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La nueva película de Spielberg promete explorar el primer contacto con lo extraterrestre, pero acumula inconsistencias narrativas que terminan por desinflar tanto su tensión como su gran revelación final.
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Opinión: Hay ideas genuinamente fascinantes aquí sobre la fe, la verdad y el contacto con lo desconocido, pero el guión las planta y las abandona antes de que puedan crecer.
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También relevante: Las interpretaciones de Emily Blunt y Josh O’Connor sostienen una película que su propio guión no termina de merecer.
Hay algo casi irónico en que una película llamada Disclosure Day acabe dejando al espectador con más preguntas que respuestas. No las buenas —esas que te hacen pausar la pantalla y apuntar algo en un papel, como me pasó con Arrival o como me sigue pasando con Contact—, sino las preguntas incómodas que surgen cuando la lógica interna de la historia empieza a resquebrajarse bajo el peso de sus propias inconsistencias.
Spielberg tiene una habilidad única para hacer que las grandes ideas lleguen a todos: lo demostró con Encuentros en la tercera fase, con E.T., incluso con una película tan imperfecta como A.I.. Por eso, cuando un film suyo que promete explorar el primer contacto con lo extraterrestre empieza a mostrar grietas evidentes en su narrativa, merece la pena detenerse y preguntarse: ¿qué está intentando decir esta película, y lo consigue?
Un antagonista que lo puede todo… excepto lo importante
Wardex es una organización con satélites, vigilancia global y capacidad para invadir la mente humana. Una fuerza casi omnipotente sobre el papel.
Y sin embargo, Daniel Kellner —el protagonista interpretado por Josh O’Connor— logra robar el mayor secreto de la humanidad y escapar en coche por terreno completamente abierto sin que nadie consiga frenarlo.
La misma entidad que puede acceder a tus pensamientos no puede desplegar un dron para rastrear a un hombre en la autopista.
Ese contraste no genera tensión dramática. La destruye.
Decisiones que no tienen sentido
La película acumula escenas donde los personajes actúan contra cualquier lógica narrativa.
Daniel pasa todo el metraje evitando dejar rastros… y luego se queda dormido sujetando un papel con su localización exacta. En las instalaciones de Wardex, él y Margaret salen caminando por la puerta principal mientras los empleados los observan. Nadie actúa. Nadie los detiene. La persecución empieza solo después de que ya han escapado.
Son momentos que rompen la inmersión. No porque sean inverosímiles —la ciencia ficción vive de lo inverosímil—, sino porque parecen errores de guión disfrazados de escenas de acción.
El villano que lo tenía todo a su favor
Casper Boyd persigue a Daniel y Margaret durante todo el film con una determinación casi obsesiva. Tiene múltiples oportunidades de acabar con ellos. No lo hace.
Su giro final —decidir ayudarlos después de haberse pasado dos horas intentando impedirlo— se justifica con una breve referencia a su esposa fallecida. Puede que eso funcione emocionalmente para algunos. Para otros, se siente abrupto, como si el guión necesitara que el personaje cambiara de bando y buscase la excusa más a mano.
Los mejores antagonistas de la ciencia ficción tienen una coherencia interna que los hace creíbles incluso cuando están equivocados. Boyd no llega a ese nivel.
El gran reveal que ya sabías
El clímax emocional del film gira en torno a la revelación pública de que los alienígenas existen.
El problema es que la película se llama Disclosure Day. Los tráilers muestran naves. El título lo dice todo. Cuando llega el momento supuestamente catártico, es difícil sentir algo que no sea un reconocimiento vacío: «sí, ya lo sabíamos desde el minuto uno.»
Esto no es un detalle menor. Es el corazón de la película, y llega sin pulso.
Y aquí es donde la cosa duele de verdad, porque debajo de ese reveal late la tesis central del film: que desvelar la existencia de vida extraterrestre uniría instantáneamente a una humanidad al borde de la guerra nuclear. Es una idea preciosa. También es una idea enorme, del tipo que merece ser interrogada, no simplemente asumida.
¿De verdad un descubrimiento así nos haría dejar las armas? La historia reciente sugiere lo contrario: compartimos pandemias, crisis climáticas y amenazas globales, y seguimos encontrando la manera de dividirnos. La película da por hecho que la verdad nos salvaría, sin atreverse a preguntarse si quizá la usaríamos como una nueva frontera por la que pelear. Esa pregunta, que es justo la que un buen relato de primer contacto debería abrazar, se queda sin formular.
Buenas ideas, mal desarrolladas
Disclosure Day tiene material de sobra para ser memorable. Toca preguntas sobre la fe, sobre qué hace la verdad cuando finalmente sale a la luz, sobre si la humanidad está realmente preparada para dejar de estar sola en el universo.
Pero las abandona. Las introduce y corre hacia la siguiente secuencia de acción.
La escena del piano de Margaret es el ejemplo más claro: un momento que aspira a ser revelador pero que cae en el vacío porque el film nunca ha establecido ninguna conexión previa entre el personaje y ese instrumento.
Me acordé, viéndola, de cuánto tiempo pasé pensando en Her después de salir del cine. Aquella película confiaba en sus ideas, las dejaba respirar, te las devolvía días después. Disclosure Day tiene el envoltorio del espectáculo, pero le falta esa confianza en lo que tiene entre manos.
¿Y los alienígenas?
Los extraterrestres del film llevan décadas disfrazándose de animales, abduciendo niños y concediendo habilidades a individuos concretos. Todo sin dar explicaciones.
¿Por qué tanto rodeo si podían simplemente hacer contacto directo?
La película no responde. Y no responder puede ser una elección artística válida —pienso en 2001 o en Annihilation—. Pero aquí se siente más a omisión que a decisión consciente. Más a pregunta sin respuesta que a misterio deliberado.
Emily Blunt salva escenas que el guión no merece. O’Connor sostiene a un personaje al que el guión maltrata con demasiada frecuencia. Y hay momentos, pocos pero reales, donde la película toca algo verdadero. Spielberg sabe filmar la maravilla con una naturalidad que muy pocos directores tienen, y eso siempre se nota.
Pero una película sobre la verdad que revela tan poco sobre sí misma tiene algo de paradójico. Quizá lo más revelador de Disclosure Day no sea lo que cuenta sobre los alienígenas, sino lo que dice sobre nosotros: vivimos en una época obsesionada con destapar secretos, con la idea de que basta con sacar la verdad a la luz para cambiarlo todo. Y la película comparte ese mismo espejismo. Cree que mostrar la verdad es suficiente, y por eso tiene miedo de explorar sus propias preguntas.
Funciona mejor como entretenimiento de superficie que como reflexión genuina sobre lo que supondría no estar solos en el universo. Y para un director capaz de hacer las dos cosas a la vez, eso duele un poco más de lo que debería.

