- Cinco personajes de anime que alcanzaron poderes casi divinos descubrieron que ese poder no era una liberación, sino su mayor condena.
- El anime lleva décadas siendo el medio más honesto a la hora de explorar esta pregunta: ¿qué sentido tiene ser un dios si pierdes todo lo que te hacía humano?
- En mi opinión, estas cinco historias son, en el fondo, reflexiones sobre la soledad más profunda que existe: la de quien lo puede todo menos ser feliz.
Hay una pregunta que el anime lleva décadas haciéndose con una honestidad que pocas veces encontramos en otros medios: ¿qué precio estás dispuesto a pagar por el poder absoluto? Y ojo, no hablo de ambición política ni de fama. Hablo de ese poder que te transforma en algo más que humano. Algo parecido a un dios. Y la respuesta, casi siempre, es demoledora.
Lo que hace tan especial al anime —y aquí me pongo un poco sentimental, lo reconozco— es que no romantiza ese poder. No te vende la fantasía sin enseñarte también la factura. Y vaya facturas las que tienen que pagar estos cinco personajes. Preparaos, porque algunas de estas historias me han hecho llorar más de lo que me gustaría admitir.
Es curioso, porque uno esperaría este tipo de reflexión en un seinen durísimo tipo Berserk, pero lo bonito es que aparece hasta en los sitios donde menos te lo esperas. Vamos allá.
Shinji Ikari – Neon Genesis Evangelion

Empezamos fuerte. Shinji Ikari es, para muchos de los que crecimos con él, el personaje más incómodo y más necesario de toda la historia del anime. Un chaval de 14 años lleno de inseguridades que se mete en una cabina gigante para salvar al mundo sin que nadie le haya preguntado si quería hacerlo.
En The End of Evangelion, Shinji alcanza algo inimaginable: el control total sobre el destino de la humanidad a través del Proyecto de Instrumentalidad Humana. Todas las consciencias fundiéndose en una. El fin de la soledad. El fin de todo dolor.
Y lo rechaza.
Porque Shinji, con toda su angustia y su torpeza emocional, entiende algo fundamental: una existencia sin individualidad no es vida. No tiene sentido conectar si no hay nadie al otro lado con quien conectar de verdad. El resultado es que pierde absolutamente todo lo que conocía. Pero al menos queda la esperanza. Y a veces, eso es lo único que hay.
Ese sabishii, esa soledad tan japonesa que impregna toda la obra, es justo lo que convierte el sacrificio de Shinji en algo tan humano. No elige ser dios. Elige seguir siendo un crío roto que prefiere el dolor real a la nada perfecta.
Light Yagami – Death Note

Ah, Light. El favorito de muchos. El que todos queremos odiar pero al que no podemos dejar de mirar.
Aquí me permito un inciso de fangirl: el trabajo de Madhouse en esta serie es sencillamente sugoi. La forma en que iluminan la cara de Light cuando cruza la línea, esos planos teatrales, esa tensión que se mastica en cada partida mental contra L… Pocas veces la animación ha sabido retratar tan bien el momento exacto en que alguien se pudre por dentro.
Light era un estudiante brillante —probablemente demasiado brillante para su propio bien— hasta que encontró la Death Note: un cuaderno sobrenatural que mata a cualquier persona cuyo nombre escribas en él. Y Light decidió que él era exactamente la persona indicada para usarlo.
Lo que empieza como una cruzada moral contra la criminalidad se va convirtiendo en algo mucho más oscuro: un complejo de dios que devora todo lo que Light era. Su empatía, sus relaciones, su conciencia. Años jugando a ser Kira le cuestan su humanidad entera.
Cuando Near lo expone y Ryuk escribe su nombre en el cuaderno, Light muere. Y según las reglas del Death Note, no va ni al cielo ni al infierno. Solo… deja de existir. Poética justicia para alguien que quiso ser eterno.
Zeref Dragneel – Fairy Tail

