• Sinners, de Ryan Coogler, ha conseguido dieciséis nominaciones a los Oscar 2026, superando el récord histórico que ostentaban Titanic, La La Land y Eva al desnudo con catorce.
• Que la Academia reconozca con tal contundencia una película de vampiros demuestra que el género puede ser vehículo de arte genuino, algo que los grandes maestros siempre supieron pero que Hollywood suele olvidar.
• Paul Thomas Anderson confirma su estatus de maestro contemporáneo con trece nominaciones para One Battle After Another, consolidándose como el principal rival de Coogler en esta edición.
Hay momentos en la historia del cine en los que la Academia parece despertar y reconocer algo verdaderamente excepcional. No ocurre con frecuencia, pero cuando sucede conviene prestar atención.
Este año, las nominaciones a los Oscar 2026 nos han deparado una sorpresa que merece análisis: una película de vampiros ha conseguido lo que ni La La Land, ni Titanic, ni siquiera Eva al desnudo lograron. Dieciséis nominaciones. Un récord absoluto.
Ryan Coogler, cineasta que sabe moverse entre el género y la reflexión social, ha conseguido con Sinners algo que trasciende el éxito comercial. Ha logrado que la Academia reconozca que el fantástico puede ser arte genuino.
Y no es poca cosa. Los grandes maestros siempre supieron que el género no es limitación, sino lenguaje. Hitchcock lo sabía. Kubrick también. Coogler parece haberlo demostrado una vez más.

Un récord que exige contexto
Dieciséis nominaciones. La cifra resuena con fuerza, pero conviene contextualizarla.
Hasta ahora, el récord lo compartían tres películas emblemáticas: Titanic (1997), La La Land (2016) y Eva al desnudo (1950), todas con catorce nominaciones. Que Sinners haya superado esa marca no es casual.
La Academia ha incorporado este año una nueva categoría dedicada al casting. Esta adición no es baladí.
Durante décadas, el trabajo de los directores de casting ha permanecido invisible. Que la Academia haya decidido visibilizar esta labor es un acierto. El casting es una de las decisiones más determinantes en cualquier producción.
Pensemos en El padrino sin Brando, o en Psicosis sin Perkins. Impensable.
Sin embargo, esta nueva categoría ha facilitado que Sinners alcance ese récord histórico. No se trata de restarle mérito, sino de entender el contexto.
La película ha sido nominada en prácticamente todas las categorías principales: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original, Mejor Actor (Michael B. Jordan), Mejor Actor de Reparto (Delroy Lindo) y Mejor Actriz de Reparto (Wunmi Mosaku), además de un amplio abanico de reconocimientos técnicos.
Coogler, que ya demostró su capacidad para conjugar espectáculo y sustancia con Black Panther, ha conseguido con Sinners algo más complejo: hacer que la Academia mire al cine de vampiros con seriedad. En una industria tan conservadora como Hollywood, es casi revolucionario.
El género vampírico y su tradición cinematográfica
El cine de vampiros tiene una tradición noble que se remonta a los orígenes del medio. Desde el Nosferatu de Murnau en 1922, pasando por el Drácula de Tod Browning con Bela Lugosi, hasta las producciones de la Hammer británica con Christopher Lee, el vampiro ha sido figura recurrente en la pantalla.
Lo fascinante del género es su capacidad para funcionar como metáfora. El vampiro puede representar la decadencia aristocrática, el deseo prohibido, la enfermedad, la otredad. Es un lienzo en blanco sobre el que proyectar nuestros miedos.
Cuando el género se trata con rigor —pensemos en Déjame entrar de Tomas Alfredson o incluso en Entrevista con el vampiro de Neil Jordan—, el resultado puede ser extraordinario. La clave está en respetar la atmósfera, en entender que el horror no reside en el susto fácil sino en la sugerencia.
Si Sinners ha conseguido capturar esa esencia, si Coogler ha sabido mirar hacia esa tradición con respeto, entonces las nominaciones están justificadas.
Paul Thomas Anderson: la coherencia del maestro
Si Sinners es la sorpresa, One Battle After Another es la confirmación de que Paul Thomas Anderson sigue siendo uno de los cineastas más importantes de su generación.
Con trece nominaciones, su última película se sitúa como la segunda más reconocida de este año. Anderson no necesita presentación.
Desde Boogie Nights hasta El hilo invisible, ha construido una filmografía coherente, personal y profundamente cinematográfica. Su dominio de la puesta en escena y su capacidad para dirigir actores lo sitúan en la estela de los grandes maestros del cine americano.
Comparte con Kubrick esa voluntad de control absoluto sobre cada elemento del encuadre, aunque su sensibilidad sea más cálida, más interesada en la fragilidad humana que en la perfección formal.
One Battle After Another, una comedia de tintes políticos, ya había cosechado elogios en la temporada de premios, incluyendo el Globo de Oro a Mejor Película de Comedia o Musical.
La Academia la ha reconocido con nominaciones en las categorías principales: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Adaptado, y actuaciones para Leonardo DiCaprio, Benicio Del Toro, Sean Penn y Teyana Taylor.
