• Los Premios de la Academia abandonarán el Dolby Theatre en 2029 tras 27 años para instalarse en el Peacock Theater hasta 2039.
• Este cambio coincide con el traslado de la ceremonia desde ABC a YouTube, marcando el inicio de una nueva era para los Oscar.
• La mudanza representa una transformación profunda en la forma y el fondo de la ceremonia cinematográfica más importante del mundo.
Hay decisiones que, en apariencia administrativas, revelan mucho más de lo que pretenden. El anuncio del traslado de los Premios de la Academia desde el Dolby Theatre al Peacock Theater no es simplemente un cambio de dirección postal. Es, si me permiten la licencia, un síntoma de los tiempos que corren.
Una ceremonia que durante casi tres décadas ha ocupado el mismo espacio —ese templo del Hollywood Boulevard que tantos de nosotros hemos visto brillar en nuestras pantallas cada febrero o marzo— se dispone a abandonar su hogar. Y lo hace, curiosamente, en el mismo momento en que la televisión tradicional cede su trono a las plataformas digitales.
Uno no puede evitar preguntarse qué habría pensado Billy Wilder de todo esto. O Hitchcock. Maestros que entendían el cine como un arte de permanencia, de estructuras sólidas, de respeto a la tradición sin renunciar a la innovación genuina.
¿Acaso este movimiento representa evolución o simple capitulación ante las exigencias del mercado? La respuesta, como suele ocurrir en estos casos, probablemente se encuentre en algún punto intermedio, aunque no por ello menos revelador.
A partir de 2029, la ceremonia número 101 de los Premios de la Academia tendrá lugar en el Peacock Theater, situado en el complejo de entretenimiento L.A. Live. El contrato firmado garantiza que la gala permanecerá en este nuevo emplazamiento hasta 2039, estableciendo así una década de compromiso con un espacio que, hasta ahora, ha sido más conocido por albergar eventos deportivos y conciertos que por ceremonias cinematográficas de esta envergadura.
El Dolby Theatre, que ha sido la casa de los Oscar desde 2002 —con la única excepción de 2021, cuando la pandemia obligó a celebrar la ceremonia en Union Station—, quedará así relegado a los libros de historia. Veintisiete años no son poca cosa. En ese tiempo, hemos visto desfilar por su escenario desde los últimos vestigios del Hollywood clásico hasta la avalancha de franquicias y efectos digitales que hoy dominan la industria.
Lo verdaderamente significativo de este cambio no es tanto el edificio en sí, sino lo que representa. La mudanza coincide con el traslado de la retransmisión desde ABC —cadena que ha emitido la ceremonia durante décadas— a YouTube.
Permitidme ser franco: esto no es casual. Es la confirmación de que incluso la institución más venerable del cine estadounidense debe inclinarse ante las nuevas realidades del consumo audiovisual.
AEG, la compañía propietaria y operadora de L.A. Live, ha prometido llevar a cabo «mejoras integrales» en el Peacock Theater. Hablan de actualizar el escenario, los sistemas de sonido e iluminación, los vestíbulos y las instalaciones entre bastidores. La empresa asegura que colaborará estrechamente con la Academia para incorporar «elementos de diseño a medida» que se ajusten a las necesidades específicas de la ceremonia.
La plaza de L.A. Live, recientemente ampliada, acogerá la alfombra roja. Ya han difundido una recreación artística del teatro renovado. Las imágenes muestran un espacio moderno, reluciente, desprovisto quizá de esa pátina de historia que solo el tiempo puede otorgar.
El Peacock Theater se encuentra en un distrito de entretenimiento de 23 acres, un complejo diseñado para el consumo masivo de experiencias. Restaurantes, bares, salas de conciertos, todo convenientemente empaquetado. Es el Hollywood del siglo XXI: eficiente, accesible, perfectamente integrado en el ecosistema del entretenimiento contemporáneo.
Muy distinto de aquel Hollywood que conocieron Wilder, Lubitsch o Hawks, donde los estudios eran reinos y los directores, cuando tenían suerte, ejercían como autores.
No pretendo caer en la nostalgia fácil. El cine, como cualquier arte vivo, debe evolucionar o morir. Pero hay evoluciones que respetan la esencia del medio y otras que simplemente se adaptan a las exigencias del mercado.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si el Peacock Theater será un buen escenario para los Oscar —seguramente lo será, una vez completadas las reformas—, sino qué dice este cambio sobre el estado actual del cine como institución cultural.
Porque, seamos honestos, los Oscar llevan años en crisis de identidad. Audiencias menguantes, decisiones erráticas, intentos desesperados por parecer relevantes ante un público cada vez más fragmentado. El traslado a YouTube no es una elección artística; es una estrategia de supervivencia.
Y el cambio de sede, en ese contexto, adquiere un significado casi simbólico.
Recuerdo las ceremonias de antaño, cuando la gala era un acontecimiento que paralizaba al país. Cuando ganar un Oscar significaba algo más que una estadística en una plataforma de streaming. Quizá sea injusto comparar épocas, pero es inevitable cuando uno ha dedicado su vida a estudiar este arte.
El cine, como decía Godard, es la verdad veinticuatro veces por segundo. Pero las ceremonias que lo celebran son otra cosa: son espectáculo, política, negocio. Y en 2029, ese espectáculo tendrá un nuevo hogar, más acorde con los tiempos que corren.
Más integrado en la lógica del entretenimiento digital, más accesible para las masas conectadas, probablemente más eficiente desde el punto de vista logístico.
¿Será mejor? Esa es una pregunta que solo el tiempo podrá responder. Lo que sí sabemos es que será diferente. Y en una industria que a menudo confunde novedad con progreso, esa diferencia se venderá como mejora.
Mientras tanto, aquellos que amamos el cine como lenguaje, como arte, como estructura narrativa que trasciende la mera tecnología, seguiremos observando estos cambios con la mezcla de escepticismo y esperanza que caracteriza a todo cinéfilo que se precie.
Porque al final, lo que importa no es dónde se entreguen las estatuillas, sino si las películas premiadas merecen ser recordadas dentro de cincuenta años. Y eso, ningún cambio de sede podrá garantizarlo.

