• Jennifer Marshall, que interpretó a la madre de Max en Stranger Things, no fue llamada para la quinta temporada pese a que su hija está en coma en el hospital.
• La actriz luchó contra el cáncer durante el rodaje de la cuarta temporada y participar en la quinta le habría dado acceso al seguro médico del sindicato.
• Esta historia revela cómo el sistema sanitario estadounidense convierte decisiones creativas en cuestiones de supervivencia para los trabajadores de la industria.
A veces pienso que la mejor ciencia ficción no está en las pantallas, sino en las estructuras que sostienen el espectáculo.
Jennifer Marshall interpretó a Susan Hargrove en Stranger Things. Un papel secundario, sí. La madre de Max. Alguien que aparece lo justo para recordarnos que estos adolescentes tienen familias más allá de sus batallas contra el Upside Down.
En la quinta temporada, Max está en coma. Lucas la acompaña en el hospital. Pero Susan, su madre, no aparece. Y no es una decisión narrativa.
Cuando la ficción se quiebra
Marshall compartió en redes que no fue convocada para la temporada final. Lo hizo con ironía, bromeando sobre ser «LA PEOR MADRE DEL MUNDO». Pero había algo más detrás: participar le habría dado acceso al seguro médico del sindicato de actores.
Durante el rodaje de la cuarta temporada, Marshall fue diagnosticada con cáncer. Para el cuarto episodio ya necesitaba peluca por la quimioterapia. Se lo contó a Sadie Sink y a los hermanos Duffer. Les pidió expresamente que no la eliminaran del reparto por compasión. Estar en el set era su refugio.
Los Duffer le ofrecieron apoyo. Pero cuando llegó la quinta temporada, Marshall ya estaba en remisión. Y no recibió la llamada.
No sé las razones exactas. Quizá había demasiados personajes. Quizá el presupuesto. Quizá la narrativa no encontraba espacio para Susan. Marshall misma aclaró que no culpa a nadie.
Pero el resultado es el mismo: una actriz que luchó contra el cáncer mientras trabajaba quedó fuera justo cuando más le habría servido estar dentro.
La distopía real
Siempre me ha fascinado cómo la ciencia ficción habla del presente disfrazándolo de futuro. Stranger Things nos muestra monstruos y dimensiones paralelas. Pero la verdadera distopía está aquí: un sistema donde tu acceso a la salud depende de que te llamen para rodar una escena.
Donde la estabilidad médica de un trabajador está atada a decisiones creativas que escapan a su control.
Me pregunto qué pensaría Philip K. Dick de esto. O Ursula K. Le Guin. Probablemente que ninguna ficción que escribieran podría superar el absurdo de esta realidad.
Marshall tiene otros créditos: The Terminal List, Sugar, For All Mankind, Reacher. No es una actriz sin trayectoria. Pero en una industria fragmentada, donde los trabajos son esporádicos y los seguros dependen de acumular horas, cada papel cuenta. Literalmente.
Lo que no se ve
Hay algo profundamente humano en esta historia que trasciende Stranger Things. Es fácil celebrar el espectáculo, las referencias ochenteras, el cierre de una saga. Pero detrás de cada plano hay personas. Personas que enferman, que luchan, que necesitan estabilidad.
La ausencia de Susan Hargrove no arruina la serie. Probablemente la mayoría ni lo notará. Pero para Jennifer Marshall, esa ausencia tiene un peso concreto.
No sé si los hermanos Duffer leyeron su publicación. No sé si Netflix tiene protocolos para estos casos. Tampoco sé si hay algo que se pueda hacer ahora, cuando la temporada ya está rodada.
Pero sí sé que historias como esta nos obligan a preguntarnos qué tipo de industria sostenemos con nuestra atención. Qué sistema aceptamos como normal cuando compramos una suscripción o celebramos un estreno.
Las mejores historias de ciencia ficción no son las que nos muestran futuros imposibles, sino las que nos hacen cuestionar el presente que ya habitamos. Esta, aunque no tenga monstruos ni portales dimensionales, es una de esas historias. Una que merece ser contada cuando volvamos a sentarnos frente a la pantalla.

