Los cinco seres que aterraban a Sauron y lo hacen mejor villano

Sauron domina la Tierra Media pero teme a cinco seres muy concretos: Galadriel, Aragorn, los Valar, Morgoth y Eru Ilúvatar. Esa lista revela una cosmología mucho más rígida de lo que el villano quisiera admitir.

✍🏻 Por Tomas Velarde

junio 22, 2026
  • A pesar de su condición de Señor Oscuro de la Tierra Media, Sauron temía a cinco seres cuyo poder, autoridad o influencia eran capaces de comprometer sus planes de dominación: Galadriel, Aragorn, los Valar, Morgoth y Eru Ilúvatar.

  • Esos cinco nombres operan en dos planos distintos —el político-sobrenatural y el cósmico—, y revelan una cosmología tan rigurosa que convierte al villano principal en un ser paradójicamente vulnerable.

  • Comprender esta jerarquía de poder permite apreciar con mayor hondura tanto la obra de Tolkien como la trilogía de Peter Jackson, con sus aciertos y sus excesos.

  • Mi opinión: Un antagonista con sus propias debilidades es infinitamente más interesante que uno omnipotente e indestructible. El miedo de Sauron a estos cinco seres es, en el fondo, una lección de buena dramaturgia.


Hay algo que los grandes relatos —novela, teatro o cine— han comprendido desde siempre: el villano más aterrador no es aquel que no teme a nada, sino aquel que, a pesar de su inmenso poder, tiene razones para mirar por encima del hombro. Los mejores antagonistas de la historia del arte narrativo cargaban con sus propias fragilidades.

Pensemos en Norman Bates, ese muchacho frágil que Hitchcock construye en Psicosis como prisionero de su propia madre muerta. O en el desasosiego que recorre a los hombres de Kurosawa, siempre acechados por la culpa y el honor traicionado. Incluso el implacable HAL 9000 de Kubrick teme algo: ser desconectado, dejar de existir. Y Sauron, el Señor Oscuro de la Tierra Media, temía a cinco seres cuya existencia era capaz de doblegarlo.

Peter Jackson lo intuía cuando construyó su trilogía. Hay un encuadre en La Comunidad del Anillo que llevo años guardando en la memoria: el ojo de Sauron, omnipresente pero incapaz de verlo todo. Es una imagen que condensa con elegancia lo que Tolkien quiso transmitirnos: la omnipotencia aparente siempre esconde puntos ciegos.

Confieso que llegué a estos libros tarde, ya con la carrera de Historia del Arte terminada y unos cuantos años de crítica a la espalda. Y precisamente esa mirada formada en los retablos y en las composiciones clásicas fue la que me hizo entender algo: el universo de Tolkien está construido como una catedral, con cada contrafuerte sosteniendo el peso del conjunto. Hoy exploramos esos puntos ciegos, esos cinco nombres que hacían que el Señor Oscuro mirara hacia otro lado.


Galadriel

Pocos personajes de la mitología tolkieniana tienen la densidad de Galadriel. No es simplemente una elfa poderosa: nació en Valinor, durante la era de los Dos Árboles, lo que la sitúa en una naturaleza casi equiparable a la de los Maiar, el mismo orden de seres al que pertenece el propio Sauron.

Su conexión con las tres grandes estirpes élficas le otorgaba una influencia política sin parangón entre los Elfos. Pero lo que verdaderamente inquietaba a Sauron era otra cosa: Galadriel portaba Nenya, uno de los Tres Anillos Élficos, y con él era capaz de protegerse a sí misma y a quienes la rodeaban de las fuerzas del mal.

Su mayor temor, sin embargo, era la posibilidad de que Galadriel se hiciera con el Anillo Único. De ocurrir eso, su poder sobrepasaría al del propio Sauron. No es casual que Jackson eligiera la escena de la tentación en Lothlórien para mostrar, con una puesta en escena casi onírica, la magnitud de lo que estaba en juego.


Aragorn

Aragorn no tenía el poder sobrenatural de Galadriel, pero representaba una amenaza de naturaleza distinta: simbólica, política y casi mítica.

