• Un crítico ha revisado manualmente el catálogo completo de Netflix para seleccionar 20 películas imprescindibles, un ejercicio necesario ante la opacidad deliberada de la plataforma.
• Netflix oculta su verdadero catálogo tras algoritmos que priorizan el consumo rápido sobre la calidad, convirtiendo el cine en producto desechable en lugar de arte perdurable.
• La volatilidad del catálogo —donde títulos licenciados desaparecen sin aviso— revela que las plataformas no son cinematecas sino servicios comerciales incompatibles con la preservación cultural.
Hay algo profundamente irónico en la era del streaming. Tenemos acceso a más cine del que jamás tuvimos en toda la historia de este arte, y sin embargo, nunca ha sido tan difícil encontrar qué ver.
Netflix, ese gigante que prometió democratizar el acceso al cine, se ha convertido en un laberinto sin mapa. El algoritmo decide qué merece nuestra atención y qué permanece oculto en las sombras de su interfaz.
Como espectador que creció en videoclubs —donde podías recorrer con la mirada cada estantería, cada título, cada carátula—, confieso que esta opacidad me resulta exasperante.
Pero hay quien ha decidido hacer el trabajo que Netflix debería facilitar. Un crítico norteamericano se ha tomado la molestia de revisar, título por título, el catálogo completo de la plataforma. Un ejercicio tedioso, sin duda, pero necesario.
El resultado es una selección de 40 películas: 20 esenciales y 20 recomendadas. Aunque no comparto necesariamente todos sus criterios, el esfuerzo merece reconocimiento.
Porque en tiempos donde el cine se consume como comida rápida, cualquier intento de orientar hacia obras de verdadero valor es un acto de resistencia cultural.
El problema de fondo: Netflix como catedral sin índice
Permítanme ser claro: Netflix no quiere que sepamos exactamente cuántas películas tiene. No es un descuido, es una estrategia.
A diferencia de aquellos videoclubs donde la limitación física del espacio obligaba a una curación visible, Netflix opera en la abundancia difusa. Cientos de millones de suscriptores en todo el mundo, pero nadie sabe con certeza cuántos títulos componen su biblioteca.
Y lo que es peor: esa biblioteca cambia constantemente.
Títulos que hoy están disponibles mañana desaparecen sin ceremonia ni aviso previo. Películas que buscas durante meses aparecen de repente, como si siempre hubieran estado ahí.
Esta volatilidad no es accidental. Es el modelo de negocio. Netflix licencia contenido por períodos limitados, rota su catálogo según territorios, y prioriza sus propias producciones originales —de calidad tremendamente irregular— sobre obras maestras del pasado.
El algoritmo, esa entidad invisible que supuestamente «nos conoce», funciona con una lógica comercial, no artística. Te muestra lo que quiere que veas: lo nuevo, lo popular, lo que genera conversación en redes sociales.
Pero el cine no es moda. El cine es memoria, es lenguaje, es tradición. Y esa tradición queda sepultada bajo capas de recomendaciones automatizadas.
La metodología: un trabajo de arqueología digital
El autor del artículo original emprendió una tarea que solo un verdadero cinéfilo —o un obsesivo, que a menudo son lo mismo— se atrevería a realizar: revisar manualmente todo el catálogo de Netflix.
Género por género. Año por año. Orden alfabético cuando era necesario.
Es el tipo de labor que recuerda a aquellos primeros críticos que catalogaban filmografías completas antes de que existieran bases de datos digitales. Un trabajo artesanal en la era de la automatización.
El resultado son dos listas: 20 películas esenciales y 20 recomendaciones adicionales. Entre estas últimas menciona títulos como Boyz N the Hood, District 9, Ford v Ferrari, Historia de un matrimonio y Moonrise Kingdom.
Algunas elecciones son acertadas; otras, discutibles. Pero eso es precisamente lo que hace valioso el ejercicio: es una curación personal, no un ranking generado por datos de visualización.
Las limitaciones del catálogo: lo efímero y lo permanente
Aquí llegamos a un punto crucial que el autor señala con honestidad: no todas las películas en Netflix tienen la misma permanencia.
Las producciones originales de la plataforma —en teoría— son contenido permanente. Aunque «permanente» en el mundo del streaming es un concepto cada vez más relativo.
Los títulos licenciados, en cambio, viven bajo amenaza constante. Hoy están, mañana no.
El autor tuvo el buen criterio de excluir de su lista aquellas películas marcadas con el aviso «Se va pronto», pero eso no garantiza que el resto permanezca indefinidamente.
Esta inestabilidad es frustrante para cualquiera que entienda el cine como patrimonio cultural. Imaginen si los museos rotaran sus colecciones cada trimestre según acuerdos comerciales.
Imaginen si Las meninas solo estuvieran en el Prado seis meses al año. Absurdo, ¿verdad? Pues eso es exactamente lo que ocurre con el cine en las plataformas de streaming.
El cine como arte frente al cine como producto
Este ejercicio de catalogación revela una tensión fundamental de nuestro tiempo: la diferencia entre el cine como arte y el cine como producto de consumo.
Netflix trata las películas como unidades de contenido. Duración, género, año, actores principales. Todo reducido a metadatos.
