• Un crítico cinematográfico comparte su selección personal de las diez películas de 2025 que más le han conmovido, priorizando la conexión emocional sobre el éxito comercial.
• La lista demuestra que el cine contemporáneo aún puede ofrecer experiencias genuinas cuando los cineastas priorizan la narrativa y los personajes sobre el espectáculo vacío.
• Desde adaptaciones literarias hasta propuestas de autor, el año 2025 parece haber ofrecido una diversidad que merece ser reivindicada.
Cada año que pasa me pregunto si el cine seguirá siendo capaz de sorprenderme.
No hablo de efectos visuales cada vez más sofisticados ni de presupuestos desorbitados que prometen espectáculo. Me refiero a ese momento íntimo en la sala oscura cuando una película consigue atravesar las capas de cinismo que inevitablemente acumulamos con los años.
Cuando una obra logra recordarnos por qué nos enamoramos de este arte en primer lugar.
El 2025, según parece, ha sido uno de esos años en los que el cine ha sabido equilibrar lo comercial con lo genuino, ofreciendo propuestas que merecen algo más que una mención pasajera.
He leído recientemente una selección de las diez películas favoritas del año que me ha resultado particularmente reveladora. No por tratarse de una lista más entre las muchas que inundan la red cada diciembre, sino porque su autor ha tenido el acierto de priorizar la resonancia emocional sobre el ruido mediático.
En tiempos donde confundimos lo trending con lo trascendente, resulta refrescante encontrar un criterio que vuelve a lo esencial: qué películas nos han transformado, cuáles permanecen con nosotros cuando las luces se encienden.

The Life of Chuck, dirigida por Mike Flanagan, encabeza esta selección personal.
Se trata de una película narrada en orden inverso que explora la vida, la muerte y la memoria con una ternura poco habitual en el cine contemporáneo.
La propuesta de Flanagan me recuerda a esa tradición del cine que entiende la estructura narrativa como parte fundamental del discurso. Contar una historia hacia atrás no es un mero artificio formal cuando está al servicio de la emoción.
Pienso en Memento de Nolan, aunque aquí el propósito parece distinto: no se trata de un rompecabezas sino de una meditación sobre cómo los pequeños momentos definen una existencia. Hay ecos también de Hiroshima mon amour de Resnais en esa forma de entender la memoria como construcción fragmentada.
Mark Hamill y Tom Hiddleston encabezan un reparto que, según se indica, ofrece interpretaciones sólidas. La premisa de que «incluso los momentos más pequeños importan» podría sonar a lugar común, pero cuando está bien ejecutada cinematográficamente, puede alcanzar una profundidad considerable.
En segundo lugar encontramos Rental Family, ambientada en Tokio y protagonizada por Brendan Fraser.
Dirigida por Hikari, la película explora el concepto de familia elegida y las conexiones inesperadas con calidez y humor seco.
Fraser ha demostrado en los últimos años una madurez interpretativa notable. Su capacidad para transmitir vulnerabilidad sin caer en el sentimentalismo barato es un activo valioso.
El contexto japonés añade una capa cultural fascinante: la idea de «alquilar» una familia responde a fenómenos sociales reales en Japón que el cine puede explorar con inteligencia. Hay algo de Ozu en esta mirada compasiva hacia las estructuras familiares no convencionales.
Weapons, de Zach Cregger, ocupa el tercer puesto.
Se trata de una propuesta de terror que cuenta con Josh Brolin, Julia Garner y Amy Madigan, mezclando imágenes perturbadoras con humor y misterio.
Cregger demostró con su anterior trabajo que entiende el género del terror más allá del susto fácil. El terror efectivo siempre ha sido cuestión de atmósfera, de lo que se sugiere más que de lo que se muestra.
Hitchcock lo sabía bien: la tensión reside en la anticipación, no en la revelación. Si esta película logra equilibrar el horror con el humor sin que uno anule al otro, estaremos ante un ejercicio de dirección considerable.
Aunque debo confesar mi escepticismo ante el terror contemporáneo, que demasiado a menudo confunde el sobresalto con el genuino desasosiego.
En cuarto lugar aparece The Long Walk, adaptación de la novela de Stephen King dirigida por Francis Lawrence.
Cooper Hoffman y David Jonsson protagonizan esta historia emocionalmente devastadora sobre jóvenes que enfrentan una pérdida inevitable.
King siempre ha sido un narrador que entiende el horror existencial mejor que el sobrenatural. The Long Walk es una de sus obras más despiadadas, una alegoría sobre la competición, la resistencia y la mortalidad.
Lawrence, que ya demostró su capacidad con la saga Los juegos del hambre, parece una elección acertada para trasladar al cine esta premisa opresiva. Aunque las adaptaciones de King son siempre una apuesta arriesgada: por cada El resplandor de Kubrick hay una docena de intentos fallidos.
F1: The Movie, de Joseph Kosinski, se sitúa en quinta posición.
Con Brad Pitt, Damson Idris y Javier Bardem, la película ofrece secuencias de acción inmersivas y profundidad emocional.
Kosinski ya nos demostró con Top Gun: Maverick que puede elevar el cine de acción más allá del mero espectáculo. Su comprensión del montaje, del ritmo y de cómo filmar la velocidad con claridad narrativa es excepcional.
