• DreamWorks ha construido durante dos décadas un lenguaje propio en animación que dialoga con las mismas preguntas existenciales que Pixar o Disney, pero desde una irreverencia que a menudo eclipsa su profundidad filosófica.
• Películas como The Wild Robot o El Gato con Botas: El último deseo no son solo entretenimiento técnicamente brillante: son meditaciones sobre mortalidad, identidad y lo que significa ser humano en un mundo cada vez más artificial.
• Mi convicción: el sesgo cultural nos impide ver que DreamWorks no es una alternativa a Pixar, sino una voz igual de necesaria explorando el mismo territorio desde ángulos distintos.
Existe una inercia extraña en cómo jerarquizamos el arte.
Disney y Pixar ocupan un pedestal que parece intocable. Y no sin razón: han creado obras que resisten el tiempo. Pero hay algo más operando aquí, algo que va más allá de la calidad objetiva. Una especie de sesgo de percepción que nos impide ver con claridad lo que sucede en otros estudios.
DreamWorks Animation lleva más de veinte años entregando películas que no solo compiten técnicamente, sino que plantean preguntas igual de incómodas, igual de humanas.
Y sin embargo, seguimos tratándolas como la opción B.
Quizá sea porque DreamWorks nació con actitud punk. Shrek llegó en 2001 como una bofetada satírica, y eso marcó su ADN: humor ácido, personajes rotos, narrativas que no temen desmontar los cuentos que nos contaron de niños.
Pero esa irreverencia ha eclipsado algo fundamental.
Que detrás de las risas hay reflexión. Que detrás del espectáculo hay ideas que merecen conversación seria.
Hoy quiero detenerme en diez películas de DreamWorks que deberían estar en cualquier debate sobre animación contemporánea. No como curiosidades, sino como obras que entienden el medio tanto como cualquier clásico de Pixar.
Shrek: Cuando la sátira se convierte en mitología
Shrek ganó el primer Óscar a Mejor Película de Animación en 2001.
Pero su legado va más allá del premio.
Fue la primera en usar la sátira como columna vertebral, en burlarse abiertamente de las convenciones Disney mientras construía su propia mitología. Y lo hizo con una animación CG que, para su época, era revolucionaria.
Pero lo interesante no es la técnica.
Es la pregunta incómoda que plantea: ¿qué pasa cuando el héroe no es guapo, cuando la princesa no necesita ser rescatada, cuando el final feliz no se parece a lo que nos vendieron?
En 2020, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos la incluyó en el Registro Nacional de Cine.
No es nostalgia. Es reconocimiento a una película que cuestionó las narrativas que damos por sentadas.
Y eso, en cualquier medio, es revolucionario.
Kung Fu Panda: Filosofía zen disfrazada de comedia física
Jack Black como un panda torpe suena a premisa ligera.
Y lo es, en superficie.
Pero Kung Fu Panda (2008) es también una meditación sobre el potencial oculto, sobre cómo la identidad no es algo que se encuentra en un pergamino antiguo, sino algo que se construye en el presente.
«No hay ingrediente secreto» es una frase que podría salir de un texto zen.
DreamWorks encontró aquí su equilibrio perfecto: humor físico, acción coreografiada con precisión, y un mensaje que no subestima a su audiencia. La película no te dice que puedes ser lo que quieras.
Te dice que puedes ser quien eres.
Y que eso es suficiente.
Es filosofía oriental filtrada a través de animación occidental, y funciona porque nunca se toma demasiado en serio a sí misma. Hay algo profundamente humano en esa combinación de humildad y espectáculo.
Cómo entrenar a tu dragón: Empatía como acto revolucionario
Si hay una película que obligó a la crítica a reconsiderar a DreamWorks, fue Cómo entrenar a tu dragón (2010).
Aquí el estudio demostró que podía crear mundos tan ricos y emotivos como cualquier cosa que Pixar hubiera hecho.
La relación entre Hipo y Desdentao es pura empatía visual: dos seres que no encajan en sus respectivos mundos y que se encuentran en la diferencia.
Pero lo que eleva la película es su inteligencia narrativa.
Habla de guerra. De prejuicio. De cómo el miedo alimenta la violencia durante generaciones.
Y lo hace sin sermones, solo mostrando cómo un chico vikingo y un dragón herido pueden reescribir siglos de odio. Es cine de aventuras con alma de fábula moral.
Hay algo aquí que me recuerda a Arrival: la idea de que la comunicación, el esfuerzo genuino por entender al otro, puede desmantelar estructuras de conflicto que parecían inevitables.
El Gato con Botas: El último deseo: Existencialismo en un cuento de hadas
Nadie esperaba que una secuela de un spin-off de Shrek fuera a revolucionar nada.
Y sin embargo, El Gato con Botas: El último deseo (2022) hizo exactamente eso.
