• Stranger Things: Tales From ’85 se sitúa entre las temporadas 2 y 3, en un Hawkins nevado donde los personajes enfrentan una nueva criatura Demo que acecha bajo la nieve.
• La serie animada recupera la escala íntima de las primeras temporadas, cuando salvar el pueblo era suficiente épica, sin necesidad de amenazas apocalípticas globales.
• El showrunner Eric Robles diseñó esto como «una temporada perdida», respetando el tono original y demostrando que la animación puede ser tan madura como el live-action.
Hay algo profundamente nostálgico en la idea de una «temporada perdida». Como esos episodios que nunca viste, esas historias que quedaron en el limbo entre lo que conoces y lo que vino después.
Me recuerda a los episodios perdidos de Star Trek, esas historias que los fans imaginaban entre temporadas, rellenando huecos narrativos con su propia mitología. Stranger Things siempre ha jugado con la nostalgia, pero esta vez Netflix propone algo distinto: no un spin-off que se aleja del núcleo, sino un regreso literal a lo que hizo especial la serie en primer lugar.
Stranger Things: Tales From ’85 llega el 23 de abril como un experimento fascinante. Animación, sí, pero con la promesa de sentirse como si nunca hubiéramos dejado Hawkins.
Y quizá eso es precisamente lo que necesitábamos: volver a cuando salvar el mundo significaba salvar tu barrio, cuando los monstruos eran locales y las bicicletas eran suficiente transporte para enfrentarlos.
Una temporada que nunca existió (pero que siempre estuvo ahí)
Eric Robles, el showrunner de esta nueva aventura animada, ha sido claro en su intención: esto no es un producto derivado cualquiera.
«Podrías fácilmente tomar esto y hacer la versión en acción real. Queríamos volver a Hawkins y que se sintiera como una temporada perdida», explica.
Y esa frase lo dice todo.
No están intentando reinventar la rueda ni llevar a los personajes a territorios inexplorados por el simple hecho de justificar una nueva serie. Están rellenando un hueco que quizá no sabíamos que existía, pero que tiene todo el sentido del mundo.
La serie se sitúa en 1985, ese año bisagra entre la segunda y tercera temporada de Stranger Things. Un momento en el que los personajes ya habían vivido suficiente trauma como para conocer las reglas del juego, pero antes de que todo escalara a dimensiones apocalípticas.
Es como encontrar un capítulo perdido de Dune entre El Mesías de Dune y Hijos de Dune. Un interludio que enriquece sin contradecir.
El invierno como personaje
Hawkins cubierto de nieve. Esa imagen por sí sola ya cambia todo.
La serie original nos ha mostrado el pueblo en verano, en otoño, pero nunca en pleno invierno. Y Robles aprovecha esto no solo como estética, sino como elemento narrativo.
El frío, la nieve, el aislamiento que trae consigo el invierno en un pueblo pequeño de Indiana. Todo eso crea una atmósfera diferente, más claustrofóbica de cierta manera.
Los espacios abiertos se vuelven peligrosos de formas nuevas.
La amenaza esta vez viene de abajo. Una criatura Demo que ataca desde debajo de la nieve, acechando a los residentes desprevenidos. Robles menciona a Tiburón como inspiración, y la comparación es brillante.
Spielberg convirtió el océano en algo terrorífico precisamente porque no podías ver lo que había debajo. Aquí, la nieve cumple la misma función.
Me recuerda a cómo la mejor ciencia ficción usa el entorno como extensión de la amenaza. En Blade Runner, la lluvia constante no es solo atmósfera, es el reflejo de un mundo que se descompone. En Arrival, los campos abiertos de Montana amplifican la pequeñez humana frente a lo desconocido.
Aquí, el invierno no es decorado. Es el mundo mismo volviéndose hostil.
Volver a las raíces
Hay algo que Robles menciona que me parece fundamental: esta serie regresa a cuando los personajes salvaban su pueblo, no el mundo.
Y eso es crucial.
Las primeras temporadas de Stranger Things funcionaban porque las apuestas eran personales. Sí, había una dimensión alternativa y experimentos gubernamentales, pero al final del día se trataba de un grupo de chavales intentando salvar a su amigo, proteger a su hermana, mantener a salvo a su comunidad.
Conforme la serie avanzó, las apuestas crecieron. Y eso es natural en cualquier narrativa serializada.
Pero algo se pierde cuando pasas de «salvar a Hawkins» a «salvar al mundo». La escala humana se diluye.
Es el mismo problema que enfrentó Star Wars después de la trilogía original. Cuando cada película tiene que superar a la anterior en destrucción y escala, eventualmente pierdes de vista por qué nos importaban estos personajes en primer lugar.
Tales From ’85 promete recuperar esa intimidad. Los mismos personajes que amamos, en bicicleta, enfrentándose a una amenaza local pero no por ello menos peligrosa.
Es un recordatorio de que no necesitas destruir el planeta para contar una historia que importe.
Animación que respeta el original
El formato animado podría haber sido una excusa para alejarse del tono de la serie original. Hacer algo más infantil, más ligero, más «seguro».
Pero Robles insiste en que esto podría adaptarse fácilmente a acción real sin perder nada.
Eso habla de un respeto por el material original que no siempre vemos en productos derivados. La animación aquí no es una limitación ni un cambio de público objetivo.
Es simplemente otro medio para contar una historia que pertenece al mismo universo, con la misma gravedad y las mismas emociones.
Pienso en cómo Star Wars ha usado la animación con The Clone Wars para contar historias tan importantes como las de acción real. O cómo Arcane demostró que la animación puede ser tan madura y compleja como cualquier serie live-action.
El medio no define la profundidad. Y parece que Tales From ’85 lo entiende.
Hay algo reconfortante en saber que todavía quedan historias por contar en ese Hawkins que creíamos conocer completamente.
Como encontrar una cinta VHS olvidada en el sótano, una grabación de algo que viste hace años pero que no recordabas con claridad.
Tales From ’85 promete ser exactamente eso: familiar pero nuevo, nostálgico pero fresco.
El 23 de abril volveremos a Hawkins. Volveremos al frío, a las bicicletas, a cuando salvar tu pueblo era suficiente épica para una temporada entera.
Y quizá, en el proceso, recordaremos por qué nos enamoramos de esta historia en primer lugar.
Porque a veces, para avanzar, primero necesitas volver atrás.