Zeref es, quizás, el personaje de esta lista que más me rompe el corazón. Y mira que Fairy Tail no siempre es conocido por su profundidad narrativa, pero con Zeref hizo algo realmente especial.
Hace más de 400 años, Zeref perdió a su familia y se obsesionó con investigar los límites entre la vida y la muerte. El resultado fue la Maldición Contradictoria de Ankhseram: la inmortalidad. Pero no la inmortalidad guay de las películas de acción. La inmortalidad de matar involuntariamente a todo ser vivo que ames. La inmortalidad de no poder morir aunque quieras.
Cuatrocientos años buscando la muerte como liberación. Creando demonios con la esperanza de que alguno pudiera acabar con él. Incapaz de querer a nadie sin condenarle en el proceso.
Hay un concepto japonés precioso, el mono no aware, esa melancolía por lo efímero de las cosas. Pues Zeref es justo lo contrario: la tragedia de quien nunca puede marchitarse. Su poder era inmenso. Su sufrimiento, infinitamente mayor. Porque al final, su mayor deseo no era el poder: era simplemente descansar.
Lain Iwakura – Serial Experiments Lain

Si Evangelion es incómoda, Serial Experiments Lain directamente te desorienta de forma deliberada. Y Lain Iwakura es uno de los personajes más fascinantes y perturbadores de toda la historia del anime. Estudio imprescindible si te interesa cómo el medio puede explorar la identidad digital antes de que fuera un tema mainstream.
Lain empieza siendo una chica tímida de secundaria que prácticamente no habla con nadie. Pero poco a poco descubre que no es humana: es un programa, una entidad que existe más allá de los límites físicos para conectar el mundo digital con el mundo real. Puede manipular la información, reescribir recuerdos, estar en todas partes a la vez.
Lo que más me fascina es cuánto se adelantó a su tiempo. Estamos hablando de una serie de 1998 que ya intuía la disolución de la identidad en la red, esa sensación de estar hiperconectados y a la vez más solos que nunca. Verla hoy, con el móvil en la mano, da hasta escalofríos.
Y para salvar a la humanidad de las consecuencias de esa fusión entre lo digital y lo físico, Lain hace lo único que puede: borrarse a sí misma de la memoria de todos.
Existe para siempre, pero nadie lo sabe. Observa sin poder ser observada. Si eso no es soledad cósmica, no sé qué lo es.
Madoka Kaname – Puella Magi Madoka Magica

Y llegamos a Madoka. La que me hace llorar sin falta cada vez que la revisito, sin importar cuántas veces haya visto la serie. Hontou ni, es una obra maestra. Y buena parte de la culpa la tiene Shaft, con ese diseño de brujas heredado del colectivo Gekidan Inu Curry que convierte cada laberinto en una pesadilla de collage precioso y angustiante a partes iguales.
Madoka Kaname es una chica completamente corriente —y eso es exactamente lo que la hace extraordinaria— que se convierte en Magical Girl y descubre la verdad más cruel del universo: todas las Magical Girls están destinadas a convertirse en Brujas. Un ciclo sin fin de esperanza y desesperación.
Su deseo, cuando por fin lo formula, es el más ambicioso que se pueda concebir: borrar todas las brujas de todos los tiempos, en todas las líneas temporales, antes de que nazcan. Para ello se transforma en la Ley de los Ciclos, una fuerza cósmica divina.
Lo consigue. Salva a todas las Magical Girls de la historia.
Y a cambio pierde su humanidad, su vida en la Tierra, y lo más doloroso: todos los que amaba la olvidan por completo. Su madre, su mejor amiga Homura, su familia entera. Nadie recuerda que existió.
Madoka se convierte en dios. Y el precio es que nadie sabe que Madoka existió jamás.
Hay algo que une a estos cinco personajes, y no es solo el poder desmesurado. Es la soledad. La soledad que viene de existir en una dimensión donde nadie más puede acompañarte. Shinji rechazando la unidad perfecta. Light muriendo solo entre sus propias mentiras. Zeref caminando durante siglos sin poder tocar a nadie. Lain mirando desde fuera de la realidad. Madoka existiendo en el olvido absoluto.
Y os confieso una cosa: después de una maratón de historias como estas, lo que me pide el cuerpo es acurrucarme con algo sencillo y cálido, un slice of life tranquilito tipo Yotsuba&!, para recordarme que la belleza también está en lo pequeño y lo cotidiano.
Porque el anime, en su mejor versión, siempre ha sabido que las historias más poderosas no son las de quién gana, sino las de quién pierde y qué pierde exactamente. Estos cinco personajes nos recuerdan que el poder sin conexión humana no es una bendición: es una condena. Y que a veces, lo más valiente no es alcanzar la divinidad, sino renunciar a ella para quedarte aquí, siendo simplemente humano.

