Estas películas de 2001 cumplen 25 años (sí, tu también te haces mayor)

Un cuarto de siglo desde 2001: cómo franquicias, streaming y memoria distorsionan el tiempo. Más que nostalgia, melancolía por nuestra propia edad.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 9, 2026

• Veinticinco películas de 2001 cumplen un cuarto de siglo en 2026, una cifra que nos confronta brutalmente con el paso del tiempo y nuestra propia edad.

• La perpetuación industrial de franquicias nos impide percibir la verdadera distancia temporal que nos separa de estas obras, creando una ilusión de presente eterno que distorsiona nuestra relación con el cine.

• Estos aniversarios no generan nostalgia reconfortante, sino melancolía: la conciencia aguda de nuestra mortalidad reflejada en el envejecimiento de las películas que marcaron nuestra juventud.


Hay fechas que funcionan como espejos implacables. Momentos en los que el calendario nos obliga a detenernos y reconocer, con cierta incomodidad, que el tiempo ha transcurrido más deprisa de lo que estábamos dispuestos a admitir.

El año 2026 trae consigo una de esas revelaciones incómodas: las películas estrenadas en 2001 cumplen veinticinco años. Un cuarto de siglo.

Para quienes vivimos aquellos estrenos en las salas oscuras, la noticia no llega como una celebración, sino como una constatación perturbadora de nuestra propia edad.


El peso de la aritmética

La matemática es simple y brutal: cualquier filme estrenado en 2001 cumple veinticinco años en 2026. No hay trampa ni interpretación posible.

Y sin embargo, cuando uno repasa mentalmente los títulos de aquel año, la cifra parece un error de cálculo. La comunidad del anillo inaugurando la trilogía de Jackson. Mulholland Drive confirmando a Lynch como maestro del enigma. Amélie conquistando al mundo con su fantasía parisina. Los otros demostrando que Amenábar entendía el suspense hitchcockiano mejor que la mayoría de sus contemporáneos.

¿Cómo puede ser que haya pasado tanto tiempo?

Parte de la respuesta reside en la naturaleza misma de la industria contemporánea. Hollywood ha perfeccionado el arte de la resurrección perpetua. Las franquicias no mueren; se reinventan, se expanden, se fragmentan en universos cinematográficos que se alimentan de sí mismos.

Lo que antes era una trilogía con principio, desarrollo y fin, ahora es un ecosistema narrativo sin conclusión aparente. Esta lógica industrial tiene consecuencias inesperadas: nos impide percibir el paso del tiempo con claridad.

Pensemos en Harry Potter y la piedra filosofal, también de 2001. La saga no concluyó hasta 2011, y desde entonces ha generado precuelas, obras de teatro convertidas en guiones, y rumores constantes de nuevos proyectos. El universo permanece activo, vivo, presente.

Compárese esto con la experiencia de 1976. Aquel año se estrenó Taxi Driver de Scorsese, una obra maestra que existió como entidad cerrada, completa en sí misma. No hubo secuelas de Travis Bickle, ni precuelas explorando su juventud, ni spin-offs sobre personajes secundarios.

La película envejeció con dignidad, convirtiéndose en referencia cultural sin necesidad de actualizaciones constantes.


La ilusión de la permanencia

Cuando una saga sigue produciendo entregas año tras año, sus orígenes permanecen en una especie de presente eterno. No importa que la primera película tenga veinticinco años si la última se estrenó hace seis meses.

El espectador contemporáneo vive en un presente expandido donde todo coexiste simultáneamente.

Esta sensación contrasta radicalmente con la experiencia cinematográfica de décadas anteriores. En los años setenta u ochenta, una película envejecía con dignidad. Se retiraba de las salas, aparecía ocasionalmente en televisión, y eventualmente se convertía en un recuerdo.

Hoy, en cambio, el archivo está siempre disponible. Las plataformas de streaming mantienen vivo todo el catálogo, eliminando la distancia temporal que antes nos permitía distinguir entre lo reciente y lo antiguo.

Es una democratización del acceso, sin duda, pero también una confusión cronológica que nos impide procesar adecuadamente el paso de los años.


Nostalgia versus melancolía

Conviene distinguir aquí entre dos sentimientos que a menudo se confunden. La nostalgia, en su sentido más puro, es un anhelo reconfortante por el pasado. Tiene algo de dulce, de refugio emocional.

Lo que provoca constatar que las películas de 2001 tienen veinticinco años no es nostalgia. Es melancolía.

Es la conciencia aguda de la propia mortalidad, del tiempo que se escapa entre los dedos mientras uno estaba ocupado viviendo. No hay consuelo en esta revelación, solo una especie de vértigo existencial.

Recuerdo perfectamente la sensación de entrar en una sala de cine en 2001. La textura de aquellos años, la calidad de la imagen proyectada, el ritual completo de comprar la entrada, elegir el asiento, esperar a que se apagaran las luces.

No era tan distinto de ahora, y sin embargo, pertenece a otra época. Una época que, según el calendario, está ya a un cuarto de siglo de distancia.


El catálogo de la edad

Hacer una lista de las veinticinco películas que cumplen veinticinco años en 2026 no es un ejercicio de celebración. Es más bien un inventario de los estragos del tiempo.

Cada título funciona como una marca en la pared que mide nuestro propio crecimiento, o nuestro propio envejecimiento, según se mire.

