-
Las sitcoms de los 80 consolidaron un formato más cálido y coral, abandonando la comedia socialmente combativa de los 70 en favor de la familia elegida y un optimismo doméstico que definió la década.
-
The Golden Girls encabeza esta selección como la comedia que mejor ha resistido el paso del tiempo, gracias a una escritura sin concesiones y a una honestidad emocional sobre la vejez, la amistad y el duelo que pocas obras del género han igualado.
-
El artículo no elude la incómoda herencia de The Cosby Show: recordatorio de que las acciones de un artista pueden dañar de forma irreparable el legado de una obra, por influyente que fuera en su momento.
Hay debates que el paso del tiempo resuelve con una claridad que ningún crítico contemporáneo puede igualar. ¿Qué obras de una época determinada han logrado trascender su contexto y seguir hablándonos con la misma voz décadas después? Es una pregunta que me fascina tanto cuando la aplico a Bergman o a Wilder como cuando la traslado a la pequeña pantalla. Porque —y esto es algo que tardé años en reconocer del todo— la televisión también tiene sus clásicos. Tiene sus obras maestras. Y tiene, sobre todo, sus fracasos enmascarados de éxito que el tiempo desnuda sin piedad.
Lo confieso: durante mucho tiempo fui uno de esos cinéfilos que miraba la televisión por encima del hombro. En los foros donde empecé a escribir, allá por finales de los 90, mencionar una sitcom entre discusiones sobre Kurosawa y Antonioni equivalía a una pequeña traición. Me costó entender que el oficio bien hecho no distingue de formatos, y que un guion de comedia de veintidós minutos puede exigir una precisión de relojero comparable a la del mejor cine de estudio.
Los años 80 fueron para la comedia televisiva un período de consolidación extraordinaria. El formato de la sitcom, heredado de la radio y perfeccionado a trompicones durante las décadas anteriores, encontró en esa época su expresión más madura: elencos corales de una riqueza que el modelo de estrella única difícilmente podía ofrecer, familias elegidas que reflejaban la complejidad de una sociedad en transformación, y un optimismo de fondo que, sin negar los problemas, apostaba por la capacidad humana de superarlos. Lo que sigue es un recorrido por las diez comedias de esa era que mejor han envejecido.
Antes de entrar en materia, es necesario hacer una pausa honesta. No es posible hablar del legado televisivo de los 80 sin mencionar The Cosby Show, una serie que en su momento fue pionera en la representación de la familia negra de clase media en Estados Unidos y que ejerció una influencia innegable sobre el género. Sin embargo, las acciones de Bill Cosby han dejado ese legado manchado de manera irreparable. Es uno de esos casos —dolorosos, pero reales— en los que la separación entre la obra y el artista resulta imposible. Una advertencia necesaria antes de proceder.
10. The Young Ones (1982-1984)

Empezamos con una anomalía encantadora. The Young Ones es una sitcom británica que se negó desde su primer episodio a comportarse como tal. Con una energía anárquica y una vocación de ruptura formal que la emparentan —en espíritu, que no en forma— con ciertos experimentos del cine de vanguardia, la serie de Rik Mayall y Adrian Edmondson hizo de la transgresión su principal herramienta cómica.
Pienso en la irrupción constante de lo absurdo: un títere que cobra vida, una banda musical que aparece de la nada para partir en dos el episodio, la violencia slapstick de Vyvyan atravesando paredes. Nada respeta la cuarta pared ni la lógica del relato.
Su sátira del thatcherismo sigue siendo tan afilada como en 1982. Que una comedia sobre cuatro jóvenes disfuncionales en un piso compartido del Londres conservador pueda resultar tan contemporánea dice mucho de la solidez de su escritura.
9. ALF (1986-1990)

En teoría, ALF es una propuesta de premisa mínima: un alienígena gruñón y cínico se instala en el hogar de una familia americana. Lo que la hace perdurar no son únicamente los méritos técnicos del muñeco de efectos prácticos —que los tiene— sino algo que los grandes directores de comedia clásica entendieron perfectamente: la química entre personajes vale más que cualquier artificio.
Seré honesto: ALF es, con diferencia, la propuesta más frágil de esta lista. Su humor depende demasiado del sarcasmo repetitivo del protagonista y algunas tramas familiares apenas se sostienen. Lo salva su textura artesanal, esa imperfección visible en cada plano rodado con el muñeco confinado a la altura de una encimera. Hay una calidez en ese ingenio de producción —en la manera en que la cámara esconde sus limitaciones— que el CGI contemporáneo rara vez logra replicar. La incluyo, con reservas, precisamente por eso.
8. Taxi (1978-1983)

