Los retrasos de 2026 no son un desastre: son nuestra salvación

En 2026 se caen del calendario Batman, Marvel, Star Wars y más. Lejos de ser un drama, estos retrasos pueden salvar el cine que de verdad importa.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 23, 2026

• Varios proyectos de gran envergadura previstos para 2026 —incluyendo títulos de Marvel, Star Wars y la esperada secuela de Matt Reeves— han sido aplazados hasta 2027 o más allá.

• La paciencia es una virtud que el espectador contemporáneo parece haber olvidado; estos retrasos, lejos de ser una catástrofe, pueden ser la salvación de obras que merecen tiempo y cuidado.

• Entre los títulos pospuestos figuran secuelas de franquicias animadas, un nuevo proyecto de terror de Jordan Peele y la continuación del universo Batman de Reeves.


Hay algo profundamente revelador en la forma en que la industria cinematográfica contemporánea gestiona sus calendarios de estreno. Lo que antes era un compromiso casi sagrado entre estudio y público se ha convertido en una danza de fechas provisionales, anuncios prematuros y rectificaciones constantes.

No es nostalgia barata afirmar que en la época dorada de Hollywood, cuando un estudio anunciaba un estreno, ese estreno se cumplía. Pero vivimos tiempos distintos, tiempos de producciones mastodónticas que dependen de tecnologías complejas, de actores con agendas imposibles y de guiones que se reescriben hasta el último momento.

El año 2026 prometía ser una fecha señalada en el calendario cinéfilo. Sin embargo, como suele ocurrir en esta era de superproducción y franquicias interminables, varios de los títulos más esperados han decidido tomarse un respiro adicional.

Y quizá, solo quizá, eso no sea tan terrible como parece a primera vista. Porque si algo nos ha enseñado la historia del cine es que las obras maestras rara vez nacen de la prisa.


El calendario que se desmorona

Cuando uno examina la lista de películas que han abandonado su cita original con 2026, resulta difícil no sentir cierta inquietud. No hablamos de producciones menores o experimentos de bajo presupuesto.

Nos referimos a proyectos de Disney, Marvel, Star Wars y otros gigantes de la industria que mueven cientos de millones de dólares y generan expectativas globales.

Entre los títulos más significativos que han decidido posponer su llegada a las salas figura The Batman – Part II, la continuación que Matt Reeves tenía prevista inicialmente para el otoño de 2026. Reeves, un director que ha demostrado con creces su capacidad para construir atmósferas densas y personajes complejos, se enfrenta ahora a la tarea de superar su propia primera entrega.

Y eso, como bien saben quienes aprecian el oficio cinematográfico, no es tarea sencilla.

La primera parte de su visión sobre el Caballero Oscuro fue una obra sólida, oscura en el mejor sentido del término. Recuerdo especialmente aquella secuencia inicial bajo la lluvia, con la voz en off de Bruce Wayne narrando su cruzada mientras la cámara recorría los callejones de Gotham. Había ecos del cine noir que tanto admiramos en los trabajos de directores como Roman Polanski o Alan J. Pakula.

Que Reeves necesite más tiempo para pulir la secuela no debería sorprendernos. Debería, más bien, tranquilizarnos.

Marvel y el peso de su propio universo

El Universo Cinematográfico de Marvel también ha visto cómo algunos de sus proyectos programados para 2026 se deslizan hacia fechas posteriores. No es la primera vez que ocurre, ni será la última.

La maquinaria Marvel, con su compleja red de historias interconectadas, personajes que cruzan de una película a otra y arcos argumentales que se extienden durante años, es particularmente vulnerable a los efectos dominó de cualquier retraso.

Aunque 2026 todavía mantendrá el estreno de Avengers: Doomsday, otros títulos del estudio han preferido retirarse temporalmente del calendario. Las razones son variadas: problemas con los guiones, conflictos de agenda entre actores, retrasos en la producción.

Todas ellas, en el fondo, síntomas de un sistema que produce contenido a una velocidad que a veces parece incompatible con la calidad narrativa.

Recuerdo los tiempos en que una película de superhéroes era un acontecimiento excepcional. Pasé mi adolescencia esperando con verdadera ansiedad cada nuevo estreno del género, porque eran escasos y, por tanto, preciados.

Hoy son producto de consumo masivo, y eso tiene sus consecuencias. No todas negativas, por supuesto, pero sí evidentes cuando vemos cómo los calendarios se reconfiguran constantemente para acomodar producciones que quizá se anunciaron antes de tener un guion sólido.

