Tres películas de dinosaurios que Jurassic Park no quiere que conozcas

Más allá del universo Jurassic Park hay al menos tres películas sobre dinosaurios que merecen una mirada atenta: 65, En tierra de dinosaurios y la reciente The End of Oak Street. Ninguna es perfecta. Las tres son más interesantes que el promedio de la franquicia.

✍🏻 Por Tomas Velarde

agosto 24, 2026
  • Más allá del omnipresente universo de Jurassic Park, hay al menos tres películas sobre dinosaurios que reclaman una mirada atenta: 65 (2023), En tierra de dinosaurios (1988) y la reciente The End of Oak Street (2026).

  • La franquicia Jurassic World sigue siendo un coloso de taquilla —Jurassic World: Rebirth rondó los 870 millones de dólares en 2025—, pero su evidente agotamiento narrativo ha dejado espacio a propuestas con mayor ambición conceptual.

  • The End of Oak Street, dirigida por David Robert Mitchell, es la apuesta más reciente y quizás la más arriesgada: un barrio suburbano de los ochenta arrancado de cuajo y arrojado a la era prehistórica.


Hay géneros cinematográficos que, como ciertos dinosaurios, sobreviven contra todo pronóstico. El cine de saurios lleva más de treinta años resistiendo en las pantallas, sostenido casi en su totalidad por una franquicia que Spielberg puso en marcha en 1993 con una precisión narrativa que pocos han igualado desde entonces. Aún recuerdo la primera vez que vi Jurassic Park en el cine —ese plano del vaso de agua vibrando antes de la aparición del T-Rex sigue siendo, para mí, una de las lecciones más elegantes de tensión que ha dado Hollywood—. Sin embargo, incluso los mejores ecosistemas terminan por saturarse.

Lo verdaderamente interesante es que, en los márgenes de ese territorio dominado por logotipos y secuelas, han ido germinando otras propuestas que merecen ser rescatadas de la penumbra. No todas aspiran a la categoría de obra maestra —seré honesto—, pero en cada una de ellas hay un elemento, una idea o una decisión de puesta en escena que justifica el visionado. A continuación, tres películas de dinosaurios que no llevan el apellido Jurassic y que, por razones muy distintas, merecen un lugar en la conversación.


65 (2023)

Adam Driver como Mills en la película de dinosaurios 65 (2023)

Adam Driver es uno de los intérpretes más interesantes de su generación. Basta recordar su trabajo en Marriage Story o en ciertos pasajes de BlacKkKlansman para comprender que estamos ante un actor capaz de sostener una película con la mirada. En 65 se enfrenta a un material que, en otras manos, habría resultado por completo intercambiable.

La premisa es sencilla pero inteligente: un piloto espacial sufre un accidente y aterriza en lo que parece ser un planeta hostil, poblado de criaturas prehistóricas. El giro —que la cinta no tarda demasiado en revelar— es que ese planeta es la Tierra, hace 65 millones de años. Solo Driver y una joven superviviente, interpretada por Ariana Greenblatt, quedan con vida.

Lo que distingue a 65 de los productos habituales es precisamente esa soledad radical. No hay civilización de rescate, no hay laboratorio, no hay multimillonario excéntrico que haya traído a los monstruos al mundo moderno. Hay dos personas y un planeta que no las quiere.

La película toma prestado un recurso que el propio Spielberg conocía bien, el de El planeta de los simios: diseño futurista, entorno aparentemente alienígena y la revelación de que estamos en el pasado más remoto de nuestra historia. No es una obra perfecta —hay momentos en que la acción se impone sobre la emoción con demasiada facilidad—, pero su apuesta por el aislamiento y la desesperanza la sitúa en un terreno más honesto que el de la mayoría de sus contemporáneas.


