• Tom Cruise aterrizó en helicóptero en el rodaje de Star Wars: Starfighter y acabó operando una cámara durante un duelo con sables láser, convirtiendo una visita informal en participación real.
• La presencia de un duelo confirma que habrá Jedi activos en pantalla, marcando la primera exploración genuina de la galaxia tras El ascenso de Skywalker y planteando preguntas fascinantes sobre qué significa reconstruir la Orden.
• Que figuras como Cruise o Spielberg visiten el rodaje espontáneamente dice algo sobre el magnetismo cultural que Star Wars mantiene medio siglo después de su nacimiento.
Hay algo profundamente simbólico en la imagen de Tom Cruise descendiendo de un helicóptero para acabar rodando un duelo de sables láser.
No es solo una anécdota de Hollywood. Es una metáfora perfecta de lo que Star Wars representa: un universo tan magnético que incluso quienes no forman parte de él sienten la necesidad de acercarse, de tocarlo, de participar aunque sea por un instante.
Como si la Fuerza, literalmente, los llamara.
Y quizá eso sea lo más interesante. No el hecho en sí —que Cruise operara una cámara durante el rodaje de Starfighter—, sino lo que revela sobre el estado actual de la saga.
Después de años de divisiones, de debates encendidos sobre qué es o no es Star Wars, aquí tenemos a Shawn Levy construyendo algo que atrae a Spielberg, a Cruise, a Ryan Gosling.
Algo que, al menos desde fuera, parece recuperar esa sensación de evento cultural que la franquicia tuvo en sus mejores momentos.
Un duelo en el barro y lo que significa
Shawn Levy lo contó con naturalidad en una entrevista reciente: Cruise llegó al plató, Levy bromeó sugiriéndole que tomara una cámara, y el actor aceptó.
No fue un cameo. No fue una foto promocional. Fue trabajo real: rodar un duelo con sables láser en medio de un estanque embarrado.
Esa imagen —el barro, los sables, la acción física— me recuerda a algo que Star Wars perdió en parte durante la era digital. La textura. El peso.
Los duelos de la trilogía original tenían esa cualidad terrenal, incluso cuando ocurrían en el espacio. Eran combates lentos, cargados de emoción, no coreografías acrobáticas.
Si Starfighter está volviendo a ese lenguaje visual, podría ser una señal de que Levy entiende algo fundamental: que los sables láser no son solo armas, son símbolos.
Y si hay un duelo, hay Jedi. No fantasmas. No hologramas. Jedi reales, activos, en un momento en que la Orden debería estar renaciendo bajo la tutela de Rey.
Eso cambia todo.
Después del fin: explorar lo desconocido
Starfighter se sitúa cinco años después de El ascenso de Skywalker. Es el primer largometraje que se atreve a mirar más allá de esa conclusión tan polémica.
Y eso, en sí mismo, es un acto de valentía narrativa.
Porque la trilogía secuela dejó muchas preguntas sin respuesta. ¿Qué significa reconstruir la Orden Jedi en una galaxia que apenas recuerda lo que fueron? ¿Cómo se entrena a nuevos Jedi cuando no quedan maestros?
¿Qué forma toma el lado oscuro cuando ya no hay Sith?
Ryan Gosling interpreta a un piloto. Pero en Star Wars, los pilotos excepcionales rara vez son solo pilotos.
Anakin, Luke, Poe… todos tenían algo más. La Fuerza fluye a través de quienes vuelan con instinto, no con cálculo.
El título mismo —Starfighter— sugiere que el personaje de Gosling no es un soldado cualquiera. Es alguien cuya identidad está ligada al acto de volar, de moverse entre las estrellas.
Quizá un Jedi que dejó la Orden. Quizá alguien que nunca supo que lo era.
Matt Smith y Mia Goth como villanos añaden otra capa. Smith tiene ese carisma oscuro que funcionaría perfectamente como un Jedi caído o un usuario del lado oscuro sin afiliación Sith.
Goth, por su parte, trae una intensidad inquietante que podría redefinir lo que significa ser un antagonista en Star Wars.
No necesitamos más emperadores. Necesitamos personajes que encarnen el conflicto de formas nuevas.
El magnetismo de la saga
Volvamos a Cruise. A Spielberg. A la idea de que estas figuras visiten un plató de Star Wars no por obligación, sino por curiosidad, por respeto, por ese algo indefinible que la saga sigue teniendo.
Me hace pensar en lo que Star Wars siempre ha sido: un espejo.
No solo de nuestras fantasías de aventura, sino de nuestras preguntas sobre el poder, la redención, la identidad. Cuando funciona bien, no es solo entretenimiento. Es mitología moderna.
Y la mitología no se consume, se experimenta.
Que Cruise rodara parte de un duelo no cambia la película. Pero sí dice algo sobre el proceso. Sobre cómo Levy está construyendo este mundo.
Con puertas abiertas. Con respeto por el legado. Con la confianza de que lo que están haciendo merece ser visto, incluso por quienes no necesitan estar ahí.
2027: el año del regreso
Starfighter llegará en 2027, coincidiendo con el 50 aniversario de la saga. Antes veremos The Mandalorian & Grogu, pero Starfighter será el verdadero evento.
La primera película que mira hacia adelante, no hacia atrás.
Y quizá eso sea lo que más necesita Star Wars ahora mismo. No más nostalgia. No más intentos de recrear lo que fue.
Sino la valentía de preguntar: ¿qué viene después? ¿Qué significa ser un Jedi cuando la galaxia ha olvidado lo que eso significaba?
¿Qué historias quedan por contar en un universo que creíamos agotado?
Hay algo poético en que Tom Cruise, el hombre que literalmente se cuelga de aviones por amor al cine, acabara detrás de una cámara rodando sables láser en el barro.
Como si el universo le recordara que, por muy alto que vueles, siempre hay algo más grande. Algo que trasciende a las personas que lo crean.
Star Wars es eso: una idea tan potente que sigue atrayendo a quienes entienden el poder de las historias bien contadas.
Y si Starfighter logra capturar aunque sea una fracción de esa magia —esa sensación de estar ante algo importante, algo que importa—, entonces quizá estemos ante el comienzo de una nueva era.
No una que borre lo anterior, sino una que lo honre mirando hacia adelante.
Porque al final, eso es lo que siempre ha hecho Star Wars: invitarnos a creer que el futuro, por incierto que sea, siempre merece la pena ser explorado.

