Kathleen Kennedy deja la presidencia de Lucasfilm tras más de una década, siendo sustituida por Dave Filoni y Lynwen Brennan en un modelo de co-presidencia que reconoce una verdad incómoda: Star Wars se ha vuelto demasiado vasto para una sola visión.
- Este cambio representa algo más profundo que una transición corporativa: es un intento de recuperar la magia de lo excepcional en una era saturada de contenido constante, apostando por eventos cinematográficos espaciados frente al flujo interminable de series.
- La nueva estrategia hacia el 50 aniversario con proyectos como The Mandalorian & Grogu y Starfighter plantea una pregunta esencial: ¿qué separa el contenido de la mitología?
Hay momentos en los que una galaxia muy, muy lejana necesita recalibrar su rumbo.
No hablo de batallas entre el bien y el mal, ni de profecías sobre el Elegido. Hablo de algo más terrenal pero igualmente trascendental: quién sostiene las riendas creativas de uno de los universos narrativos más influyentes de nuestra cultura.
Lucasfilm está viviendo su propia transición de poder. Y lo que está en juego no es solo el futuro de Star Wars como franquicia, sino qué significa crear mitología en una época donde el contenido se consume como comida rápida.
El peso imposible del legado
Kathleen Kennedy no llegó a Lucasfilm por casualidad.
Fue George Lucas quien la eligió personalmente, consciente de que su bendición facilitaría la venta a Disney. Esa decisión llevaba implícita una confianza enorme, pero también una responsabilidad casi imposible: continuar algo que nunca fue diseñado para continuar indefinidamente.
Durante su mandato, Kennedy supervisó tanto triunfos como tormentas. Películas que dividieron a la comunidad, proyectos cancelados, cambios de dirección a mitad de producción.
Pero también The Mandalorian, que devolvió a muchos fans la fe en que Star Wars podía sorprender de nuevo.
Lo interesante no es juzgar su gestión como buena o mala. Lo interesante es preguntarse: ¿qué revela sobre nosotros que esperemos que alguien pueda ser guardián perfecto de algo tan mitológico?
Kennedy heredó un imperio narrativo con expectativas imposibles.
Y quizá ese sea el verdadero problema.
Dos visiones para un universo
El nuevo modelo de co-presidencia no es solo una solución administrativa. Es una declaración filosófica sobre cómo se construye ficción a gran escala en 2025.
Dave Filoni asume la dirección creativa.
Para quienes seguimos The Clone Wars desde sus inicios, Filoni representa algo más que talento: representa continuidad con la visión original de Lucas. Trabajó codo a codo con él, absorbió su forma de entender la Fuerza, los arquetipos, la mitología subyacente.
Es, en muchos sentidos, el heredero creativo más legítimo que Star Wars podría tener.
Pero Filoni no se ve a sí mismo como un dictador creativo. En sus propias palabras, prefiere ser Obi-Wan: guiar a otros para que confíen en sus instintos, no imponer una visión única.
Esa humildad es refrescante.
Y también revela algo crucial: entiende que Star Wars funciona mejor cuando permite múltiples voces dentro de un marco coherente. Como los mejores universos de ciencia ficción, necesita espacio para respirar, para que diferentes creadores exploren sus rincones sin perder el norte.
Lynwen Brennan, por su parte, trae estabilidad operativa. Veterana de Industrial Light & Magic, lleva en Lucasfilm desde 2015 como directora general. Su experiencia en efectos visuales y operaciones transmedia es exactamente lo que se necesita para coordinar un universo que abarca cine, televisión, videojuegos, cómics y merchandising.
Juntos representan un equilibrio: creatividad con raíces profundas en el lore, y pragmatismo que entiende cómo funciona realmente la maquinaria.
Cuando todo es Star Wars, nada es especial
Uno de los cambios más significativos es la retirada estratégica de la televisión como eje central.
Durante años, Disney+ fue el futuro de Star Wars. Series tras series, en un flujo constante que prometía mantener la galaxia siempre presente.
Pero esa estrategia tuvo un coste: la fatiga.
Ahora solo hay una serie live-action confirmada en producción: Ahsoka temporada 2. El resto del calendario televisivo está en silencio.
Y ese silencio dice mucho.