La presencia de DiCaprio no sorprende. El actor lleva años demostrando que es mucho más que una estrella: es un intérprete riguroso, capaz de desaparecer en sus personajes.
Su colaboración con Anderson promete ser una de esas asociaciones memorables entre director y actor. Pensemos en Scorsese y De Niro, o en Wilder y Lemmon. La intención está ahí.
El resto de la competición
La categoría de Mejor Película presenta este año diez nominadas. Entre los títulos seleccionados encontramos Bugonia, F1, Frankenstein, Hamnet, Marty Supreme, The Secret Agent, Sentimental Value y Train Dreams.
Algunos resultan previsibles. Frankenstein será probablemente una de esas adaptaciones solemnes y bien fotografiadas que tanto gustan a la Academia. Hamnet, basada en la novela de Maggie O’Farrell sobre el hijo de Shakespeare, promete ser un drama de época impecable pero quizá demasiado reverente.
Lo que me resulta más intrigante es Train Dreams, basada en la novela breve de Denis Johnson. Johnson era un escritor extraordinario, capaz de capturar la desolación del oeste americano con prosa lírica y contenida.
Si la adaptación ha sabido respetar el tono de la novela, podríamos estar ante una de las películas más interesantes de la selección.
The Secret Agent también despierta curiosidad. Si se trata de una adaptación de Conrad, estaremos ante material denso, moralmente complejo, difícil de trasladar sin caer en la simplificación.
Conrad no es autor fácil. Su prosa es densa, sus personajes ambiguos, sus tramas laberínticas. Pero precisamente por eso, cuando se adapta bien, el resultado puede ser extraordinario.
Donde reside el verdadero oficio
Más allá del glamour, las categorías técnicas revelan dónde reside el verdadero oficio cinematográfico. La fotografía, el montaje, el diseño de producción, el sonido: estos elementos construyen el lenguaje del cine.
Sinners ha sido nominada en prácticamente todas las categorías técnicas, lo que sugiere que Coogler ha cuidado cada aspecto de la producción.
La fotografía de una película de vampiros es crucial: la luz, las sombras, la textura de la imagen. El género vampírico exige una estética específica, una atmósfera que no se puede improvisar.
El montaje es donde se construye el ritmo, la tensión, la emoción. Un buen montador es invisible: su trabajo no se nota, pero sin él la película se desmorona.
Recuerdo las palabras de Hitchcock: «El cine es montaje». Y tenía razón. La puesta en escena es fundamental, pero es en la sala de montaje donde la película cobra vida definitiva.
¿Qué nos dicen estas nominaciones?
Cada año, las nominaciones funcionan como termómetro del estado de la industria. Este año, el mensaje es ambiguo.
Por un lado, el récord de Sinners sugiere que la Academia está dispuesta a reconocer el cine de género, a mirar más allá de los dramas solemnes. Eso es positivo.
Por otro lado, la incorporación de una nueva categoría para facilitar ese récord tiene algo de artificio. No digo que el reconocimiento al casting no sea merecido —lo es—, pero el momento resulta conveniente.
Lo que echo en falta es mayor valentía en las selecciones. ¿Dónde está el cine verdaderamente arriesgado? ¿Dónde están las películas que desafían las convenciones narrativas, que experimentan con el lenguaje cinematográfico?
La Academia siempre ha sido conservadora, pero en los últimos años esa tendencia se ha acentuado.
Pienso en los años setenta, cuando películas como Alguien voló sobre el nido del cuco, Taxi Driver o El padrino competían por los premios principales. Eran películas arriesgadas, incómodas, que no buscaban complacer sino provocar.
Hoy, con honrosas excepciones, los Oscar premian la competencia técnica más que la audacia artística.
Un ritual necesario
A pesar de mis reservas, sigo creyendo que los Oscar importan. No porque sean indicador infalible de calidad —no lo son—, sino porque representan un momento de atención colectiva hacia el cine.
En una época dominada por las series y las redes sociales, que millones de personas dediquen una noche a celebrar el cine es, en sí mismo, valioso.
La ceremonia se celebrará el 16 de marzo en el Dolby Theatre de Hollywood, presentada por segundo año consecutivo por Conan O’Brien.
Será, como siempre, demasiado larga, con momentos brillantes y otros olvidables. Habrá discursos emotivos y otros pretenciosos. Pero durante unas horas, el cine será el centro de atención.
Las nominaciones a los Oscar 2026 nos dejan con más preguntas que respuestas. ¿Es Sinners realmente una obra maestra que merece dieciséis nominaciones? ¿Logrará Anderson añadir otro Oscar a su palmarés? El tiempo lo dirá.
Lo verdaderamente importante es que estas películas existan, que haya cineastas dispuestos a arriesgar, a explorar, a contar historias con ambición y rigor.
Porque al final, los Oscar pasan, las modas cambian, pero el cine permanece. Y mientras haya directores como Coogler o Anderson dispuestos a defender el oficio con seriedad, habrá esperanza para este arte que tanto amamos.

