A Knight of the Seven Kingdoms nos lleva a Poniente un siglo antes de la Guerra de los Tronos

Una Poniente vista desde los márgenes: Duncan busca mérito en un sistema de linaje. Sin reyes ni dragones al centro, el poder se revela desde abajo.

✍🏻 Por Alex Reyna

enero 19, 2026

A Knight of the Seven Kingdoms nos lleva a Poniente un siglo antes de la Guerra de los Tronos, pero desde la mirada de quien no tiene poder: un caballero errante en un torneo donde convergen las grandes casas.

• Me fascina cómo esta serie plantea una pregunta sobre sistemas de poder: ¿qué valor tiene el mérito en un mundo diseñado para el linaje?

• Casas como Targaryen, Baratheon y Lannister aparecen aquí en versiones distintas, recordándonos que ninguna institución es monolítica ni eterna.


Hay algo profundamente atractivo en volver a un mundo conocido desde un ángulo completamente distinto.

No desde los tronos ni las salas del consejo, sino desde el barro y la incertidumbre de quien debe ganarse cada paso. A Knight of the Seven Kingdoms nos propone exactamente eso: una Poniente donde los dragones aún vuelan, pero la historia se cuenta desde los márgenes.

Desde un caballero sin casa ni escudo propio que busca un lugar en un sistema diseñado para excluirlo.

Lo interesante no es solo el cuándo —cien años antes de todo lo que vimos en Game of Thrones—, sino el cómo. Esta serie, basada en las novelas de George R.R. Martin, no se centra en reyes ni en conspiraciones que sacuden continentes. Se centra en Duncan, un caballero errante que llega a un torneo con la esperanza de que alguna casa noble le ofrezca un puesto.

Y en ese torneo, como en un microcosmos de Poniente, confluyen todas las casas, todos los símbolos, todas las tensiones que definirán el futuro del reino.

Es un planteamiento que me recuerda a lo que hace la mejor ciencia ficción: coger un sistema complejo y examinarlo desde abajo, desde la perspectiva de quien lo sufre en lugar de quien lo controla. Pensad en Blade Runner contada desde los ojos de un replicante, o en Dune vista desde un fremen cualquiera, no desde Paul Atreides.

Esa inversión de perspectiva lo cambia todo.

Las casas que regresan y las que descubrimos

Cuando hablamos de Game of Thrones, hablamos de casas.

De leones, lobos, dragones. De estandartes que representan no solo linajes, sino filosofías enteras sobre el poder, el honor y la supervivencia. A Knight of the Seven Kingdoms recupera algunas de esas casas, pero también nos presenta otras que apenas fueron mencionadas en la serie original.

Casa Targaryen es, como era de esperar, central. Martin nunca ha ocultado su fascinación por esta familia, y aquí promete mostrarnos una faceta distinta: un «príncipe Targaryen malvado», según se ha adelantado. No sabemos aún quién es ni qué papel jugará, pero la sola mención nos recuerda algo importante.

Los Targaryen, incluso en su apogeo, nunca fueron monolíticos.

Siempre hubo fisuras, ambiciones encontradas, locura y grandeza entrelazadas. Es un recordatorio de que ninguna institución —ni siquiera una dinastía con dragones— es inmune a la corrupción interna. Algo que cualquier estudiante de historia reconocerá al instante.

Casa Baratheon aparece encarnada en Ser Lyonel Baratheon, apodado la «Tormenta Risueña». Comparte con Robert Baratheon el apetito por la comida y la bebida, pero con un aire más salvaje, más descontrolado. Lyonel es uno de los primeros grandes señores en acoger a Duncan, y lleva una corona de cuernos de ciervo que simboliza el orgullo de su casa.

Hay algo casi mítico en esa imagen, como si Lyonel fuera más una fuerza de la naturaleza que un hombre.

Casa Lannister aparece, pero solo en banderas. El león dorado sobre rojo ondea en el primer episodio, pero ningún Lannister ha sido presentado aún. Es una presencia fantasmal, una promesa de intriga que aún no se ha cumplido.

Y eso, en cierto modo, es muy Lannister: estar ahí sin estar, influir sin mostrarse.

Entre las casas menores, destacan Casa Ashford como anfitriones del torneo, Casa Dondarrion en una versión menos honorable que la que conocimos, y Casa Fossoway, que nos presenta un conflicto interno entre primos que refleja las tensiones más amplias del reino.