La nueva dirección parece clara: hacer de Star Wars un evento, no un hábito. The Mandalorian & Grogu marca este cambio. Es una película de presupuesto moderado, extensión de una serie exitosa, diseñada para ser rentable sin necesidad de romper récords de taquilla.
Es Star Wars como experiencia cinematográfica accesible, no como megaproducción que debe justificar inversiones astronómicas.
Starfighter, programada para coincidir con el 50 aniversario de la saga, apunta en la misma dirección: conectar con nuevas audiencias sin alienar a las antiguas.
Es un equilibrio delicado, casi imposible. Pero quizá necesario.
Me recuerda a algo que pensé después de ver Arrival por tercera vez: las mejores historias no son las que están siempre presentes, sino las que permanecen contigo cuando ya no están. La escasez crea espacio para la contemplación.
Futuros en pausa
El panorama de desarrollo es fascinante por lo que revela sobre prioridades cambiantes.
Simon Kinberg está desarrollando una nueva trilogía. Taika Waititi y Donald Glover tienen guiones completados que siguen «algo vivos». James Mangold tiene un guion terminado para Dawn of the Jedi, pero el proyecto está en pausa.
Y luego está The Hunt for Ben Solo de Steven Soderbergh, un proyecto descartado que Kennedy elogió públicamente.
Me pregunto qué habría sido esa película. Soderbergh trae una sensibilidad única, casi experimental. ¿Habría sido Star Wars visto desde un ángulo completamente nuevo?
Estos proyectos en distintos estados de desarrollo muestran algo importante: Lucasfilm está explorando, tanteando, buscando qué funciona.
No hay prisa.
Y quizá esa paciencia sea sabia.
Lo que esto dice sobre nosotros
Hay algo profundamente revelador en cómo tratamos nuestras mitologías modernas.
Star Wars no es solo entretenimiento. Es un lenguaje compartido, un conjunto de símbolos que usamos para hablar de heroísmo, redención, esperanza.
Pero también es un producto.
Y ahí está la tensión.
Cuando Kennedy identificó a sus sucesores hace dos años, estaba reconociendo que el modelo anterior había llegado a su límite. No por fracaso, sino por agotamiento sistémico.
Producir contenido constantemente, mantener múltiples líneas narrativas, satisfacer expectativas contradictorias… es insostenible.
El cambio hacia eventos cinematográficos espaciados, hacia menos pero mejor, refleja algo que va más allá de Star Wars. Refleja una cultura saturada de contenido que empieza a valorar de nuevo la escasez, la anticipación, el espacio para respirar entre historias.
Quizá necesitamos aprender a relacionarnos con nuestras historias de forma menos compulsiva, más contemplativa.
La incertidumbre como combustible
Filoni y Brennan heredan una base más sólida que la que Kennedy recibió.
Hay menos caos creativo, más claridad estratégica. Pero también heredan expectativas enormes y una base de fans que nunca estará completamente satisfecha.
Y quizá eso sea parte del encanto.
Star Wars siempre ha sido sobre esperanza en medio de la incertidumbre. Sobre encontrar luz en la oscuridad. Sobre confiar en la Fuerza incluso cuando no entiendes completamente cómo funciona.
Este cambio de liderazgo es, en cierto modo, un acto de fe.
Fe en que nuevas voces pueden honrar el pasado mientras construyen algo nuevo. Fe en que menos puede ser más. Fe en que todavía hay historias que contar en esa galaxia lejana.
Hay algo poético en que Star Wars, una saga sobre generaciones que pasan el testigo, esté viviendo precisamente eso en el mundo real.
Kennedy entregando el mando a Filoni y Brennan no es solo un cambio corporativo. Es el reconocimiento de que las mitologías vivas deben evolucionar o morir.
Lo que viene después es incierto.
Pero la incertidumbre siempre ha sido el combustible de las mejores historias. Y si algo nos ha enseñado Star Wars en casi 50 años, es que el viaje importa tanto como el destino.
Quizá más.
Ahora toca ver si esta nueva tripulación puede navegar la galaxia hacia territorios que nos sorprendan de nuevo, que nos hagan pausar la película para apuntar una frase, que nos dejen pensando durante días.
Porque al final, eso es lo que separa el contenido de la mitología: no cuánto produces, sino cuánto permanece.