Star Wars y la búsqueda de rumbo

La galaxia muy, muy lejana tampoco ha escapado a esta ola de aplazamientos. Una de las películas de Star Wars previstas para 2026 ha sido retirada del calendario, sumándose así a una larga lista de proyectos de la franquicia que han experimentado retrasos, cambios de dirección o cancelaciones directas en los últimos años.

Star Wars atraviesa, desde hace tiempo, una crisis de identidad creativa. Tras la trilogía secuela y los resultados dispares de sus series televisivas, la franquicia parece buscar desesperadamente un rumbo claro.

Y quizá ese sea precisamente el problema: la desesperación. El cine, el buen cine, no nace de la urgencia comercial sino de la visión artística coherente.

George Lucas, con todos sus defectos como guionista de diálogos, tenía al menos una visión clara de lo que quería contar. Los actuales custodios de la franquicia parecen más preocupados por satisfacer a todos los públicos posibles que por construir algo genuinamente significativo.

Un retraso adicional podría ser, paradójicamente, una bendición si se emplea para encontrar esa voz perdida.

Jordan Peele y el terror que merece espera

Entre los proyectos pospuestos figura también una nueva película de terror de Jordan Peele, un cineasta que ha demostrado capacidad para elevar el género más allá del simple susto. Get Out y Us fueron obras que combinaban crítica social con tensión narrativa, algo que el mejor cine de terror siempre ha sabido hacer.

Que Peele se tome tiempo adicional para su próximo proyecto es, sin duda, una buena noticia. El terror es un género que sufre especialmente cuando se produce con prisas.

Requiere una construcción meticulosa de la atmósfera, un control preciso del ritmo, una comprensión profunda de qué es lo que verdaderamente perturba al espectador.

Pienso en obras maestras del género como La semilla del diablo de Polanski o El resplandor de Kubrick. Películas que no solo asustan, sino que permanecen en la memoria, que construyen un universo propio con sus propias reglas.

Eso es lo que separa el terror genuino del mero sobresalto mecánico. Si Peele necesita más tiempo para alcanzar ese nivel, que se lo tome.

La filosofía del retraso

Existe una tendencia contemporánea a interpretar cualquier retraso como un fracaso, como síntoma de problemas insalvables. Y a veces lo es, ciertamente.

Pero otras veces, un retraso es simplemente el reconocimiento honesto de que una obra no está lista, de que necesita más trabajo, más reflexión, más cuidado.

Kubrick tardó años entre película y película. Terrence Malick desapareció durante dos décadas antes de regresar con La delgada línea roja. Estos son casos extremos, por supuesto, pero ilustran un principio fundamental: el arte no responde a calendarios comerciales.

Recuerdo haber esperado cinco años entre Eyes Wide Shut y la muerte de Kubrick, sabiendo que cada fotograma de sus películas había sido meditado hasta el último detalle. Esa espera formaba parte del ritual, del respeto hacia el creador.

No sugiero que debamos celebrar acríticamente cualquier retraso. Muchos de estos proyectos pospuestos probablemente sufren de problemas estructurales más profundos que el tiempo adicional no resolverá.

Pero al menos existe la posibilidad de que algunos de ellos empleen ese tiempo extra para convertirse en algo más que productos de consumo rápido.


Mientras 2026 se perfila todavía como un año repleto de estrenos significativos —Avengers: Doomsday, Scream 7, la secuela de El diablo viste de Prada, la nueva película de Super Mario—, estos retrasos nos recuerdan una verdad incómoda sobre la industria actual.

Vivimos en una era de anuncios prematuros, de fechas de estreno que se fijan antes de que exista siquiera un guion completo, de promesas que la realidad de la producción cinematográfica no siempre puede cumplir.

Quizá sea momento de recuperar algo de la paciencia que caracterizaba a generaciones anteriores de cinéfilos. Aquellos que esperaban años para ver la nueva obra de sus directores favoritos, que entendían que el cine de calidad requiere tiempo, reflexión y, sobre todo, respeto por el oficio.

Los retrasos son frustrantes, sin duda. Pero si el resultado final es una obra que merece ser vista, recordada y revisitada, entonces la espera habrá valido la pena.

Porque al final, lo que permanece no son las fechas de estreno, sino las películas mismas.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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