También aparecen casas apenas mencionadas antes, como Casa Hardyng o Casa Cafferen, cuya mera presencia enriquece el tapiz del mundo sin necesidad de protagonismo.

Lo que dicen los símbolos

Siempre me ha fascinado cómo en el universo de Martin los símbolos no son solo decorativos.

Son declaraciones de intenciones, resúmenes de historias, promesas o amenazas. Un león no es solo un león: es poder, riqueza, astucia. Un lobo no es solo un lobo: es lealtad, familia, supervivencia.

En A Knight of the Seven Kingdoms, los símbolos cobran una dimensión distinta porque los vemos desde la perspectiva de alguien que no tiene ninguno.

Duncan es un caballero sin casa, sin escudo propio. Está rodeado de estandartes que representan siglos de historia, y él solo tiene su nombre y su espada. Esa tensión —entre el individuo y el sistema, entre el mérito y el linaje— es lo que hace que esta historia resuene.

Es una pregunta que trasciende la fantasía medieval.

¿Qué valor tiene el talento en un sistema diseñado para perpetuar el privilegio heredado? ¿Puede alguien sin conexiones, sin apellido, sin capital social, abrirse camino por puro mérito? Son preguntas que resuenan hoy tanto como en Poniente.

Porque al final, ¿qué es un caballero sin un estandarte? ¿Es menos valiente? ¿Menos honorable?

¿O es, quizá, más libre?

Duncan nos obliga a hacernos esas preguntas, y en un mundo tan obsesionado con los símbolos como Poniente, esas preguntas son revolucionarias.

Una mirada desde abajo

Lo que más me atrae de A Knight of the Seven Kingdoms no es solo el regreso a Poniente, sino el ángulo desde el que se cuenta.

Estamos acostumbrados a ver este mundo desde arriba: desde los castillos, desde las salas del trono, desde las mentes de quienes mueven los hilos. Aquí, en cambio, vemos el mundo desde abajo, desde la mirada de alguien que debe ganarse cada gesto de respeto.

Eso cambia todo.

Porque cuando ves el poder desde abajo, entiendes su peso de una manera distinta. Entiendes lo arbitrario que puede ser, lo frágil, lo injusto. Y también entiendes por qué la gente lucha por él, por qué lo defiende, por qué lo anhela.

Duncan no es un héroe en el sentido tradicional. No tiene un destino manifiesto, no es el elegido. Es solo un hombre que intenta sobrevivir en un mundo que no fue diseñado para él.

Y en eso, quizá, es el más humano de todos los personajes que hemos visto en este universo.

Me recuerda a algo que siempre me ha fascinado de la ciencia ficción: su capacidad para examinar sistemas de poder a través de metáforas. Star Trek lo hacía constantemente, usando especies alienígenas para hablar de racismo o imperialismo. Dune construyó toda una saga sobre la naturaleza del mesianismo y el peligro de los salvadores carismáticos.

Aquí, Martin usa la fantasía medieval para preguntarse algo similar: ¿cómo funciona realmente el poder? ¿Quién lo tiene, quién no, y por qué?

Y lo hace desde la perspectiva de alguien que está fuera del sistema mirando hacia dentro, intentando encontrar una grieta por donde colarse.


Volver a Poniente siempre es un riesgo.

Después de Game of Thrones, después de todo lo que esa serie significó y de cómo terminó, cualquier nueva incursión en ese mundo carga con expectativas imposibles. Pero A Knight of the Seven Kingdoms parece entender algo fundamental: que no se trata de repetir lo que ya vimos, sino de mostrarnos algo nuevo.

Y lo nuevo, aquí, no es solo el cuándo, sino el quién.

Duncan no es Ned Stark ni Daenerys Targaryen. Es alguien más pequeño, más vulnerable, más real. No tiene dragones ni ejércitos. Solo tiene su código personal y la esperanza de que eso sea suficiente.

Y quizá eso sea exactamente lo que necesitamos.

No más dragones que queman ciudades, no más conspiraciones que sacuden reinos. Solo un hombre, un torneo, y la pregunta eterna: ¿qué significa ser honorable en un mundo que no lo valora?

Si la serie logra responder esa pregunta con la misma profundidad con la que la plantea, entonces tendremos algo especial entre manos. Algo que, como las mejores historias de Martin —y como la mejor ciencia ficción—, nos hará pausar y pensar durante días.

Porque al final, las mejores historias no son las que nos muestran mundos imposibles, sino las que usan esos mundos imposibles para decirnos algo verdadero sobre el nuestro.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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