• James Cameron se opone públicamente a que Netflix compre Warner Bros. Discovery, argumentando que el modelo de streaming es incompatible con el futuro de las salas de cine.
• Netflix promete una ventana teatral de 45 días, pero su historial dice lo contrario: apenas un puñado de estrenos en cines durante toda su existencia.
• Este conflicto va más allá de lo corporativo: es una batalla por definir si Hollywood seguirá siendo una industria de experiencias colectivas o una fábrica de contenido para sofás.
Cuando James Cameron habla, la industria escucha. Y cuando el director de Titanic y Avatar se opone frontalmente a un acuerdo multimillonario, conviene prestar atención a los números que hay detrás.
El 10 de febrero, Cameron envió una carta al senador Mike Lee expresando su rotunda oposición a la adquisición de Warner Bros. Discovery por parte de Netflix. Nada de diplomacia corporativa: «La venta propuesta será desastrosa para el negocio cinematográfico al que he dedicado el trabajo de mi vida».
Para alguien con 44 años de carrera construida sobre estrenos teatrales masivos, esto no es retórica vacía. Es defensa propia con datos en la mano.
El argumento de Cameron es sencillo pero contundente: Netflix y las salas de cine son incompatibles por naturaleza. La plataforma promete una ventana teatral de 45 días para las películas de Warner Bros. si el acuerdo se cierra.
Suena bien sobre el papel. El problema es que los números cuentan otra historia.
Netflix ha realizado apenas un puñado de estrenos teatrales en toda su historia. Normalmente en un número simbólico de salas y principalmente para cumplir con los requisitos de los Oscar. Cuando lo han hecho, ha sido bajo presión de cineastas prestigiosos que lo exigían como condición.
Cameron señala además que se habían reportado previamente ventanas de 17 días, no 45. ¿Qué versión es la real? Y más importante: «¿Qué organismo administrativo les exigirá responsabilidades si poco a poco abandonan su supuesto compromiso con los estrenos teatrales?».
Es una pregunta incómoda que nadie en Netflix parece querer responder con claridad.
El historial de Ted Sarandos, co-CEO de Netflix, tampoco ayuda. Cameron menciona declaraciones pasadas de Sarandos describiendo las salas de cine como «anticuadas» y «obsoletas». Difícil creer en un compromiso teatral cuando tu filosofía empresarial considera los cines como reliquias del pasado.
Los datos son claros. Netflix ha construido un imperio valorado en más de 300.000 millones de dólares basándose en un modelo diametralmente opuesto al teatral: contenido directo a casa, sin intermediarios, sin ventanas de distribución.
Pedirles ahora que cambien su ADN corporativo es como pedirle a un pez que aprenda a volar. Y los peces, por muy bien que naden, no suelen desarrollar alas.
La respuesta de Sarandos llegó rápido. Reiteró el compromiso con la ventana de 45 días y afirmó haberlo jurado bajo juramento ante el Subcomité del Senado sobre Antimonopolio. También expresó su sorpresa por la intervención de Cameron, sugiriendo que el director estaba participando en una «campaña de desinformación de Paramount».
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Paramount también está pujando por Warner Bros., así que Sarandos insinúa que Cameron está haciendo el trabajo sucio de un competidor. Negó rotundamente haber mencionado jamás una ventana de 17 días.
Alguien está mintiendo, o al menos tergiversando la verdad. Y desentrañar quién es más difícil que predecir la taquilla de una secuela.
Cuando analizo estos conflictos, siempre miro tres indicadores: historial, incentivos y números reales. Y los tres apuntan en la misma dirección.
Historial: Netflix ha tenido años para demostrar su compromiso con las salas y ha elegido sistemáticamente no hacerlo. Cuando Glass Onion tuvo un estreno teatral limitado en 2022, recaudó 15 millones de dólares en apenas 700 salas durante una semana.
Los analistas estimaron que podría haber generado más de 100 millones con un estreno tradicional. Netflix dejó 85 millones sobre la mesa deliberadamente porque no encajaba con su modelo de negocio.
Incentivos: Netflix ha optimizado cada aspecto de su operación para maximizar suscriptores y tiempo de visualización en su plataforma. Introducir ventanas teatrales significativas va contra esa optimización. ¿Por qué cambiarían ahora?
Números reales: Las películas de Cameron no son solo productos de entretenimiento; son eventos culturales diseñados para la experiencia colectiva. Avatar: El sentido del agua recaudó más de 2.300 millones de dólares en taquilla mundial. Esos números no existen en streaming, donde el éxito se mide en «horas vistas» y otros indicadores opacos que las plataformas manipulan a conveniencia.
Este enfrentamiento es, en el fondo, una batalla por el alma de Hollywood. ¿Seguirá siendo una industria que crea experiencias compartidas en salas de cine, o se convertirá definitivamente en una fábrica de contenido para consumo individual?
Los propietarios de salas tampoco se creen las promesas de Netflix. Han visto cómo la plataforma ha tratado históricamente la exhibición teatral: como un mal necesario para conseguir estatuillas doradas, no como un fin en sí mismo.
Las promesas corporativas son baratas; los modelos de negocio son persistentes. Netflix nos ha mostrado durante años que su futuro no incluye salas oscuras llenas de espectadores.
Cameron tiene razón en sonar la alarma. Porque cuando alguien te muestra quién es durante años, créele. Y una vez que se cierre este trato, no habrá vuelta atrás.

