Scream 7 Rompe Su Propia Regla de Oro (Y Da Miedo de Verdad)

Scream 7 abandona su esencia meta para centrarse en la familia Prescott. ¿Genial evolución o comienzo del fin de una saga que redefinió el slasher?

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 15, 2026

• Kevin Williamson, guionista original de Scream, dirige la séptima entrega y anuncia que abandonará el característico enfoque meta de la franquicia para centrarse en el legado familiar de Sidney Prescott.

• La decisión de prescindir del elemento autoconsciente que definió la saga durante casi tres décadas plantea dudas legítimas sobre si estamos ante una evolución necesaria o ante la dilución de su identidad cinematográfica.

• El regreso de Neve Campbell, Courteney Cox y Matthew Lillard junto a Isabel May como hija de Sidney sugiere ambición dramática, aunque el riesgo de convertirse en un slasher genérico permanece latente.


Hay decisiones creativas que despiertan inquietud incluso antes de que una sola imagen llegue a la pantalla. Cuando Kevin Williamson, el arquitecto literario de la franquicia Scream, declara en Empire Magazine que la séptima entrega «realmente no tiene ese objetivo meta», uno no puede evitar sentir cierta aprensión.

No se trata de nostalgia caprichosa ni de resistencia al cambio por principio, sino de algo más fundamental: la preocupación de que se esté desmantelando el pilar conceptual que sostuvo esta saga durante casi tres décadas.

Porque Scream nunca fue simplemente otra película de terror con máscara y cuchillo. Fue, desde su concepción en 1996, un ejercicio de inteligencia narrativa que transformó el género slasher en algo consciente de sí mismo. Y ahora, cuando Williamson anuncia que la nueva película se centrará en «continuar el legado de Sidney Prescott, en su hija, en la familia», sin ese componente meta, cabe preguntarse si estamos ante una evolución o ante la dilución de aquello que hizo única a esta franquicia.


Conviene recordar qué representó Scream en su momento. Cuando Wes Craven y Kevin Williamson la estrenaron, el cine de terror atravesaba una fase de agotamiento creativo. El slasher se había convertido en fórmula predecible, repetitiva hasta el hastío.

Lo que Craven y Williamson hicieron fue magistral en su sencillez: dotaron a sus personajes de la misma conciencia cinematográfica que poseía el público. Randy Meeks podía enumerar las reglas para sobrevivir a una película de terror porque las conocía, porque había visto las mismas películas que nosotros.

Esta autoconsciencia no era un truco superficial. Era la estructura misma sobre la que se construía el relato. Me recuerda, salvando las distancias, a cómo Godard desmanteló las convenciones del cine negro en Al final de la escapada, convirtiendo la autoconciencia formal en herramienta narrativa. Craven hizo lo propio con el slasher.

La brillantez residía en cómo ese enfoque meta no restaba tensión, sino que la multiplicaba. Conocer las reglas no garantizaba la supervivencia. La ironía convivía con el terror genuino. Y cada secuela podía reflexionar sobre su propia existencia, sobre las expectativas del público, sobre la naturaleza misma de las franquicias cinematográficas.

Tras la muerte de Craven en 2015, muchos temimos que la franquicia perdiera su rumbo. Sin embargo, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett demostraron con Scream (2022) y Scream VI que era posible mantener ese ADN autoconsciente mientras se introducían nuevos personajes. Aquellas películas funcionaban precisamente porque entendían que el componente meta no era un adorno prescindible, sino la esencia misma de la propuesta.

Por eso las declaraciones de Williamson generan inquietud. Cuando afirma que Scream 7 se centrará en Sidney como madre, en su hija interpretada por Isabel May, en el peso del trauma acumulado durante décadas, uno comprende la intención. Hay potencial dramático ahí, sin duda.

Pero ¿es eso Scream? ¿O es simplemente otra película de terror con personajes que casualmente se llaman Sidney Prescott y Gale Weathers? La pregunta no es retórica. Una franquicia puede evolucionar, debe hacerlo incluso, pero existe una línea delgada entre evolución y transformación en algo completamente distinto.

El reparto sugiere ambición. El regreso de Neve Campbell, Courteney Cox, Matthew Lillard y David Arquette junto a Mason Gooding y Jasmin Savoy Brown indica que se busca conectar todas las eras de la franquicia. Hay peso emocional en esa reunión, historia compartida que puede explotarse dramáticamente. Williamson conoce estos personajes mejor que nadie; los creó, después de todo.

Sin embargo, la dirección de Williamson añade otra capa de complejidad. Aunque escribió las películas originales, esta es su primera vez dirigiendo en la franquicia. Su única experiencia previa como director fue Teaching Mrs. Tingle en 1999, una comedia negra que pasó sin pena ni gloria.

Dirigir requiere un conjunto de habilidades distintas a escribir. La construcción de la tensión visual, el manejo del ritmo, la puesta en escena del horror: son elementos que Craven dominaba con maestría. Pensemos en aquella secuencia inicial de Drew Barrymore, cómo Craven construía el terror mediante encuadres, iluminación y montaje. ¿Posee Williamson esa comprensión del lenguaje cinematográfico?

Quizá la clave esté en confiar en que Williamson comprende algo que nosotros, desde fuera, no podemos ver todavía. Tal vez el enfoque meta se haya agotado, convertido en fórmula tan predecible como aquello que originalmente satirizaba. Quizá sea momento de que Scream encuentre otra forma de sorprender.

Pero también es legítimo el escepticismo. Hemos visto demasiadas franquicias perder su identidad en nombre de la «evolución». Scream sin autoconsciencia narrativa corre el riesgo de ser simplemente otra película de Ghostface, intercambiable con cualquier slasher contemporáneo.

Recuerdo las discusiones en los foros de cinéfilos a finales de los noventa, cuando debatíamos si Scream era cine serio o simple entretenimiento posmoderno. La respuesta, comprendimos con el tiempo, era que podía ser ambas cosas. Esa dualidad constituía su mayor logro. Eliminar uno de esos elementos amenaza con desequilibrar toda la estructura.


El 27 de febrero sabremos si esta apuesta funciona. Si Williamson ha encontrado una manera de mantener el espíritu de Scream sin su característica más definitoria, o si hemos perdido algo esencial en el proceso.

Lo que permanece indiscutible es que Scream importa. Importó en 1996 cuando revitalizó un género moribundo, y sigue importando ahora como una de las pocas franquicias de terror que mantuvo coherencia conceptual durante décadas.

Por eso estas declaraciones resuenan con tanta fuerza. Porque cuando algo nos importa de verdad, cuando una obra ha significado algo en nuestra relación con el cine, su transformación no nos deja indiferentes.

Mi escepticismo no nace del rechazo al cambio, sino del respeto profundo por lo que esta franquicia representó. Esperemos que Williamson demuestre que Scream puede reinventarse sin perder su alma. Pero esperemos también con los ojos bien abiertos, conscientes de que no todo cambio constituye progreso, y de que algunas esencias, una vez diluidas, no pueden recuperarse.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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