Taxi arrancó en 1978, lo que la coloca técnicamente fuera del marco estricto de la década, y eso explica su posición en este ranking. Pero ignorarla sería un error. El garaje de la compañía Sunshine Cab fue el laboratorio en el que cristalizó una forma de entender la comedia de lugar de trabajo que inspiraría directamente a Cheers y, más tarde, a NewsRadio.
Basta recordar al Reverendo Jim tratando de aprobar el examen de conducir —aquel legendario «¿Qué significa una luz amarilla?» repetido hasta el delirio— para entender que estamos ante escritura de comedia del más alto nivel. Sus personajes —perdedores nobles, soñadores derrotados— poseen una humanidad que trasciende cualquier datación histórica.
7. It’s Garry Shandling’s Show (1986-1990)

Pocos programas resultan tan asombrosamente modernos. Mucho antes de que la metacomedia se convirtiera en un recurso omnipresente —antes de Curb Your Enthusiasm, antes de 30 Rock—, Garry Shandling construyó una comedia que trataba las convenciones televisivas como el objeto mismo del chiste.
Shandling se dirigía a cámara, paseaba por el decorado reconociendo que era un decorado, comentaba los cortes publicitarios. Hay algo en esa conciencia formal que recuerda, en su propio registro, la manera en que Godard hacía del cine una reflexión sobre el cine: la forma se convierte en contenido. Que este programa se hiciera en los 80 y no en los 2010 sigue pareciéndome un pequeño milagro.
6. Who’s the Boss? (1984-1992)

Una comedia familiar que invirtió los roles de género tradicionales con una ligereza que hacía el mensaje más efectivo, no menos. La dinámica entre Tony Micelli —un ex deportista reconvertido en ama de llaves— y Angela Bower —ejecutiva de éxito— cuestionó durante ocho temporadas los estereotipos de masculinidad y feminidad de una manera que todavía hoy resulta refrescante.
No pretendo situarla a la altura de las cimas de esta lista: su fórmula es más convencional y su tensión romántica se estira, temporada tras temporada, con la previsibilidad de un mecanismo bien engrasado. Pero hay una escena que la redime, en mi memoria: Tony doblando la colada mientras discute de igualdad con la abuela Mona, sin que la cámara subraye jamás la ironía. Ahí, en esa naturalidad, reside su inteligencia. Lo que parecía una premisa coyuntural revela, vista con perspectiva, una solidez estructural notable.
5. Designing Women (1986-1993)

Cuatro mujeres, una empresa de diseño de interiores en Atlanta, y una escritura capaz de abordar el racismo, el sexismo y la política sin perder el ritmo cómico. Designing Women es exactamente el tipo de comedia que demuestra que entretenimiento y pensamiento no son categorías excluyentes.
Quien haya visto el monólogo de Julia Sugarbaker defendiendo a su hermana —aquel torrente verbal conocido como «The Night the Lights Went Out in Georgia»— sabe de lo que hablo. Sus mejores episodios tienen la arquitectura de los grandes guiones de Wilder: el chiste como vehículo de una verdad incómoda, la carcajada que deja un poso de incomodidad productiva.
4. Newhart (1982-1990)

Bob Newhart pertenecía a esa tradición de cómicos cuya gracia reside enteramente en la contención. No en la carcajada, sino en el silencio que la precede. Newhart construyó su humor sobre personajes excéntricos de una riqueza extraordinaria, ambientados en una posada de Vermont, con una quietud y un aplomo casi británicos.
Pienso en la presentación recurrente de los tres hermanos leñadores: «Hola, soy Larry, este es mi hermano Darryl, y este es mi otro hermano Darryl». Un gag mínimo, repetido, que la contención de Newhart convertía en oro puro. Y su final —uno de los desenlaces más audaces y celebrados de la historia de la televisión, con el protagonista despertando en la cama de un personaje de su serie anterior— demostró que una sitcom podía permitirse el mismo nivel de ambición narrativa que el mejor cine.
3. Blackadder (1983-1989)

