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La BBC ha cancelado el especial navideño de 2026 de Doctor Who y ha apartado a Russell T Davies como showrunner, dejando el futuro de la serie en manos de un concurso abierto a productoras externas.
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El verdadero peligro no es perder la TARDIS ni la mítica sintonía, sino los numerosos hilos narrativos sin resolver que una nueva producción podría borrar de un plumazo.
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La situación recuerda inquietantemente a la cancelación de 1989, con un matiz —de momento— tranquilizador: la BBC todavía quiere que la serie exista.
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Opinión: Lo que más me inquieta no es el cambio de manos, sino el desprecio por la coherencia narrativa. Toda obra, sea cine o televisión, contrae una deuda con su público: la honestidad de terminar lo que empieza.
Hay algo profundamente perturbador en contemplar cómo una institución cultural de décadas puede tambalearse en cuestión de meses. No es un fenómeno exclusivo del cine —aunque en el séptimo arte lo hemos padecido con dolorosa frecuencia—, sino de cualquier obra narrativa que depende tanto de una visión creativa como de una maquinaria corporativa. Cuando ambas chocan, suele ser el arte quien sale perdiendo.
Doctor Who lleva más de sesenta años siendo una anomalía fascinante en la historia de la televisión británica. Una serie capaz de reinventarse, de cambiar de protagonista sin perder su esencia, de sobrevivir a cancelaciones y resurrecciones. Pero lo que la BBC acaba de anunciar no suena a reinvención. Suena a algo más parecido al abandono.
El anuncio llegó después de que Russell T Davies —el hombre que resucitó la serie en 2005 y que regresó para dirigirla de nuevo— hubiese insinuado que se aproximaba una noticia importante. La noticia llegó. Y fue, en gran medida, la peor posible a corto plazo.
Tres golpes en un solo comunicado: cancelación del especial navideño de 2026, salida de Davies como showrunner y apertura de un concurso competitivo para que productoras externas se hagan cargo de la serie. La BBC conservaría los derechos de propiedad intelectual, pero cedería el control creativo al mejor postor.
Para quienes seguimos de cerca la historia del audiovisual, este tipo de movimientos institucionales nos resultan conocidos. Y rara vez terminan bien para la obra.
El problema más inmediato no es, como muchos temen, que desaparezca la famosa sintonía o que la TARDIS cambie de color. El propio Davies lo señaló con su ironía habitual: «¿Mantendrán la sintonía? ¿Perderemos la caja azul? ¿Traerán de vuelta a los Drahvin?! Todo está sobre la mesa.» La incertidumbre es total.
Pero lo que de verdad debería preocupar a los seguidores de la serie —y a cualquiera que valore la coherencia narrativa— es el enorme volumen de tramas sin resolver que la etapa de Davies deja en herencia.
La identidad de «El Jefe». El regreso de Susan. El diente del Juguetero. La suerte de Rogue. Hilos narrativos que una nueva producción podría sencillamente ignorar, como si jamás hubiesen existido.
Aquí es donde la comparación con el cine clásico resulta inevitable. Cuando Hitchcock terminaba una película, la terminaba. Pensemos en la ducha del motel Bates en Psicosis: cada plano, cada corte de montaje, responde a una lógica férrea, a una arquitectura del suspense que no deja un solo cabo suelto. O en la simetría obsesiva de los pasillos del hotel Overlook en El resplandor, donde Kubrick convertía cada encuadre en una declaración de intenciones.
Bergman cerraba sus dramas espirituales con la rotundidad de quien sabe exactamente qué quiere decir; Billy Wilder no abandonaba jamás a un personaje a mitad de frase; Kurosawa componía sus desenlaces con la misma precisión con la que disponía a sus jinetes en el horizonte. La coherencia no era un lujo para ellos. Era una obligación moral hacia el espectador.
El revival de 2005 pudo permitirse cierta vaguedad respecto a lo ocurrido antes de la Guerra del Tiempo precisamente porque el tiempo transcurrido creaba una distancia natural. Hoy no existe esa distancia. Hay una temporada entera de hilos sueltos que reclaman resolución, y una nueva productora podría no sentirse obligada a honrarlos.
El antecedente histórico más oscuro, inevitablemente, es 1989. Aquel año la BBC canceló Doctor Who sin contemplaciones, y la serie no regresó de forma oficial hasta 2005. Dieciséis años de silencio.
¿Estamos ante una situación equivalente? No exactamente. La diferencia crucial es que en 1989 la BBC no quería que la serie existiera. Ahora sí desea que continúe, pero no sabe ni cómo ni con quién.
Es una distinción importante. Pero también es, como han señalado varios analistas, prácticamente la única.
Y lo que agrava la situación es la credibilidad dañada de los anuncios institucionales. La BBC había confirmado, apenas ocho meses antes, tanto el especial navideño de 2026 como una decimosexta temporada completa. Ambas confirmaciones han quedado en nada. Davies fue aún más explícito: «Para que conste: no había guion, nunca lo escribí», en referencia directa al especial que la BBC afirmaba que él había acordado escribir.
Recuerdo que, ya en aquellos foros cinéfilos donde empecé a escribir a finales de los noventa, discutíamos hasta el amanecer sobre lo mismo: qué ocurre cuando una obra deja de pertenecer a quien la concibe y pasa a manos de quien solo la administra. La respuesta, casi siempre, era la misma. El relato se desangra.
Hay pocas cosas más reveladoras del estado de una institución que la forma en que trata a sus creadores y a su público. La BBC ha gestionado este capítulo con una torpeza que, en el cine que tanto admiro, sería impensable en manos de un productor que creyese de verdad en su proyecto.
Confieso mi recelo instintivo ante toda decisión corporativa que antepone el cálculo a la coherencia. No me asusta el cambio; me asusta el vacío, la sobreproducción sin alma, el gesto de quien hereda una historia y decide que los cabos sueltos son problema del anterior inquilino.
Doctor Who ha sobrevivido a todo. A cancelaciones, a guerras de derechos, a cambios de era. Quizás sobreviva también a esto. Pero que nadie se engañe: el daño ya está hecho. Y reconstruir la confianza de una audiencia a la que se le prometió algo para después arrebatárselo es una tarea que ningún concurso de licitación puede garantizar. Eso solo lo puede lograr un creador con visión, con respeto al oficio y con algo que decir. Esperemos que quien gane ese concurso lo entienda.

