• Los BAFTA 2026 registraron uno de sus momentos más polémicos cuando un activista con síndrome de Tourette emitió involuntariamente un insulto racial en directo, exponiendo las limitaciones de los protocolos de inclusión en eventos de máxima audiencia.
• La BBC, disponiendo de dos horas de retraso en la emisión, decidió no censurar el incidente, una decisión editorial que desató críticas y obligó a disculpas públicas tanto de la cadena como de BAFTA.
• El caso demuestra que la inclusión sin planificación adecuada puede acabar perjudicando precisamente a quienes pretende proteger, convirtiendo un triunfo personal en una crisis mediática.
Los números de audiencia en directo son implacables. Un segundo puede disparar el share, otro puede hundirlo. Y cuando ese segundo incluye un insulto racial emitido sin censura en prime time, las cifras se convierten en titular. Los BAFTA 2026 nos dejaron exactamente eso: un pico de audiencia en el momento más incómodo de su historia reciente, y una lección brutal sobre cómo las buenas intenciones sin protocolos claros pueden explotar en directo.
El 22 de febrero de 2026, John Davidson, activista escocés con síndrome de Tourette y condecorado con la Orden del Imperio Británico, vivió su peor pesadilla en lo que debería haber sido su noche de gloria. Mientras Michael B. Jordan y Delroy Lindo subían al escenario para presentar el premio a Mejores Efectos Visuales, Davidson sufrió un tic vocal involuntario que incluyó un insulto racial. La BBC lo emitió sin censura. Con dos horas de retraso disponibles para editarlo.
Dejadme repetirlo porque es importante: dos horas de margen. No estamos hablando de un directo puro donde no hay tiempo de reacción. Estamos hablando de una decisión editorial consciente de emitir contenido que sabían podía ser problemático. Desde el punto de vista de gestión de riesgos, es un desastre de manual.
La ironía del asunto es demoledora. «I Swear», la película biográfica sobre Davidson, estaba nominada a cinco premios esa noche. Robert Aramayo acabó ganando el BAFTA a Mejor Actor por interpretarle. Davidson debería haber estado celebrando el reconocimiento de su historia. En lugar de eso, abandonó el auditorio antes de que terminara la primera mitad de la ceremonia, incapaz de soportar la incomodidad que su propia condición estaba generando.
El síndrome de Tourette provoca tics motores y vocales involuntarios. En un 10-15% de los casos incluye coprolalia: la emisión involuntaria de palabras malsonantes o socialmente inapropiadas. Davidson sufre este tipo de Tourette, y los organizadores lo sabían. De hecho, avisaron a los asistentes antes de la ceremonia sobre la posibilidad de que hubiera tics vocales. Es decir, había conciencia del riesgo. Pero conciencia sin protocolo es papel mojado.
Alan Cumming, el presentador, intentó gestionar la situación explicando al público la naturaleza involuntaria de los tics. Hasta ahí, correcto. El problema llegó con la disculpa inicial de la BBC, tan genérica que parecía sacada de una plantilla corporativa: «lenguaje fuerte y ofensivo». Como si estuviéramos hablando de un taco suelto en un programa de cocina y no de un insulto racial en una ceremonia vista por millones de personas.
Hannah Beachler, diseñadora de producción ganadora de un Oscar, fue especialmente crítica. Reveló que hubo tres episodios esa noche, uno de ellos dirigido hacia ella personalmente después del show. Su queja no iba contra Davidson, sino contra la disculpa «de usar y tirar» de BAFTA, especialmente esa frase de «si te has sentido ofendido» que suena a manual de relaciones públicas de los años 90.
Delroy Lindo también se pronunció, expresando su decepción porque BAFTA no se molestó en hablar con él ni con Jordan después del incidente. Y aquí está el fallo fundamental: puedes tener todos los protocolos de inclusión del mundo, pero si no gestionas el después, todo se desmorona.
Aquí viene la pregunta que me parece clave desde el punto de vista de la industria: ¿dónde está el equilibrio entre inclusión y responsabilidad editorial? Nadie quiere que las personas con discapacidad sean excluidas de eventos públicos. Pero cuando tienes millones de espectadores, dos horas de retraso en la emisión y conocimiento previo del riesgo, ¿no deberías tener un plan B?
Pensad en los números. Los BAFTA son uno de los eventos televisivos más importantes del calendario británico. Las cifras de audiencia se traducen en ingresos publicitarios, en prestigio para la cadena, en visibilidad para los nominados. Un incidente como este no solo afecta a la reputación de BAFTA y la BBC, sino que tiene un impacto directo en cómo las marcas perciben el evento de cara a futuras ediciones. Y eso, al final, se traduce en números.
BAFTA acabó emitiendo una disculpa más completa, reconociendo el daño causado y comprometiéndose a aprender de lo sucedido. Pero el daño reputacional ya estaba hecho. Las redes sociales ardieron, los medios se lanzaron a por la historia y todos los implicados quedaron en una posición incómoda.
Lo que me resulta más frustrante de todo esto es que era evitable. No hablo de excluir a Davidson del evento, sino de tener un protocolo claro. Un retraso de emisión más largo. Un equipo de sonido preparado para cortar el audio si era necesario. Una conversación previa con los presentadores sobre cómo reaccionar. Un plan de comunicación que no sonara a plantilla corporativa.
La inclusión real requiere planificación, no solo buenas intenciones. BAFTA quería celebrar la historia de Davidson, pero acabó exponiéndole a una situación humillante. La BBC quería ser inclusiva, pero no tuvo el criterio editorial para proteger ni a Davidson ni a los presentadores afectados. Y al final, todos perdieron.
Davidson vivió una de las peores noches de su vida en lo que debería haber sido su gran momento. Jordan y Lindo fueron puestos en una situación imposible sin recibir apoyo posterior. Y la industria se llevó otro titular negativo que alimenta la percepción de que no sabe gestionar la diversidad más allá de los comunicados de prensa.
Los números de audiencia dirán si esto afectó al share de la ceremonia a largo plazo. Pero el coste reputacional ya está pagado. Y la lección es clara: cuando los protocolos fallan, no importa cuántas buenas intenciones tengas. Las cifras no mienten, y en este caso, cuentan la historia de una oportunidad desperdiciada de hacer las cosas bien.