La serie protagonizada por Rowan Atkinson es uno de los grandes logros de la comedia televisiva en cualquier idioma. Su capacidad para reinventarse por completo en cada temporada —cambiando de época histórica sin perder un ápice de coherencia de personaje— es una hazaña de escritura comparable a las mejores adaptaciones del texto clásico al cine moderno.
Y su episodio final, ambientado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, alcanza una emoción genuina que desmiente cualquier idea simplista sobre lo que una comedia puede permitirse sentir. Ese plano final, con los personajes saltando de la trinchera hacia una muerte segura mientras la imagen se disuelve en un campo de amapolas, es uno de los desenlaces más devastadores que recuerdo, dentro o fuera de la comedia. Blackadder ocupa el tercer lugar únicamente porque su vocación histórica la hace sentir, paradójicamente, menos representativa del espíritu concreto de los 80. Pero es una obra de primerísimo orden.
2. Cheers (1982-1993)

Hay verdades que se han repetido tanto que han perdido su capacidad de impresionar. Cheers es una de las mejores sitcoms de la historia de la televisión. Sus 28 premios Emmy son el síntoma, no la causa.
La causa es que durante once temporadas construyó un grupo de personajes que crecían, cambiaban, y mantenían una coherencia interna que pocas series dramáticas han logrado. El bar de Sam Malone funciona como espacio dramático de la misma manera en que los grandes espacios cerrados del cine clásico condensan el mundo exterior y lo hacen inteligible. Ese plano recurrente de la puerta al fondo de las escaleras, por la que entra Norm para ser recibido por el coro unánime del bar, resume toda la tesis de la serie: un lugar donde todos saben tu nombre, pero sobre todo, un lugar donde los personajes nunca dejan de sorprenderte.
1. The Golden Girls (1985-1992)

Y llegamos, inevitablemente, a The Golden Girls.
Cuatro mujeres mayores, en una casa de Miami, hablando de sus vidas. La premisa podría haber sido el material de una comedia condescendiente, destinada al olvido. Lo que Susan Harris y su equipo construyeron fue exactamente lo contrario.
La serie abordó el envejecimiento, el duelo, la sexualidad en la tercera edad y la soledad con una franqueza que sigue resultando sorprendente. Y lo hizo sin perder jamás el ritmo, la precisión cómica, y esa calidez que hace que sus mejores capítulos sean simultáneamente divertidos y conmovedores.
Basta escuchar a Sophia arrancar uno de sus relatos con el infalible «Imagínate: Sicilia, 1922…», o a Dorothy fulminar a un pretendiente con una réplica sardónica, para comprender la exactitud de esta escritura. Blanche, Rose, Dorothy y Sophia son personajes de una complejidad que pocas comedias —televisivas o cinematográficas— han sabido construir. Sus contradicciones, sus miedos y sus alegrías trascienden cualquier etiqueta generacional. Casi cuatro décadas después de su estreno, cada episodio sigue siendo tan gracioso, tan honesto y tan pertinente como el primero. Es, sin discusión posible, la sitcom que mejor ha envejecido de su década.
Lo que une a estas diez comedias —más allá de su diversidad de temas, tonos y contextos nacionales— es una cualidad que siempre he admirado en el mejor cine clásico: la honestidad. La capacidad de mirar a los personajes sin condescendencia, de no rendirse a la comodidad del chiste sin consecuencias, de tratar a la audiencia como adultos capaces de reírse y de pensar al mismo tiempo. Las obras que duran son invariablemente las que se construyen sobre esos cimientos, sin importar si nacieron en el celuloide o en el tubo catódico.
Los años 80 fueron para la comedia televisiva lo que los 40 y 50 fueron para el cine negro: un período de madurez formal en el que el género encontró sus propias posibilidades expresivas. Que podamos mirar atrás y encontrar diez títulos que todavía hoy merecen nuestro tiempo —y nuestra carcajada— es una prueba de que el oficio bien hecho no caduca. Estas sitcoms tienen más en común con Wilder o Capra de lo que podría parecer a primera vista: son, a su manera, documentos precisos de lo que una sociedad creyó, amó y temió. Y eso, el tiempo no lo borra.

