• Paramount desarrolla dos películas de G.I. Joe en paralelo, cada una con una visión creativa distinta liderada por Danny McBride y Max Landis, como si el estudio hubiera decidido externalizar su propia incertidumbre.
• Esta estrategia dual revela algo más profundo que simple indecisión comercial: refleja la dificultad de traducir mitologías militaristas de la Guerra Fría a un presente donde las certezas morales se han vuelto borrosas.
• Tras el fracaso de Snake Eyes (40 millones mundiales), la franquicia busca reinventarse sin saber aún qué versión de sí misma necesita ser.
Hay algo revelador en observar cómo Hollywood intenta resucitar franquicias que nunca terminaron de encontrar su centro narrativo. G.I. Joe es una de esas propiedades que, sobre el papel, contiene todos los elementos: soldados de élite, villanos carismáticos, un universo expandible hasta el infinito.
Y sin embargo, cada intento cinematográfico ha sido un ejercicio de búsqueda sin hallazgo. Ahora Paramount vuelve a intentarlo, pero esta vez con una estrategia que dice más sobre la industria actual que sobre los propios Joes.
Lo interesante no es que haya una nueva película en desarrollo. Lo interesante es que hay dos. Dos visiones. Dos guiones. Dos apuestas creativas que, en teoría, competirán por demostrar cuál merece existir. Es como si el estudio hubiera decidido admitir públicamente que no sabe cómo traducir la mitología de unos soldados de juguete a un lenguaje cinematográfico que resuene hoy.
Dos caminos, un mismo dilema
Danny McBride y Max Landis representan dos extremos del espectro creativo contemporáneo.
McBride viene del mundo de la comedia irreverente, con un ojo afilado para la sátira y el absurdo. Su trabajo en The Righteous Gemstones demuestra que sabe cómo deconstruir instituciones americanas con humor negro sin perder el corazón humano de sus personajes. Hay algo casi subversivo en imaginar qué haría con material tan inherentemente militarista.
Landis, por su parte, tiene un historial más errático. Chronicle fue una propuesta fresca que entendía cómo el poder corrompe desde la adolescencia. American Ultra intentó mezclar comedia con thriller de espías y el resultado fue confuso. Su carrera también está marcada por acusaciones que llevaron a su agencia a cortarle en 2019, un contexto que complica su regreso a proyectos de alto perfil.
Lo revelador es que Paramount esté dispuesto a explorar ambas direcciones simultáneamente. No es solo tener un plan B. Es admitir que no saben qué tono necesita esta franquicia para conectar con el público actual.
El fantasma de los fracasos pasados
Las películas anteriores de G.I. Joe recaudaron 678 millones de dólares combinadas, lo cual suena impresionante hasta que recuerdas que fueron destrozadas por la crítica y olvidadas casi inmediatamente.
The Rise of Cobra y Retaliation eran productos diseñados por comité, llenos de explosiones y vacíos de cualquier cosa que se pareciera a una idea. Espectáculo sin sustancia, acción sin consecuencia.
Snake Eyes intentó algo diferente: una historia de origen más íntima, con influencias del cine de artes marciales. Y fracasó estrepitosamente, recaudando apenas 40 millones a nivel mundial. Quizás porque nadie pidió una película de G.I. Joe sin G.I. Joe, o quizás porque el público ya no sabe qué esperar de esta marca.
Aquí es donde la estrategia dual cobra sentido. Si no sabes qué funciona, prueba todo.
Mitologías que no terminan de nacer
Lorenzo di Bonaventura, el productor detrás de las películas de Transformers, está a cargo de ambos proyectos. Paramount lleva años coqueteando con la idea de un universo compartido entre Transformers y G.I. Joe, algo que se insinuó en Transformers: Rise of the Beasts.
Me pregunto si alguien se ha detenido a pensar qué significa construir mitologías modernas a partir de juguetes de los años 60. Porque eso es lo que son estos universos compartidos: intentos de crear narrativas que trasciendan películas individuales, que construyan algo parecido a lo que Star Wars o Star Trek lograron de forma más orgánica.
El problema es que G.I. Joe nunca ha tenido una identidad clara más allá de «soldados buenos contra terroristas malos». Y esa simplicidad, que funcionaba en plena Guerra Fría, se siente extrañamente vacía ahora.
Lo que los soldados de juguete dicen sobre nosotros
Me pregunto qué significa G.I. Joe en 2025.
Los juguetes originales nacieron en los años 60, cuando el militarismo americano era incuestionable, cuando las líneas entre héroes y villanos estaban claramente trazadas. Las películas de los 2000 intentaron actualizar eso con tecnología futurista y amenazas globales genéricas, pero nunca se atrevieron a cuestionar la premisa fundamental.
Vivimos en un momento donde la relación con el ejército, con el patriotismo, con la idea misma de «buenos contra malos» es infinitamente más compleja. Las certezas morales de la Guerra Fría se han vuelto borrosas. Las narrativas simples de heroísmo militarizado suenan, en el mejor de los casos, ingenuas.
Si McBride se atreve a llevar su sensibilidad satírica a este material, podría resultar en algo genuinamente interesante. Una deconstrucción del militarismo disfrazada de película de acción. Una forma de examinar qué fantasías de poder y control seguimos proyectando en estas historias.
O podría ser otra película olvidable de franquicia.
Pienso en cómo Star Trek evolucionó su estructura militar (Starfleet) para reflejar valores cambiantes: de exploración imperialista a diplomacia interestelar, de certezas absolutas a dilemas morales complejos. G.I. Joe podría hacer algo similar, usar su premisa para explorar qué significa el heroísmo colectivo en una era de ambigüedad moral.
Pero eso requeriría valentía. Y valentía es precisamente lo que falta cuando un estudio desarrolla dos versiones de la misma película porque no sabe en qué cree.
Lo que hace que esta noticia sea digna de atención no son los Joes en sí, sino lo que representa: un estudio grande apostando por dos visiones contradictorias porque genuinamente no sabe cuál es el camino correcto.
Es honesto, a su manera. Y quizás esa honestidad sea más valiosa que otra película de franquicia hecha con piloto automático.
Al final, puede que ninguna de estas películas se haga. O puede que ambas lleguen a buen puerto y tengamos dos G.I. Joe completamente diferentes estrenándose con años de diferencia.
Pero el experimento en sí ya dice algo sobre dónde está Hollywood ahora: perdido entre la nostalgia y la necesidad de decir algo nuevo, sin saber muy bien cómo reconciliar ambas cosas. Atrapado entre las certezas simples del pasado y la complejidad irreductible del presente.
Y eso, al menos, es más interesante que otra secuela predecible.

