• Margot Robbie defiende que el cine debe hacerse pensando en el público que compra las entradas, no en los críticos ni en los premios.
• Una postura que me recuerda a los grandes maestros que siempre supieron que el cine es, ante todo, comunicación emocional.
• La actriz y productora valora especialmente el trabajo de Emerald Fennell por priorizar la experiencia del espectador sobre las ideas intelectuales.
Hay debates en el mundo del cine que resurgen cíclicamente, como olas que vuelven a la orilla una y otra vez. Uno de los más persistentes es aquel que enfrenta la creación artística con la recepción crítica, el arte con el entretenimiento, la sala oscura con la página de reseñas.
En una industria cada vez más obsesionada con las puntuaciones de Rotten Tomatoes y los premios de la temporada, resulta casi revolucionario escuchar a alguien defender lo evidente: que el cine se hace, ante todo, para quienes pagan su entrada.
Margot Robbie acaba de recordárnoslo con una claridad que merece aplauso. Y lo ha hecho sin aspavientos, sin manifiestos grandilocuentes, simplemente articulando lo que debería ser el principio fundamental de cualquier cineasta que se precie.
El público como brújula creativa
Durante una entrevista para GQ Australia junto a Jacob Elordi, Robbie expuso su filosofía con una franqueza poco habitual. «Siempre pienso en el público. Nunca, jamás he estado en un rodaje pensando ‘¿qué van a opinar los críticos de esto?'», declaró. «Me pregunto: ‘¿qué va a sentir el público ahora mismo? ¿Cuál va a ser su respuesta emocional?'»
Esta aproximación no es nueva en la historia del cine. Los grandes maestros del entretenimiento popular —desde Hitchcock hasta Spielberg— siempre han sido ingenieros de emociones, arquitectos de experiencias diseñadas milimétricamente para provocar una reacción específica en la sala.
Recuerdo cuando descubrí a Hitchcock en aquellos foros de cinéfilos de los 90: ya entonces entendíamos que el maestro del suspense nunca perdió de vista a su público. Pensemos en la secuencia de la ducha en Psicosis. Cada corte, cada ángulo, cada nota de Bernard Herrmann calculados para provocar terror visceral. Eso es respeto al espectador, no condescendencia.
Lo interesante del caso de Robbie es que no se trata únicamente de una actriz expresando una opinión. Como productora, ha respaldado esta filosofía con hechos concretos, apoyando los tres largometrajes de Emerald Fennell: Una joven prometedora, Saltburn y la reciente Cumbres borrascosas.
Fennell y la primacía de la emoción
La colaboración entre Robbie y Fennell resulta particularmente reveladora. Según la actriz, lo que más valora de la directora británica es su disposición a sacrificar ideas brillantes en favor de opciones que resulten más emocionantes para el espectador.
«Es muy inteligente. Tiene ideas magníficas, pero dejará que una idea genial se quede en el camino si la otra opción va a resultar más estimulante para el público», explicó Robbie.
Este enfoque —priorizar la experiencia emocional sobre el concepto intelectual— es precisamente lo que ha convertido las películas de Fennell en fenómenos polarizadores. Tanto Una joven prometedora como Saltburn dividieron a críticos y espectadores por igual, generando debates apasionados.
Porque ahí reside el quid de la cuestión. Una película que deja indiferente ha fracasado, independientemente de su corrección formal o su sofisticación narrativa. El cine nació como espectáculo popular, como entretenimiento de feria, y aunque haya alcanzado las más altas cotas artísticas, nunca debería olvidar que su esencia es la comunicación directa.
La vulnerabilidad del artista
La postura de Robbie contrasta notablemente con la que expresó Jennifer Lawrence en una entrevista para la revista V. Lawrence confesó la ansiedad que le produce cada estreno, el miedo al rechazo, el peso emocional de las críticas negativas incluso cuando cree firmemente en el proyecto.
Es una perspectiva igualmente válida, que revela la vulnerabilidad inherente al acto creativo. Ambas visiones no son necesariamente contradictorias.
Lawrence habla desde la fragilidad del artista que expone su trabajo al mundo; Robbie desde la convicción del artesano que conoce su oficio y confía en su criterio. Quizá la diferencia radica en el foco: Lawrence mira hacia fuera, hacia la recepción; Robbie mira hacia dentro, hacia el proceso creativo mismo.
El cine como pacto con el espectador
Hacer películas «para el público» no significa subestimar su inteligencia ni conformarse con fórmulas vacías. Significa, simplemente, recordar que el cine es un arte de comunicación, no de soliloquio.
Los grandes cineastas siempre han entendido esto. Kurosawa hacía películas profundamente humanistas que conectaban con audiencias de todo el mundo. Wilder construía comedias brillantes que funcionaban tanto como entretenimiento popular como sátira social afilada.
Pensemos en El apartamento. Wilder nos hace reír con Jack Lemmon prestando su piso para las aventuras extramatrimoniales de sus jefes, pero simultáneamente nos está hablando de soledad, de compromiso moral, de dignidad humana. Eso es cine inteligente que respeta al espectador.
El problema surge cuando se confunde «pensar en el público» con «condescender al público». Son cosas radicalmente distintas. Lo primero es respeto; lo segundo, desprecio disfrazado.
Y aquí es donde el cine contemporáneo falla con demasiada frecuencia. Los blockbusters algorítmicos, diseñados por comités y enfocados a grupos demográficos, no piensan en el público: lo tratan como dato estadístico. No hay nada más alejado de la filosofía que defiende Robbie.
En una época en la que el discurso cinematográfico parece cada vez más fragmentado entre el cine de autor hermético y el blockbuster vacío, las palabras de Margot Robbie suenan a sentido común.
Hacer películas para quienes compran las entradas no es populismo barato; es honestidad profesional. Es reconocer que el cine, antes que cualquier otra cosa, es un pacto entre quien cuenta una historia y quien la recibe.
Quizá deberíamos recuperar esa idea fundamental: que una sala de cine no es un aula ni un tribunal, sino un espacio de experiencia compartida. Que el éxito de una película no se mide únicamente en premios o críticas favorables, sino en su capacidad para hacer sentir algo a quienes la ven.
Porque al final, cuando se apagan las luces y comienza la proyección, lo único que importa es lo que sucede entre la pantalla y el corazón del espectador. Todo lo demás es ruido.