Algunas de estas películas han envejecido mejor que otras. Mulholland Drive mantiene intacto su poder hipnótico, su capacidad de desestabilizar al espectador con cada visionado. La puesta en escena de Lynch, esa forma de construir el misterio mediante la iluminación, el sonido y el montaje, resulta tan efectiva hoy como entonces.

Moulin Rouge! de Baz Luhrmann, en cambio, revela las limitaciones de su estética. Lo que en 2001 parecía revolucionario —ese montaje frenético, esa saturación visual— hoy se percibe como exceso, como pirotecnia que intenta compensar la delgadez emocional de la historia.

La habitación del pánico de Fincher demuestra que el dominio técnico trasciende modas. Esos planos imposibles que atraviesan paredes y cerraduras no son meros alardes: son narrativa visual al servicio del suspense. La película funciona porque Fincher entiende que la técnica debe ser invisible, subordinada siempre a la tensión dramática.

Lo fascinante es que este proceso de envejecimiento no sigue reglas predecibles. No son necesariamente las películas más ambiciosas o las más premiadas las que mejor resisten el paso del tiempo.


El espejo generacional

Estas efemérides funcionan también como marcadores generacionales. Quienes éramos adolescentes o jóvenes adultos en 2001 nos encontramos ahora en la mediana edad, contemplando con cierta perplejidad cómo aquellos estrenos que vivimos con intensidad se han convertido en objetos de estudio.

Hay algo humillante en explicarle a alguien de veinte años que una película que para ellos es «vieja» fue un acontecimiento cultural en su momento.

Uno se convierte, sin haberlo buscado, en testigo histórico, en archivo viviente de una época que ya no existe.

Y sin embargo, el cine sigue siendo el mismo arte. Las herramientas han cambiado, la distribución se ha transformado radicalmente, pero la esencia permanece: contar historias con imágenes en movimiento, crear mundos que nos permitan comprender mejor el nuestro, o al menos escapar de él durante un par de horas.

Pienso en Bergman, en Kurosawa, en Hitchcock. Sus películas tienen décadas, algunas más de medio siglo, y sin embargo siguen hablándonos con una claridad que muchas obras contemporáneas no logran.

Persona tiene casi sesenta años y su exploración de la identidad resulta más perturbadora que cualquier thriller psicológico reciente. Rashomon sigue siendo la referencia ineludible sobre la naturaleza subjetiva de la verdad. Vértigo continúa siendo el estudio definitivo sobre la obsesión.

Estas obras envejecieron bien porque sus creadores entendían que el cine es lenguaje, no espectáculo. Que la puesta en escena debe servir al significado, no sustituirlo.


La lección del tiempo

Si algo nos enseñan estos veinticinco años es que el tiempo cinematográfico y el tiempo real no transcurren al mismo ritmo. Una película puede contener eternidades en noventa minutos, o puede desperdiciar tres horas sin decir nada.

La duración cronológica es irrelevante; lo que importa es la densidad emocional y narrativa.

Las mejores películas de 2001 —y de cualquier año— son aquellas que trascienden su momento de producción. No porque sean «atemporales» en algún sentido abstracto, sino porque capturan algo esencial sobre la experiencia humana que sigue siendo válido décadas después.

Los otros funciona porque Amenábar comprendió las lecciones de los maestros del suspense. Cada encuadre está medido, cada revelación preparada con paciencia. La película respeta la inteligencia del espectador, construye su atmósfera mediante la sugerencia, no la explicación.

Shrek, por su parte, ha envejecido peor de lo que muchos recuerdan. Su humor basado en referencias culturales específicas de principios de los 2000 resulta ahora fechado, anclado a su momento de una forma que las grandes comedias clásicas nunca lo estuvieron.

El resto, la mayoría, se revela como producto de su tiempo. Y no hay nada malo en ello. No todas las películas aspiran a la eternidad, ni deberían hacerlo.

El problema surge cuando confundimos unas con otras, cuando elevamos lo pasajero a la categoría de permanente, cuando la maquinaria industrial nos convence de que toda franquicia merece ser eterna.


Contemplar el paso de un cuarto de siglo desde aquellos estrenos de 2001 no debería ser motivo de celebración acrítica ni de lamento estéril. Es simplemente un recordatorio de que el cine, como nosotros, envejece.

Algunas películas lo hacen con dignidad, revelando nuevas capas de significado con cada visionado. Otras se marchitan, perdiendo la relevancia que alguna vez tuvieron.

Y unas pocas, las verdaderamente excepcionales, parecen existir fuera del tiempo, tan frescas y vitales como el día de su estreno.

Lo que resulta innegable es que estos aniversarios nos obligan a mirarnos al espejo. Veinticinco años no son poca cosa. Es tiempo suficiente para que una generación completa haya crecido sin conocer estas películas en su contexto original.

Y quizá esa sea la verdadera lección: que el cine no nos pertenece. Lo tomamos prestado durante un tiempo, lo habitamos intensamente, y luego debemos dejarlo ir para que otros lo descubran con ojos nuevos.

La melancolía que sentimos no es por las películas, sino por nosotros mismos, por el tiempo que ya no volverá. Por las salas oscuras que ya no existen, por los rituales que se han perdido, por la juventud que se fue mientras mirábamos la pantalla.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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