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Brad Pitt defiende que la inteligencia artificial, usada como herramienta, puede devolver la viabilidad a las películas con presupuestos de entre 40 y 90 millones de dólares.• El actor lleva dos décadas exigiendo por contrato la propiedad y destrucción de todos sus escaneos corporales por motivos de privacidad.• The Adventures of Cliff Booth, secuela espiritual de Érase una vez en… Hollywood, no la dirigirá Tarantino sino David Fincher.
💬 Mi opinión: Lo más valioso de las palabras de Pitt no es que apoye la IA sin condiciones, sino que distingue con lucidez entre usarla como herramienta técnica y permitir que suplante la creatividad humana, un matiz que el debate público lleva demasiado tiempo pasando por alto.
📊 Contexto que importa: El segmento de presupuesto medio es el gran damnificado de la polarización del mercado: los estudios apuestan por franquicias de cientos de millones o por proyectos de bajo coste, y dejan un agujero enorme en el centro que los datos llevan años reflejando.
Hay una cifra que siempre me llama la atención cuando me pongo a bucear en el mercado cinematográfico global: en los años noventa, las películas con presupuestos de entre 40 y 90 millones de dólares eran la columna vertebral de los estudios. Hoy son prácticamente una especie protegida.
Para que nos hagamos una idea: a comienzos de la década pasada, aproximadamente un tercio de los grandes estrenos de Hollywood se movía en esa horquilla de presupuesto medio. En los últimos años esa proporción se ha desplomado, mientras los tanques de más de 200 millones acaparaban la mayor parte de la cuota de mercado y la taquilla global. No es el tipo de dato que copa portadas, pero es uno de los más reveladores sobre el estado de salud del cine comercial.
Entre los blockbusters de nueve cifras y las apuestas de bajo coste, hay una categoría entera de películas que se ha quedado sin oxígeno. Y lo curioso es que la solución podría venir de donde menos se esperaba. Quien la propone no es un ejecutivo de Silicon Valley ni un gurú tecnológico con sudadera, sino Brad Pitt, en una entrevista para Esquire que da bastante más juego del que aparenta a primera vista.
Pitt fue directo al grano: «Hay mucho rechazo hacia la IA, pero la IA va a ser precisamente lo que, usada como herramienta, va a ayudar a que estas películas de entre 40 y 90 millones de dólares se hagan.» Una afirmación que, viniendo de una estrella de su calibre, tiene un peso específico considerable.
Y la lógica es sólida. Los efectos visuales son uno de los principales factores que disparan los costes de producción. Si la IA puede rebajar esa factura de forma significativa, las películas de presupuesto medio recuperan viabilidad económica. La ecuación es sencilla: menos gasto en VFX, más margen para que el estudio asuma el riesgo. Y cuando los márgenes mejoran, las películas se hacen. Así funciona esto.
Ahora bien, Pitt no es un entusiasta sin matices. Cuando la conversación se desplaza hacia la posibilidad de que la IA reproduzca su propia actuación, el tono cambia. «Depende de quién lo esté creando. Quién está detrás, quién cuenta la historia… Podrían hacerlo, pero el producto final quizás no reflejaría mis elecciones ni lo que descubrí durante el proceso.»

Ahí está la clave. Pitt distingue entre la IA como herramienta técnica, que reduce costes y agiliza la producción, y la IA como sustituto creativo, que vacía de sentido la labor del intérprete. Es una distinción que en el debate público sobre IA y entretenimiento se pierde con demasiada frecuencia.
El escáner corporal: veinte años de precaución
Hay un detalle en la entrevista que me parece especialmente revelador desde el punto de vista industrial. Pitt lleva dos décadas siendo escaneado corporalmente, una práctica habitual para efectos de rejuvenecimiento digital, escenas de acción y dobles de riesgo. Lo que no es tan habitual es que haya exigido por contrato la propiedad y destrucción de todos esos escaneos.
Es decir, mientras la industria normalizaba el body scanning como parte rutinaria del proceso, Pitt ya intuía que esos datos podían convertirse en un problema. «Debería haberlos guardado», bromeó. Y uno casi le imagina calculando cuánto valdría hoy en el mercado un Brad Pitt digital de repuesto. Pero, bromas aparte, su cautela refleja una preocupación que ahora toda la industria empieza a tomarse en serio.
Cuando la IA hace música, pero le falta alma
Otro fragmento interesante es su experiencia escuchando una canción generada por inteligencia artificial. Pitt admitió que le impresionó musicalmente, pero apuntó a algo que a mí me resulta muy familiar cuando analizo por qué unas películas conectan y otras no: la IA puede replicar la forma, pero le cuesta reproducir la singularidad emocional. Técnicamente impecable, emocionalmente plana.
Un diagnóstico que aplica igual a los efectos visuales: pueden ser perfectos, pero la dirección artística sigue siendo humana. Y esa parte, de momento, no la factura ningún algoritmo.
Dos proyectos en el horizonte
En cuanto a su agenda, Pitt tiene dos proyectos en marcha. El primero es Heart of the Beast, un thriller sobre un soldado de fuerzas especiales que sobrevive al accidente de un avión junto a su perro. El segundo, y probablemente el más llamativo, es The Adventures of Cliff Booth, secuela espiritual de Érase una vez en… Hollywood.
Aquí viene lo sorprendente: no lo dirigirá Tarantino, que descartó el proyecto como su décima y última película. Tomará las riendas David Fincher, después de leer el guion en un avión junto al propio Pitt y decidir sobre la marcha que quería hacerlo. Confieso debilidad por Érase una vez en… Hollywood —de esas películas que revisito solo por el placer de ver a Cliff Booth conducir sin rumbo—, así que la noticia me tiene doblemente intrigado. Si ese pitch en pleno vuelo no merece enmarcarse, no sé qué lo merece.
El debate sobre la IA en el cine no va a resolverse en una entrevista de revista, por muy influyente que sea quien hable. Pero la postura de Pitt sí articula algo que los números llevan tiempo insinuando: el problema del cine de presupuesto medio no es de talento ni de ideas, sino de viabilidad económica. Si la IA puede mover esa palanca, merece al menos una oportunidad real como herramienta, sin confundirla con un sustituto del arte.
Y aquí va la cifra con la que cierro el círculo: los efectos visuales de una gran producción pueden llevarse fácilmente entre el 30% y el 50% del presupuesto, y un blockbuster puntero supera con holgura los 100 millones solo en VFX. Rebajar esa partida a la mitad es, literalmente, la diferencia entre que una película de 60 millones se ruede o se quede en un cajón.
Lo que me quedo de todo esto, más allá de los titulares, es que incluso las grandes estrellas piensan ya en términos de industria. Pitt no habla solo de sus películas: habla de un ecosistema que necesita reinventarse para sobrevivir. Y eso, en un mercado donde cada cifra cuenta una historia, es exactamente el tipo de conversación que conviene tener.