Era el heredero de Isildur, el hombre que antaño cortó el Anillo Único del dedo de Sauron. Y portaba consigo la misma espada —reforjada como Andúril— con la que su ancestro lo hizo. Esa imagen tiene una carga dramática que cualquier cineasta reconocería de inmediato: el destino que regresa, la historia que amenaza con repetirse.

Pero el miedo político de Sauron ante Aragorn era quizá el más concreto de todos. Si el heredero de Isildur lograba unir a los hombres bajo su estandarte y además se hacía con el Anillo, la lealtad de elfos, hombres y otras razas recaería sobre él, dejando a Sauron sin ejércitos ni aliados de ningún tipo.


Los Valar

En la cosmología de Tolkien, los Valar son los semidioses que participaron en la construcción de Arda y la Tierra Media. No intervienen fácilmente —la no injerencia es casi una norma entre ellos— pero cuando lo hacen, sus consecuencias son irreversibles.

Sauron los temía por una razón muy concreta: habían derrotado a Morgoth, su antiguo maestro. Si fueron capaces de acabar con el más poderoso de todos los Ainur, nada garantizaba que no pudieran hacer lo mismo con él.

Esta amenaza latente actuaba como un límite invisible sobre sus ambiciones. Como el director que sabe que existe una autoridad superior capaz de retirarle el proyecto en cualquier momento.


Morgoth

Morgoth era el maestro original de Sauron: un Vala corrompido cuyo nihilismo lo empujaba a destruir y corromper todo cuanto existía. Su poder inicial superaba con creces al de cualquier ser en la Tierra Media, incluido el propio Sauron.

El miedo de Sauron hacia Morgoth era doble. Por un lado, el temor a no haber estado a la altura de las expectativas de su antiguo amo durante los años a su servicio. Por otro, la posibilidad —siempre latente en la mitología tolkieniana— de que Morgoth pudiera regresar algún día.

Narrativamente, funciona de maravilla: Sauron como gran villano que, a su vez, no es más que la sombra de algo aún más oscuro y destructivo.


Eru Ilúvatar

En la cima absoluta de la jerarquía tolkieniana se encuentra Eru Ilúvatar, el dios supremo, creador de toda vida y el único ser capaz de destruir verdaderamente a un inmortal.

La relación de Sauron con Ilúvatar es compleja y cargada de matices. En su origen, lo reverenciaba. Pero bajo la influencia de Morgoth, se alejó de esa devoción por miedo al castigo. Cuando Ilúvatar destruyó Númenor —y con ello el cuerpo físico de Sauron, obligándole a regenerarse desde su espíritu— la lección quedó grabada para siempre.

Desde ese momento, Sauron evitó por todos los medios acercarse a las Tierras Imperecederas. Sabía que una segunda intervención divina podría ser definitiva.


Lo que hace grande a la mitología de Tolkien es esto: la construcción de un universo con una lógica interna tan sólida que hasta el mal más absoluto tiene sus propias reglas, sus propios límites, sus propios fantasmas.

Jackson lo entendió a ratos. Y digo a ratos porque su trilogía, tan justamente celebrada, no siempre estuvo a la altura de esa idea. Cuando confió en la puesta en escena —el rostro de Cate Blanchett devorado por la tentación, la quietud antes de una batalla— rozó lo sublime. Cuando cedió al espectáculo desbordado, a la acumulación de criaturas digitales y planos imposibles, la jerarquía invisible que sostiene a Tolkien se diluía en mero ruido visual. No hace falta recurrir a los efectos para sentir el peso de esa estructura; basta con entenderla.

Sauron no era invencible. Era poderoso, enormemente poderoso, pero vivía con el peso de lo que había sido, de lo que podría enfrentársele y de lo que una vez adoró y luego traicionó. Eso lo convierte en un antagonista de una profundidad que pocas obras de fantasía han igualado. Y en el fondo, eso es exactamente lo que distingue una historia verdaderamente grande de una que simplemente entretiene.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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