En tierra de dinosaurios (The Land Before Time, 1988)

Littlefoot y sus amigos en la película animada En tierra de dinosaurios (1988)

Antes de que los saurios digitales de ILM transformaran para siempre nuestra percepción de estos animales en pantalla, Don Bluth firmó en 1988 una pequeña joya de animación en dos dimensiones que sigue emocionando décadas después. Hay algo en la animación clásica —en esa economía de medios que obliga a que cada gesto cuente— que los grandes estudios actuales parecen haber olvidado por completo.

En tierra de dinosaurios sigue a un grupo de crías encabezado por Piecito, un pequeño apatosaurio, en su viaje hacia el Gran Valle, un lugar seguro lejos de los depredadores y de la tierra yerma. Es una historia de supervivencia, sí, pero también de duelo, de amistad y de la búsqueda de un hogar.

La animación, aunque modesta comparada con lo que vendría después, posee una calidez expresiva que el CGI rara vez consigue replicar. Los personajes se mueven con peso emocional, no solo físico. Y la película no teme abordar asuntos duros —la pérdida de la madre de Piecito es una de las escenas más desgarradoras de la animación de aquella década— con una franqueza que habría celebrado cualquier buen narrador.

Es una obra que no caduca porque su motor no son los efectos, sino los personajes. Y eso, en el fondo, es lo que separa el cine que perdura del espectáculo que se olvida al abandonar la sala.


The End of Oak Street (2026)

Ewan McGregor junto al director David Robert Mitchell y el actor Christian Convery en el rodaje de The End of Oak Street

La más reciente de las tres recupera una idea que Spielberg ya apuntó de pasada en El mundo perdido (1997) —el dinosaurio en el entorno urbano, aquel memorable plano del T-Rex deambulando por San Diego— y la lleva a una escala más íntima y doméstica.

El planteamiento es el siguiente: una familia de un barrio residencial, ambientado en 1982, descubre que su vecindario ha sido trasladado de forma inexplicable a la era prehistórica. Rodeados de saurios y sin posibilidad inmediata de huida, los protagonistas —interpretados por Anne Hathaway y Ewan McGregor— deben sobrevivir y encontrar el modo de regresar a su tiempo.

La dirección corre a cargo de David Robert Mitchell, responsable de It Follows, y ese dato conviene subrayarlo. Mitchell es un cineasta que entiende como pocos el poder del fuera de campo: en It Follows, la amenaza no residía en lo que se mostraba, sino en ese travelling lento y circular que obligaba al espectador a escrutar el fondo del plano en busca de una figura que quizás ya estaba allí. Si traslada esa gramática del suspense —la calma suburbana convertida en trampa, el peligro insinuado antes que exhibido— al terreno prehistórico, The End of Oak Street podría funcionar como un cruce feliz entre Spielberg y Joe Dante.

La ambientación ochentera y la elección del barrio residencial como escenario aportan una dimensión nostálgica que este cine rara vez explota con inteligencia. Con un metraje contenido de unos 100 minutos —lejos de los excesos a los que nos tienen acostumbradas las producciones actuales—, se estrenó en agosto de 2026 y representa, al menos sobre el papel, una de las apuestas más originales que ha dado el cine de saurios en mucho tiempo. Habrá que verla para confirmarlo, pero la premisa y el nombre tras la cámara invitan al optimismo.


El cine de dinosaurios no es, ni de lejos, el territorio donde busco mis películas de cabecera. Mis noches de sala suelen terminar con Bergman, con Wilder, con el encuadre milimétrico de Kubrick. Pero hay algo valioso en explorar los márgenes de cualquier corriente, en preguntarse qué existe más allá del título dominante. Y estas tres películas demuestran que el espacio que Jurassic Park no ocupa puede llenarse, en ocasiones, con ideas genuinas y con oficio real.

No pido que nadie elija 65 o En tierra de dinosaurios por encima de Vértigo o El séptimo sello. Pero sí pido que el espectador exigente no condene un género entero por culpa de sus entregas más vacías. El buen cine, ya lo decía Wilder, es el que te hace olvidar que estás sentado en una butaca. Y si un dinosaurio animado de 1988 lo consigue, algo estará haciendo muy bien.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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