Tomó las técnicas visuales de Spider-Man: Un nuevo universo y las fusionó con el estilo de Kung Fu Panda 2, creando algo que se siente fresco, urgente, casi experimental.
Pero lo más sorprendente es su núcleo temático.
Esta es una película sobre la mortalidad.
Sobre el miedo a desaparecer. Sobre aprender a valorar la vida que tienes en lugar de perseguir la inmortalidad como si fuera un tesoro que se puede robar.
El villano —la Muerte personificada como un lobo— es aterrador precisamente porque es inevitable. No puedes negociar con él. No puedes engañarlo. Solo puedes aceptarlo.
Es existencialismo disfrazado de cuento de hadas.
Y funciona porque confía en que su audiencia puede manejar ideas complejas sin necesidad de explicaciones condescendientes.
The Wild Robot: La pregunta sobre qué nos hace humanos
Y llegamos a Robot salvaje (2024), que muchos consideran la mejor película que DreamWorks ha hecho jamás.
La premisa es sencilla: un robot naufraga en una isla y debe aprender a sobrevivir criando a un ganso huérfano.
Pero la ejecución es magistral.
Lo que hace especial a Robot salvaje es su capacidad para hablar de maternidad, de adaptación, de lo que significa ser «natural» en un mundo cada vez más tecnológico.
El robot Roz no es humano, pero su viaje emocional es profundamente humano.
Es el tipo de película que te hace pausar y pensar. Que se queda contigo días después.
Como Her. Como Blade Runner 2049.
Cine que usa la ciencia ficción para preguntarse qué nos hace humanos cuando la línea entre lo orgánico y lo artificial se vuelve borrosa.
Roz aprende a ser madre no porque esté programada para ello, sino porque elige serlo. Y esa elección, ese acto de voluntad en un ser que no debería tener voluntad, es lo que la convierte en algo más que una máquina.
Es una meditación sobre la consciencia, sobre si el amor es algo que se siente o algo que se hace.
Y la respuesta que propone la película es inquietante: quizá no hay diferencia.
Otras voces que merecen atención
Madagascar 3: Los fugitivos (2012) es la mejor de su franquicia, con una animación mejorada y una villana —la capitana Chantel DuBois— que rivaliza con cualquier antagonista de Pixar.
Noah Baumbach coescribió el guion, y se nota en los detalles.
Los Croods (2013) es una aventura prehistórica que explora el control parental y el miedo a dejar crecer a los hijos. Hay algo universal en esa tensión entre proteger y liberar.
El origen de los guardianes (2012) sigue siendo una de las películas navideñas más infravaloradas, con una mitología rica que reimagina figuras infantiles como guerreros existenciales.
Los tipos malos (2022) toma prestado el estilo visual de Spider-Verse para contar una historia sobre redención y segundas oportunidades, con un diseño que se siente fresco y contemporáneo.
Y Wallace & Gromit: La maldición de las verduras (2005), aunque es de Aardman Studios, fue distribuida por DreamWorks y demuestra que el stop-motion puede competir con el CG en términos de narrativa y humor.
Por qué seguimos subestimando a DreamWorks
Creo que parte del problema es cultural.
Disney y Pixar tienen décadas de ventaja en construir una imagen de «prestigio». Pixar, en particular, se ha posicionado como el estudio que hace llorar a los adultos, que esconde capas de significado bajo historias infantiles.
Y lo hace brillantemente.
Pero DreamWorks también lo hace, solo que con un tono diferente. Menos solemne, más juguetón.
Y eso, injustamente, se lee como menos serio.
Pero la seriedad no es sinónimo de profundidad.
Shrek es satírica y profunda. Kung Fu Panda es cómica y filosófica. El Gato con Botas: El último deseo es frenética y existencial.
DreamWorks ha encontrado su propia voz, una que no necesita imitar a nadie para ser relevante.
Hay algo que me recuerda a cómo Star Trek siempre fue vista como menos «seria» que otras obras de ciencia ficción porque usaba el humor y la aventura para explorar dilemas morales. Pero esa accesibilidad no la hacía menos profunda.
Solo la hacía más humana.
Hay una tendencia humana a crear jerarquías donde quizá no deberían existir.
Disney, Pixar, DreamWorks: no son competidores en una carrera hacia una única verdad estética. Son voces diferentes explorando el mismo medio, cada una con sus propias preguntas, sus propias respuestas.
Y DreamWorks, con su mezcla de irreverencia y emoción, de espectáculo y reflexión, merece estar en el centro de esa conversación.
Porque al final, lo que importa no es qué estudio hizo la película.
Es qué dice esa película sobre nosotros.
Y DreamWorks, en sus mejores momentos, dice tanto como cualquiera.
Solo necesitamos dejar de lado los prejuicios y escuchar.

