• Timothée Chalamet anticipa que «Dune: Parte Tres» será la entrega más inquietante de la trilogía, con una libertad creativa sin precedentes para cerrar el arco de Paul Atreides.
• La aproximación teatral de Oscar Isaac en la primera película le mostró que el futurismo no exige realismo, sino verdad emocional dentro de su propia lógica.
• Cuando la ciencia ficción se atreve a incomodar en lugar de solo espectacularizar, es cuando más cerca está de decirnos algo verdadero sobre nosotros mismos.
Hay algo fascinante en ver cómo un actor crece dentro de un universo cinematográfico. No hablo solo de madurez interpretativa, sino de esa transformación más profunda: cuando alguien deja de sentirse intimidado por la escala de lo que está contando y empieza a habitarlo con plena libertad.
Es el momento en que el intérprete y el personaje se funden. Cuando las limitaciones técnicas dejan de ser muros y se convierten en herramientas.
Timothée Chalamet acaba de darnos una ventana a ese proceso. En una conversación reciente con Matthew McConaughey, el actor que da vida a Paul Atreides nos ha adelantado que «Dune: Parte Tres» será «la más inquietante» de la trilogía. Y no solo eso: la describe como «un gran salto».
Palabras que, viniendo de alguien que ha navegado el desierto de Arrakis durante tres películas, merecen que nos detengamos a pensar qué significan realmente.
El peso de lo épico y la libertad del movimiento
Cuando Chalamet llegó al primer «Dune», venía de territorios completamente distintos. Películas como «Call Me by Your Name» o «Beautiful Boy» le habían situado en espacios íntimos, naturalistas, donde la cámara busca la verdad en el gesto mínimo.
De repente, se encontró en medio del futurismo masivo de Denis Villeneuve. Rodeado de ornithópteros, trajes destiladores y el peso conceptual de una de las obras de ciencia ficción más densas jamás escritas.
Es comprensible que sintiera intimidación. El salto de escala no es solo técnico, es filosófico.
En «Dune» no estás interpretando a una persona, estás encarnando una idea: el mesías, el colonizador, el salvador que también es destructor. Es Shakespeare en el espacio, mitología disfrazada de ópera espacial.
Pero algo cambió. Chalamet menciona que la aproximación shakespeariana de Oscar Isaac al interpretar a Leto Atreides en la primera película le abrió una puerta.
Isaac no intentó hacer realismo en un mundo irreal. Abrazó la teatralidad, la grandeza del gesto, la poesía del diálogo.
Y eso, dice Chalamet, le dio permiso para tomar «más autonomía que nunca» en esta tercera entrega.
La tecnología como coreografía
Hay un detalle técnico que me parece revelador. Chalamet habla de las secuencias con el ornithóptero, esas naves-insecto que son pura biomecánica visual.
En la primera película, tuvo que aprender sobre la marcha. Para la tercera, estudió cada elemento del panel de control, inventó sus propias interacciones dinámicas con la tecnología.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Es la diferencia entre actuar en un mundo y actuar con un mundo.
En la ciencia ficción, la tecnología no es atrezzo: es lenguaje. Cada botón, cada palanca, cada gesto con un dispositivo futurista está diciendo algo sobre cómo esa sociedad se relaciona con el poder, con el control, con la supervivencia.
Me recuerda a cómo en «Blade Runner» los gestos con los controles del spinner no son solo funcionales: son rituales. O cómo en «Arrival», Amy Adams no solo aprende un idioma alienígena, sino que su cuerpo entero cambia al hacerlo.
La ciencia ficción bien hecha entiende que el futuro no es solo lo que vemos, sino cómo nos movemos en él.
El momentum de la intensidad
Chalamet reconoce que llegó a «Dune: Parte Tres» con un impulso especial. Venía de dos nominaciones al Oscar por «Marty Supreme» y «A Complete Unknown», y sabía que esta sería su última película en el universo de Arrakis.
Esa conciencia de cierre, dice, le hizo tratar cada momento como sagrado.
Es interesante pensar en cómo el contexto externo alimenta la interpretación interna. Paul Atreides también está llegando al final de su arco, al punto donde todas las visiones, todas las profecías, convergen en una realidad inevitable.
Actor y personaje caminan hacia el mismo precipicio, cada uno consciente de que no habrá vuelta atrás.
Y luego está esa frase: «la más inquietante». No «la más épica» o «la más espectacular». Inquietante.
Es una palabra que habla de incomodidad, de algo que se mete bajo la piel y no te deja tranquilo. En el contexto de «Dune», donde la segunda parte ya nos mostró el lado oscuro del mesianismo, donde vimos a Paul convertirse en aquello que temía, esa palabra cobra un peso especial.
El gran salto
Chalamet compara esta tercera entrega con películas como «Interstellar», «The Dark Knight» o «Apocalypse Now». Películas que, dentro de su espectáculo y su escala, se atrevieron a incorporar elementos inesperados.
Riesgos narrativos que podían haber descarrilado todo pero que, en cambio, las elevaron.
Es una comparación ambiciosa, pero no descabellada. «Dune Messiah», el libro en el que presumiblemente se basa esta tercera parte, es precisamente eso: un giro radical.
Donde la primera novela era el viaje del héroe, la segunda es su deconstrucción. Es Frank Herbert diciéndonos: «¿Queríais un mesías? Pues aquí tenéis las consecuencias».
Villeneuve ya demostró en «Dune: Parte Dos» que no tiene miedo de ir a lugares oscuros. La escena del genocidio Harkonnen, la transformación de Paul en líder fanático, la mirada de horror de Chani al ver lo que se ha desatado…
No son momentos cómodos. Son necesarios.
Si la tercera parte va más allá, si realmente es «un gran salto», entonces estamos hablando de algo más que el cierre de una trilogía. Estamos hablando de una obra que se atreve a cuestionar las bases mismas del género al que pertenece.
La libertad en el último acto
Hay algo liberador en saber que es el final. Chalamet lo menciona: el margen de maniobra, la capacidad de elección.
Cuando ya no tienes que preocuparte por dejar puertas abiertas, por preparar el terreno para lo que viene, puedes simplemente ser.
Es el mismo principio que hace que las últimas temporadas de grandes series a veces sean las mejores, cuando los creadores saben que es el final y actúan en consecuencia. O por qué «Logan» funcionó tan bien: porque era el adiós, y los adioses permiten una honestidad brutal.
En ciencia ficción, esa autonomía es aún más potente. Porque el género siempre ha sido una excusa para hablar del presente disfrazándolo de futuro.
Si «Dune: Parte Tres» es realmente inquietante, si realmente da ese salto, será porque nos está diciendo algo incómodo sobre nosotros mismos. Sobre el poder, sobre la fe, sobre cómo construimos y destruimos a nuestros líderes.
Diciembre parece muy lejos, pero también peligrosamente cerca.
Hay algo poético en que esta trilogía, que comenzó con la llegada de Paul a un planeta desértico y hostil, termine con el actor que lo interpreta sintiendo que ha encontrado su hogar creativo en ese mismo desierto.
La intimidación inicial transformada en espacio para experimentar. El miedo al futurismo convertido en dominio del lenguaje visual y corporal de ese futuro.
«La más inquietante», dice Chalamet. Y yo, que pausé «Arrival» para apuntar frases y me quedé días pensando en «Her», ya estoy preparándome para hacer lo mismo.
Porque cuando la ciencia ficción se atreve a ser inquietante, cuando da ese gran salto sin red, es cuando más cerca está de decirnos algo verdadero. Y la verdad, en el desierto o en la pantalla, siempre ha sido incómoda.

