• La segunda temporada de A Knight of the Seven Kingdoms adaptará «The Sworn Sword» y nos llevará a Dorne, un territorio donde las reglas de Poniente se reescriben bajo otro sol.
• Lo verdaderamente subversivo de esta serie no es su escala reducida, sino su negativa a abandonar la perspectiva del que no tiene poder: una tecnología narrativa que cambia cómo entendemos el mundo.
• En una era de fantasía espectacular, esta historia elige la modestia como acto de resistencia, preguntándose qué significa el honor cuando nadie está mirando.
Hay algo casi radical en una cámara que se niega a elevarse. Pensadlo como un sistema de vigilancia invertido: mientras Game of Thrones y House of the Dragon nos han entrenado para saltar entre salones del trono y dragones que rediseñan geografías, A Knight of the Seven Kingdoms hace algo distinto. Se queda abajo. Con los pies en el barro, siguiendo a un caballero errante sin ejércitos ni algoritmos de poder, solo un escudero y un código moral que pesa más que cualquier armadura.
Me recuerda a esos relatos de ciencia ficción donde el cambio de perspectiva lo es todo. Como en Arrival, donde entender un lenguaje alienígena transforma tu percepción del tiempo. Aquí, ver Poniente desde abajo no es solo un truco narrativo. Es una forma de hackear el género.
Y ahora sabemos hacia dónde va esta historia. Dorne. Una palabra que en el universo de Martin funciona casi como un portal a otra dimensión del mismo mundo.
Dorne como experimento social
Ira Parker, el showrunner, ha confirmado que la segunda temporada adaptará «The Sworn Sword». Y sí, Dorne será el escenario. Pero Dorne nunca es solo un escenario.
En el universo de Martin, Dorne funciona como esos planetas de Star Trek donde una variable social cambia y todo lo demás se reorganiza alrededor. Aquí, las mujeres heredan igual que los hombres. El sol convierte el paisaje en algo casi marciano. La historia con los Targaryen dejó cicatrices que aún supuran.
Es un Poniente que opera con otro sistema operativo. Y eso encaja perfectamente con la estructura de estas historias: cada temporada, un nuevo territorio, una nueva lente para examinar las mismas preguntas sobre poder y lealtad.
Parker ha dejado claro que mantendrán esa perspectiva «desde abajo» que define la serie. Nada de saltar a consejos privados. Todo lo que vemos, lo vemos a través de los ojos de Dunk. Si algo importante ocurre fuera de su campo de visión, nos enteramos como él: tarde, de segunda mano, a veces demasiado tarde.
Es una restricción narrativa que se convierte en superpoder. Como esas películas de ciencia ficción que se imponen límites técnicos y descubren nuevas formas de contar.
La memoria como red descentralizada
Una de las cosas más interesantes que ha mencionado Parker es que personajes de la primera temporada podrían regresar. No como fan service, sino como algo orgánico.
Dunk viaja. Y en un mundo sin comunicaciones instantáneas, los caminos se cruzan de formas inesperadas. Es casi como una red social analógica: conexiones que persisten en el tiempo, que reaparecen cuando menos las esperas.
Me quedé pensando en cómo esto construye algo parecido a una memoria colectiva. En The Sworn Sword, Dunk ya no es el mismo que al principio de The Hedge Knight. Ha visto cosas. Ha tomado decisiones. Y reencontrarse con alguien del pasado funciona como un espejo que mide cuánto has cambiado.
No sabemos quiénes volverán. Pero la idea de que esta serie construya su propio ecosistema de personajes recurrentes, sin necesidad de cameos forzados de la saga principal, es prometedora.
El poder de la escala humana
Lo que hace especial a A Knight of the Seven Kingdoms no es solo que cuente una historia más pequeña. Es que entiende que la escala no determina la importancia.
Es lo que hace Andor con Star Wars. O lo que Her hace con la inteligencia artificial: convertir lo íntimo en universal. No necesitas batallas galácticas para hablar de sistemas de opresión. A veces, la historia más reveladora es la del tipo que intenta hacer lo correcto en un mundo que no está diseñado para ello.
Y Dorne, con toda su complejidad política y cultural, parece el laboratorio perfecto para ese experimento. Porque si hay un sitio en Poniente donde las certezas se desmoronan, es ahí.
Visualmente, también promete algo distinto. Frente a los verdes y grises del norte, Dorne es ocre, naranja, dorado. Es calor y arena. Un cambio de paleta que refleja un cambio de lógica interna.
Hacia el sur, hacia otras preguntas
Hay algo casi subversivo en una serie que elige la modestia como estrategia narrativa. En un momento donde cada producción de fantasía compite por ser más grande, más ruidosa, más espectacular, A Knight of the Seven Kingdoms hace lo contrario.
Se queda quieta. Observa. Escucha.
Y en ese silencio, encuentra algo que muchas veces se pierde en el estruendo: la pregunta de qué significa construir una identidad cuando el mundo te dice constantemente que no importas. De cómo se mide el honor cuando nadie lleva la cuenta. De qué vale más, un título heredado o una promesa elegida.
La segunda temporada aún no tiene fecha, pero ya sabemos hacia dónde va. Hacia el sur, hacia el calor, hacia un territorio donde las reglas cambian pero las preguntas persisten.
Me pregunto si esta apuesta por la perspectiva limitada, por la escala humana en un género de épica, no será la evolución que la fantasía necesita. No para reemplazar los dragones y las batallas, sino para recordarnos que incluso en mundos imposibles, lo que más importa sigue siendo cómo elegimos mirar.
Dunk y Egg seguirán caminando. Y nosotros, afortunadamente, seguiremos viendo el mundo a través de sus ojos. Desde abajo. Donde las cosas pesan de verdad.

