• Marty Supreme ha igualado el récord histórico de los BAFTA con once nominaciones y ningún premio, uniéndose a Women in Love (1969) y Finding Neverland (2004).
• La derrota de Timothée Chalamet frente a Robert Aramayo resulta especialmente desconcertante tras sus recientes triunfos en los Critics Choice y los Globos de Oro.
• La historia del cine nos recuerda que los BAFTA no siempre predicen el destino final: Moonlight no ganó ninguno y se alzó con el Oscar a mejor película.
Hay noches en la historia del cine que quedan grabadas no por lo que se consigue, sino por lo que se pierde. El pasado 22 de febrero, Marty Supreme, la última propuesta de Josh Safdie con Timothée Chalamet como protagonista, entró en los anales de los premios BAFTA de la manera más dolorosa posible: once nominaciones, cero victorias.
Un pleno absoluto que solo comparten otras dos películas en más de siete décadas de historia de estos galardones británicos.
Para quienes seguimos el circuito de premios con atención, esta debacle resulta tan fascinante como inquietante. No se trata simplemente de una derrota: es un fenómeno estadístico que nos obliga a reflexionar sobre la naturaleza caprichosa de estos certámenes.
El film de Safdie llegaba a la ceremonia de los BAFTA con un impulso considerable. Chalamet había conquistado tanto a los Critics Choice como a los Globos de Oro con su interpretación, y la película de A24 parecía posicionarse como una de las favoritas de la temporada.
Once nominaciones no son poca cosa: mejor película, director, actor principal, actriz de reparto (Odessa A’zion), casting, guion original, diseño de producción, fotografía, vestuario, montaje y maquillaje y peluquería. Un reconocimiento transversal que abarcaba prácticamente todos los aspectos del oficio cinematográfico.
Sin embargo, la noche deparó una sorpresa tras otra.
La más sonada fue, sin duda, la derrota de Chalamet en la categoría de actor principal frente a Robert Aramayo por I Swear. Tras haber visto al joven actor francés-estadounidense consolidarse como uno de los intérpretes más interesantes de su generación, resulta desconcertante que la Academia Británica optase por otro camino.
No es que Aramayo no merezca reconocimiento, pero el timing de esta decisión, justo cuando Chalamet parecía imparable, añade una capa de perplejidad al asunto.
Josh Safdie, por su parte, ostentaba el dudoso honor de ser el individuo más nominado de la noche con cuatro menciones: director, coproductor, coguionista y coeditor. Cuatro oportunidades de subir al escenario que se desvanecieron una tras otra.
Hay algo casi trágico en esta acumulación de derrotas, un recordatorio de que en el cine, como en la vida, el talento y el reconocimiento no siempre caminan de la mano.
El récord que ahora comparte Marty Supreme tiene precedentes ilustres. Women in Love, la adaptación de Ken Russell de la novela de D.H. Lawrence en 1969, fue la primera en alcanzar esta marca. Le siguió Finding Neverland en 2004, el drama de Marc Forster sobre J.M. Barrie protagonizado por Johnny Depp.
Ambas películas, curiosamente, lograron al menos un Oscar pese a su fracaso británico, lo que sugiere que los BAFTA y la Academia de Hollywood no siempre comparten criterios.
Y aquí es donde la historia nos ofrece un atisbo de esperanza para los seguidores de Safdie. Los precedentes recientes demuestran que una noche desastrosa en los BAFTA no tiene por qué ser definitiva.
Everything Everywhere All at Once apenas se llevó un galardón británico en 2022 antes de arrasar en los Oscar con siete estatuillas, incluida la de mejor película. Más revelador aún es el caso de Moonlight en 2016: cero BAFTA, y sin embargo protagonizó uno de los momentos más memorables de la historia de los Oscar al arrebatar el premio máximo.
Estos ejemplos nos recuerdan algo fundamental: el cine no se reduce a una competición de popularidad entre academias. La Academia Británica tiene sus propios sesgos, sus propias preferencias estéticas, y no siempre coinciden con las de sus homólogos estadounidenses.
Los BAFTA tienden a favorecer cierto tipo de narrativa, cierta solemnidad británica que no siempre conecta con propuestas más arriesgadas o idiosincráticas.
Marty Supreme mantiene nueve nominaciones a los Oscar, un número nada desdeñable que la mantiene en la conversación. La votación final de la Academia se extiende del 26 de febrero al 5 de marzo, y la ceremonia está programada para el 15 de marzo, con Conan O’Brien como maestro de ceremonias.
Queda, por tanto, tiempo suficiente para que la narrativa cambie, para que los votantes estadounidenses vean en la película lo que sus colegas británicos no supieron apreciar.
Lo que esta noche de los BAFTA nos enseña, una vez más, es que el cine como arte y el cine como industria de premios son dos bestias completamente distintas. Una película puede ser extraordinaria y no ganar nada; puede ser mediocre y arrasar.
Los galardones miden consenso, política, timing y campañas tanto como miden calidad cinematográfica.
Safdie y su equipo han creado una obra que claramente ha resonado lo suficiente como para acumular veinte nominaciones entre BAFTA y Oscar. Eso, en sí mismo, ya es un logro considerable.
Ahora solo queda esperar al 15 de marzo para descubrir si Marty Supreme seguirá los pasos de Women in Love y Finding Neverland con al menos un Oscar, o si emulará el triunfo inesperado de Moonlight.
Mientras tanto, este récord de once derrotas quedará como una curiosa nota al pie en la historia de una temporada de premios que, como siempre, nos recuerda que en el cine, como decía Billy Wilder, nadie sabe nada.

