Nadie imaginó que estas serían las últimas palabras de Robin Williams

Un simple cierre de trilogía se convierte, tras la muerte de Robin Williams, en una devastadora despedida final cargada de emoción y significado cinematográfico.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 22, 2026

• Robin Williams falleció en 2014, y su última aparición en pantalla como Theodore Roosevelt en Noche en el museo: El secreto del faraón se ha convertido en una despedida involuntaria que el tiempo ha cargado de significado.

• La frase final de Williams, «Sonríe, muchacho. Es el amanecer», adquiere una dimensión devastadora cuando se contempla como su último adiós al público, elevando un material comercial a documento emotivo.

• El legado de Williams demuestra que incluso en producciones modestas, un verdadero actor puede trascender las limitaciones del material mediante la entrega absoluta de su oficio.


Hay despedidas que el cine nos regala sin que seamos conscientes de ello en el momento. Escenas que, vistas en su estreno, parecen simplemente el cierre natural de una franquicia comercial, pero que el tiempo y la tragedia transforman en algo mucho más profundo.

Robin Williams nos dejó en 2014, y con él se fue una energía irreemplazable que había iluminado las pantallas durante más de tres décadas. Lo que pocos recordamos con la claridad que merece es que su última aparición cinematográfica no fue un drama solemne ni una comedia introspectiva, sino su tercera encarnación de Theodore Roosevelt en una película familiar de aventuras.

Doce años después de su muerte, volver a Noche en el museo: El secreto del faraón es una experiencia completamente distinta. Lo que en su momento fue entretenimiento ligero se ha convertido en un testamento involuntario de un actor que, incluso en el contexto de una producción comercial, nunca dejó de entregar su alma completa.

Y es precisamente en ese contraste —entre la naturaleza desenfadada del material y la profundidad que Williams aportaba a cada fotograma— donde reside la verdadera potencia de esta despedida accidental.


Robin Williams fue, sin exagerar, un tesoro del cine contemporáneo. Formado en Juilliard, ganador del Oscar al Mejor Actor de Reparto por El indomable Will Hunting en 1998, construyó una filmografía que abarcaba desde la comedia física más desaforada hasta exploraciones inquietantes de la psique humana.

Su versatilidad era pasmosa. Pensemos en El club de los poetas muertos, donde su John Keating se convirtió en el profesor que todos hubiéramos querido tener. O en Despertares, donde la contención dramática alcanzaba cotas de verdadera emoción. Luego está Una hora de foto, una exploración perturbadora que demostraba su capacidad para habitar la oscuridad.

Cada papel era una masterclass diferente, una demostración de que la comedia y el drama no son géneros opuestos sino dos caras de la misma moneda cuando las maneja un verdadero artista.

La trilogía de Noche en el museo (2006-2014), producto típico del Hollywood contemporáneo que privilegia la franquicia sobre la sustancia, encontró en Williams un ancla de dignidad que el material por sí solo jamás merecía. Son películas familiares diseñadas para entretener a un público amplio con una premisa fantástica: las exhibiciones de un museo cobran vida cada noche.

Pero incluso en este contexto aparentemente modesto, Williams encontró la manera de elevar el material. Su Theodore Roosevelt no era una caricatura del vigésimo sexto presidente de Estados Unidos, aunque fácilmente podría haberlo sido.

Williams capturó la esencia de un hombre que fue muchas cosas a la vez: naturalista, escritor, soldado, reformador político. El Roosevelt histórico era conocido por su energía inagotable y su personalidad arrolladora. Williams entendía que incluso un personaje secundario en una comedia familiar merecía respeto y profundidad.

Su Roosevelt tenía gravitas sin perder el sentido del humor, sabiduría sin resultar pedante. Era, en definitiva, un trabajo de actor serio aplicado a un género que rara vez recibe ese nivel de compromiso.


Es en Noche en el museo: El secreto del faraón, estrenada el 19 de diciembre de 2014, apenas meses después de la muerte de Williams, donde su interpretación adquiere una dimensión completamente nueva. La película, dirigida por Shawn Levy con una duración de 98 minutos, cierra la trilogía con las exhibiciones del museo enfrentándose a su destino final: convertirse en cera inerte para siempre.

La escena de despedida entre Roosevelt y Larry Daley (Ben Stiller) es devastadora vista con la perspectiva del tiempo. Filmada en un plano medio que privilegia la intimidad sobre el espectáculo —una decisión acertada en una producción que habitualmente prefiere el bullicio—, la secuencia recuerda a las despedidas contenidas del cine clásico.

Williams mira a Stiller con un brillo luminoso y melancólico en los ojos y pronuncia cinco palabras que se han convertido en su epitafio cinematográfico: «Sonríe, muchacho. Es el amanecer.»

Es imposible ver esa escena ahora sin sentir un nudo en la garganta. No porque Williams supiera que sería su última aparición en pantalla —la vida rara vez nos concede ese tipo de clarividencia— sino porque el momento captura perfectamente lo que él representaba como artista: la capacidad de encontrar luz incluso en la despedida, de transformar la tristeza en algo hermoso.

Hay algo profundamente apropiado en que Williams se despidiera del cine interpretando a un hombre que dedicó su vida a la acción, al optimismo combativo, a la creencia de que siempre hay algo por lo que luchar. Roosevelt, el hombre que dijo «haz lo que puedas, con lo que tengas, donde estés», encarnado por un actor que nunca hizo menos que entregar todo lo que tenía en cada papel.


Esa presencia total es lo que más echo de menos del cine de Williams. En una era donde tantas interpretaciones parecen calculadas para convertirse en memes o clips virales, él trabajaba con la honestidad de los grandes actores clásicos.

Podía ser frenético, sí —nadie ha igualado su energía en La jaula de las locas o Jumanji— pero incluso en esos momentos de aparente caos había control, técnica, decisiones interpretativas precisas.

Y cuando el material requería contención, como en Despertares o Una hora de foto, Williams demostraba que su dominio de la quietud era tan impresionante como su capacidad para la improvisación desatada. Esa versatilidad, ese rango, es cada vez más raro en el cine contemporáneo.

Pensemos en las despedidas cinematográficas de otros grandes: Humphrey Bogart en El más duro entre mil, James Dean en Gigante, o más recientemente Philip Seymour Hoffman en Los juegos del hambre. Todas ellas comparten esa cualidad de documento involuntario, de última mirada a un talento que no volveremos a ver.

La de Williams tiene la particularidad de ocurrir en una producción comercial, lo cual subraya aún más su capacidad para trascender las limitaciones del material.


Doce años después de perder a Robin Williams, su ausencia sigue siendo palpable. No ha surgido nadie que pueda llenar ese vacío específico, esa combinación única de vulnerabilidad y energía, de inteligencia y accesibilidad.

Noche en el museo: El secreto del faraón no es una obra maestra del séptimo arte. No aparecerá en listas de las mejores películas de la década ni será objeto de retrospectivas en cinematecas. Pero como despedida involuntaria de un actor irrepetible, como último vistazo a un talento que iluminó generaciones, tiene un valor que trasciende su modestia formal.

«Sonríe, muchacho. Es el amanecer» no son solo las últimas palabras de Theodore Roosevelt a Larry Daley. Son el último regalo de Robin Williams a todos nosotros: un recordatorio de que incluso en los finales hay belleza, y de que el legado de un verdadero artista es la alegría que deja tras de sí.

Que sigamos sonriendo al recordarlo es, quizás, el mejor homenaje que podemos ofrecerle.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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