Pero una película no es la suma de sus metadatos. Una película es ritmo, es encuadre, es silencio, es tiempo.
Es la decisión de Kubrick de mantener un plano fijo durante dos minutos en 2001: Una odisea del espacio, obligándonos a contemplar el vacío del cosmos. Es el uso del color en Vértigo de Hitchcock, donde el verde se convierte en obsesión visual.
Es la geometría de los espacios en Ozu, donde la cámara baja transforma tatamis en escenarios de intimidad universal.
Nada de eso aparece en una ficha técnica. Y sin embargo, eso es lo que separa una obra esencial de una película meramente competente.
La diferencia entre Historia de un matrimonio —que el autor menciona entre sus recomendaciones— y Escenas de un matrimonio de Bergman. Ambas son buenas. Solo una es esencial.
Sobre la selección: aciertos y ausencias
Sin haber visto la lista completa de las 20 películas esenciales que propone el autor, puedo anticipar ciertas reservas.
La palabra «esencial» es peligrosa. Implica canon, implica consenso, implica que hay un núcleo de obras sin las cuales no se puede comprender el cine.
Y ese núcleo existe, sin duda. Pero rara vez coincide con lo que Netflix tiene disponible en un momento dado.
¿Está El ciudadano Kane en Netflix? ¿Vértigo? ¿El séptimo sello? ¿Rashomon? Probablemente no.
Porque Netflix no es una cinemateca, es un servicio de entretenimiento. Su catálogo responde a lógicas de mercado, no a criterios de preservación histórica o relevancia artística.
Dicho esto, reconozco el valor de trabajar con lo que hay. Si alguien quiere iniciarse en el cine y solo tiene acceso a Netflix, es mejor una lista curada —aunque imperfecta— que dejarse llevar por el algoritmo.
Porque el algoritmo te llevará a lo más visto, no a lo mejor.
La nostalgia del videoclub y la ilusión de la abundancia
Echo de menos los videoclubs. No por nostalgia ciega, sino porque aquellos espacios físicos imponían una relación diferente con el cine.
Tenías que desplazarte, recorrer las estanterías, leer las sinopsis en las contraportadas. Había un esfuerzo, una intención.
Y sobre todo, había límites visibles. Sabías exactamente qué había disponible porque podías verlo todo.
Netflix nos vende la ilusión de la abundancia infinita, pero en realidad nos ofrece una abundancia opaca. Hay mucho, sí, pero no sabemos exactamente qué, ni por cuánto tiempo, ni cómo encontrarlo más allá de lo que el algoritmo decide mostrarnos.
El valor de la curación humana
En una época donde la curación automatizada domina nuestra experiencia cultural, cualquier acto de curación humana —subjetiva, imperfecta, discutible— tiene valor.
Porque elegir es un acto crítico. Implica criterio, implica jerarquía, implica defender que no todo vale lo mismo.
Y eso, en tiempos de relativismo cultural absoluto, es casi un acto revolucionario.
No sé si las 20 películas que el autor considera esenciales coinciden con las mías. Probablemente no. Pero eso no importa.
Lo que importa es que alguien se ha tomado la molestia de mirar, de pensar, de elegir. De decir: «Esto sí, esto no. Esto merece tu tiempo, esto puedes dejarlo pasar».
Es el tipo de gesto que los buenos programadores de cine han hecho siempre. Los que armaban ciclos en cinematecas, los que escribían las notas de programa, los que defendían a directores olvidados o rescataban películas ignoradas.
Más allá de Netflix: la responsabilidad del espectador
El autor promete actualizar su lista periódicamente conforme los títulos desaparezcan del servicio. Es un gesto loable, pero también sisífico.
Porque el catálogo de Netflix cambia constantemente. Lo que hoy es esencial mañana puede no estar disponible.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿tiene sentido hablar de películas «esenciales» en una plataforma donde nada es permanente?
Quizá no. Pero también entiendo el impulso del autor. En un panorama donde la mayoría de espectadores solo consume lo que las plataformas les ponen delante, cualquier esfuerzo por señalar hacia obras de mayor valor es necesario.
Aunque sea provisional. Aunque sea incompleto.
Netflix es cómodo, accesible, omnipresente. Pero no es suficiente. Si realmente te importa el cine, no puedes limitarte a lo que una sola plataforma ofrece.
Busca filmotecas. Busca ciclos de cine clásico. Compra o alquila películas en formato físico cuando sea posible.
Apoya a distribuidoras independientes que rescatan obras olvidadas. Porque el cine es demasiado vasto, demasiado rico, demasiado importante como para dejarlo en manos de algoritmos comerciales.
Al final, listas como esta son mapas provisionales en un territorio cambiante. No son definitivas, no son exhaustivas, no son infalibles. Pero son necesarias.
Porque sin mapas, por imperfectos que sean, es fácil perderse en el ruido. Y Netflix, con su catálogo opaco y su algoritmo omnipresente, genera mucho ruido.
Si esta lista sirve para que alguien descubra una película que de otro modo habría pasado desapercibida, habrá cumplido su función.
Si provoca debate, discusión, desacuerdo, mejor aún. Porque el cine se construye en el diálogo, en el contraste de miradas, en la defensa apasionada de lo que consideramos valioso.
No en el consumo pasivo de lo que una máquina decide que debemos ver.