Si ha conseguido aplicar esa maestría técnica al mundo de la Fórmula 1 manteniendo el componente humano, estaremos ante una de las mejores películas de acción del año. El cine de acción, cuando está bien ejecutado, es tan legítimo como cualquier otro género.
Thunderbolts*, dirigida por Jake Schreier, representa la sexta elección.
Esta película de Marvel se centra en personajes dañados y conflictos personales en lugar del espectáculo habitual, con una actuación destacada de Florence Pugh.
Aquí debo mostrar mi reserva habitual. El cine de superhéroes lleva años atrapado en su propia fórmula, produciendo obras que son más producto industrial que cinematográfico.
Cuando una de estas producciones decide priorizar el desarrollo de personajes sobre la destrucción masiva, merece ser reconocida, sí. Pugh es una actriz de enorme talento que eleva cualquier material con el que trabaja.
Pero me pregunto si un cambio de enfoque dentro de una maquinaria tan rígida puede realmente ofrecer algo sustancial, o si simplemente estamos celebrando que una película haga lo que el cine debería hacer por defecto: contar historias sobre personas reales.
En séptimo lugar encontramos Predator: Badlands, de Dan Trachtenberg.
Esta nueva aproximación a la franquicia Predator sigue a un joven de la especie y cuenta con Elle Fanning como Thia, priorizando la narrativa centrada en personajes.
Trachtenberg ya revitalizó la franquicia con Prey, demostrando que estos conceptos pueden funcionar cuando se respeta la esencia del género y se apuesta por la narrativa sobre el CGI desmedido.
Cambiar la perspectiva hacia el propio Predator es un riesgo narrativo interesante que podría ofrecer una mirada fresca. Aunque las franquicias, por su propia naturaleza, tienden a la repetición más que a la innovación.
Frankenstein, de Guillermo del Toro, ocupa el octavo puesto.
Con Oscar Isaac y Jacob Elordi, esta reimaginación gótica reenmarca la historia como una reflexión sobre la paternidad fallida y el abandono.
Del Toro es uno de los pocos cineastas contemporáneos que entiende verdaderamente el gótico. Su sensibilidad visual, su amor por lo monstruoso como metáfora de lo humano, lo convierten en el director ideal para revisitar a Mary Shelley.
Frankenstein siempre ha sido una historia sobre la responsabilidad del creador hacia su creación, sobre el abandono y sus consecuencias. Hay algo profundamente bergmaniano en esa exploración de la paternidad fallida.
Si del Toro ha sabido capturar esa dimensión trágica con su característico barroquismo visual —que bebe tanto del expresionismo alemán como de El gabinete del doctor Caligari— estaremos ante una adaptación memorable.
Mission: Impossible – The Final Reckoning se sitúa en noveno lugar.
Potencialmente la última película de Ethan Hunt, dirigida por Christopher McQuarrie y protagonizada por Tom Cruise, combina acción intensa con reflexión emocional sobre el legado y el sacrificio.
Cruise representa una de las últimas conexiones con el cine de acción clásico, donde los actores arriesgaban realmente sus cuerpos. Su compromiso con las escenas prácticas en lugar de los efectos digitales es admirable.
Si esta es verdaderamente su despedida del personaje, McQuarrie tiene la oportunidad de cerrar la saga con la dignidad que merece. Hay algo casi quijotesco en la insistencia de Cruise por mantener vivo un tipo de cine que la industria ha abandonado.
Finalmente, Bad Haircut, de Kyle Misak, cierra la lista.
Esta comedia de terror independiente cuenta con una interpretación memorable de Frankie Ray como villano, ofreciendo una experiencia de cine de medianoche divertida.
El cine independiente de género siempre ha sido el terreno donde surgen las voces más frescas. Estas películas modestas, hechas con más pasión que presupuesto, a menudo contienen más inventiva que las superproducciones.
Si Bad Haircut logra ese equilibrio entre el humor y el horror con personalidad propia, merece su lugar en cualquier lista.
Lo que resulta estimulante de esta selección es su diversidad.
No estamos ante una lista que privilegie únicamente el cine de autor o que se rinda ante el blockbuster. Hay espacio para la reflexión intimista y para la adrenalina, para el terror psicológico y para la comedia de medianoche.
Esta amplitud de miras es precisamente lo que el cine necesita: espectadores capaces de apreciar distintos registros sin prejuicios, que valoren tanto la ambición formal como la honestidad emocional.
El 2025, si estas películas son representativas de su oferta, parece haber sido un año donde el cine ha recordado que su función primordial es conmovernos.
No importa si lo hace a través de una historia íntima en Tokio o de una persecución imposible protagonizada por Tom Cruise. Lo que importa es esa conexión genuina entre la pantalla y el espectador, ese momento en que dejamos de analizar encuadres y nos entregamos a la experiencia.
Ojalá el cine siga ofreciéndonos razones para creer en su capacidad de transformación. Porque cuando lo hace, cuando una película logra atravesar nuestras defensas y tocarnos de verdad, recordamos por qué este arte sigue siendo insustituible.

