victorias se suceden mecánicamente siguiendo un guion establecido, el ejercicio pierde su sentido.

Esta temporada nos ha devuelto algo que habíamos perdido: la emoción de la incertidumbre, el placer de no saber qué ocurrirá cuando se abra el sobre.

El 15 de marzo de 2026, cuando Conan O’Brien suba al escenario del Dolby Theatre para presentar la 98ª edición de los Oscar, estaremos ante una de las ceremonias más impredecibles de las últimas décadas. Y eso, créanme, es exactamente lo que el cine necesita.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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