Vin Diesel lloró al leer el guion final de Fast & Furious

Cuatro años y cuatro equipos de guionistas para cerrar una saga de 7.300 millones. Hay sagas que terminan y hay sagas que saben despedirse.

✍🏻 Por Tomas Velarde

agosto 20, 2026
  • Vin Diesel ha confirmado que Fast Forever, el cierre definitivo de la saga Fast & Furious, podría comenzar a rodarse en diciembre, pendiente aún del visto bueno del estudio.

  • El guion ha tardado cuatro años y ha pasado por cuatro equipos de escritura antes de que Diesel diera con un texto a la altura del desenlace.

  • La franquicia supera los 7.300 millones de dólares de recaudación mundial, la propiedad más rentable de todo el catálogo de Universal.

Opinión: Que un coloso comercial dedique cuatro años a buscar el guion correcto demuestra una conciencia rara en el cine de gran consumo: la de que un final se merece respeto.


Hay sagas que terminan y hay sagas que se despiden. La diferencia entre ambas es abismal: una simplemente deja de existir, agotada y sin ideas; la otra tiene la lucidez —o la ambición— de mirar atrás, reconocer el camino recorrido y trazar un final que haga justicia a todo lo anterior. Pocas veces el cine comercial se hace esa pregunta con honestidad. Pero cuando lo hace, merece que le prestemos atención.

Fast & Furious no es, ni pretende ser, Bergman. Tampoco Kurosawa. Pero ha construido durante más de dos décadas un universo propio, reconocible y, para millones de espectadores, genuinamente emocional. La noticia de que Vin Diesel podría ponerse por fin delante de las cámaras para rodar Fast Forever en diciembre, tras cuatro años de arduo trabajo en el guion, invita a una reflexión que va bastante más allá del rugido de los motores.


Los finales son lo más difícil del cine. Y lo son porque exigen coherencia: no se puede cerrar dignamente aquello que no se ha entendido del todo. Eso lo sabía Billy Wilder cuando pergeñó ese último plano de Con faldas y a lo loco —el «nadie es perfecto» que lo resuelve todo con una sonrisa—, y lo sabe también, aparentemente, Vin Diesel cuando habla de Fast Forever con la solemnidad de quien carga con el peso de toda una saga sobre los hombros.

Durante la proyección especial que conmemoraba, casi un cuarto de siglo después, aquel estreno de A todo gas que lo arrancó todo en 2001, Diesel hizo unas declaraciones que no pasaron desapercibidas. El actor y productor reveló que el rodaje de Fast Forever podría comenzar en diciembre, siempre que se cumplan ciertos requisitos de aprobación por parte de Universal. Pero lo que de verdad llamó la atención no fue la fecha.

Diesel confesó haber llorado al leer el guion terminado. Sus palabras exactas: «Cuando leí el guion hace un par de semanas, lloré. No pude contenerlo, y tuve que decírselo a todo el mundo.»

Podría uno ser cínico al respecto. Podría uno pensar que se trata de marketing emocional calculado al milímetro. Pero también podría uno considerar que, a veces, incluso en el Hollywood más comercial, hay algo real detrás de las palabras.

Vin Diesel en la proyección del 25 aniversario de The Fast and the Furious

Lo que sí resulta innegable es que la franquicia ha recaudado más de 7.300 millones de dólares en todo el mundo. Es, a día de hoy, la propiedad más rentable del catálogo de Universal. Una cifra que no solo habla de éxito, sino de responsabilidad. Con semejante herencia, equivocarse en el desenlace no es solo un fracaso artístico: es un desastre de proporciones considerables para todos los implicados.

Y quizás por eso —no únicamente por razones artísticas, seamos honestos— el proceso de escritura se ha extendido durante cuatro años. Cuatro equipos de guionistas distintos han pasado por el proyecto antes de que Diesel encontrase un texto que considerase digno de cerrar la historia de Dominic Toretto.

Cuatro años es mucho tiempo incluso para el cine de autor europeo. Para una franquicia de acción, es casi un acto de fe.

Hay algo que, pese a mis reticencias naturales hacia este tipo de espectáculo —yo que crecí entre los planos fijos de Bergman y la geometría implacable de Kubrick—, encuentro genuinamente respetable en esta decisión: la negativa a ceder a las presiones del calendario cuando el material no estaba listo. Es exactamente el error que cometen la mayoría de las sagas que se desmoronan en su tramo final. Precipitarse. Entregar algo que cumple con la fecha de estreno, no con la historia.

La saga arrancó hace veinticuatro años con una película modesta sobre carreras callejeras en Los Ángeles. Nadie en aquel 2001 habría apostado por que Dominic Toretto llegaría a convertirse en el centro de uno de los fenómenos cinematográficos más duraderos del siglo XXI. Los temas que la definen —la lealtad, la pérdida, el legado, esa noción casi tribal de familia— han actuado como el motor emocional que ha mantenido al público conectado más allá del espectáculo pirotécnico.

Fast Forever tendrá que cargar con todo ese peso. Tendrá que responder, con honestidad narrativa, qué significa cerrar este capítulo.


El cine de gran franquicia tiene sus propias reglas y sus propias expectativas. No es el cine que me desvela, pero es el cine que ocupa las salas, que moviliza a millones de personas y que, de vez en cuando, encuentra algo verdadero entre tanto estruendo. Si Fast Forever consigue honrar lo que ha construido durante más de dos décadas —con coherencia, con respeto a sus personajes y con la valentía de concluir algo en lugar de simplemente interrumpirlo— habrá hecho algo que ni siquiera muchas películas de autor logran: terminar bien.

El cine nos ha enseñado que los finales importan. Chinatown importa porque su último plano es implacable: esa cámara que se aleja lentamente por la calle mientras alguien murmura «es Chinatown, Jake», como quien acepta que el mal siempre gana. Casablanca importa porque el suyo es noble: dos siluetas perdiéndose en la niebla del aeródromo, renunciando al amor por algo más grande. No le pido a Fast Forever que sea ninguna de esas dos cosas. Solo le pido que sea honesta. Si la película llega a diciembre con un guion que merezca ese llanto de Diesel, puede que asistamos a algo cada vez más infrecuente: el cierre digno de una saga popular. Eso, en los tiempos que corren, ya sería bastante.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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