El giro final de The Odyssey reescribe el poema de Homero desde dentro

The Odyssey de Nolan termina con una decisión narrativa que reinterpreta el poema de Homero desde su raíz. No es un giro en el sentido clásico, sino una elección de estructura que cambia cómo lees todo lo anterior.

✍🏻 Por Tomas Velarde

julio 21, 2026
  • Christopher Nolan adapta La Odisea de Homero con su característica estructura no lineal, entrelazando el regreso de Odiseo (Matt Damon), la resistencia de Penélope (Anne Hathaway) y la búsqueda de Telémaco (Tom Holland), sostenido por un reparto que va de lo contenido a lo genuinamente eficaz.

  • Su segundo acto se alarga en exceso —aunque con la intención deliberada de contagiarnos el agotamiento del héroe—, pero el desenlace resarce con un giro comparable al de Memento que reescribe todo lo anterior.

  • En mi opinión, Nolan firma una de las superproducciones más ambiciosas y temáticamente honestas de los últimos años: un 8 sobre 10 que sabe a acto de resistencia frente al espectáculo vacío.


Hay ciertos proyectos que generan, antes incluso de estrenarse, una mezcla singular de expectación y vértigo. La Odisea de Homero —ese poema de casi tres mil años que lleva inscritos en sus versos los cimientos de toda la narrativa occidental— en manos de Christopher Nolan es, sin duda, uno de esos proyectos.

Recuerdo haber leído la noticia de su producción y sentir algo parecido a lo que debieron experimentar los cinéfilos al saber que Kubrick adaptaría a Arthur C. Clarke: la certeza de que algo importante estaba a punto de suceder. Confieso que aquella tarde volví a mis viejos apuntes de la facultad de Historia del Arte, donde tantas veces discutimos si la épica clásica era, en el fondo, un problema de composición. Y volví, también, a los foros de finales de los noventa donde algunos empezamos a escribir sobre cine sin más credencial que la pasión.

Nolan no es Homero, claro está, ni falta que hace. Pero es, hoy, uno de los pocos directores del cine anglosajón capaces de cargar con el peso de una obra semejante sin que el edificio se desplome bajo su propia ambición. La pregunta nunca fue si podría hacerlo, sino de qué manera. Y la respuesta, como suele ocurrir con él, no admite lecturas simples.


Lo primero que conviene señalar es que Nolan no se limita a ilustrar el texto homérico. Al igual que la propia tradición oral del poema se reinventaba con cada nueva recitación, el director reelabora el material con su herramienta más característica: la narrativa no lineal.

La película entrelaza tres líneas temporales que avanzan de forma simultánea: el regreso de Odiseo desde la devastada Troya, la resistencia de Penélope ante los pretendientes que asedian su hogar en Ítaca, y la búsqueda de Telémaco, un hijo que creció sin padre y que ahora intenta encontrar al hombre que le da nombre.

No es una estructura nueva en su filmografía, pero aquí la aplica con una claridad inusual. Hay un plano que resume esa maestría: el regreso a Ítaca, filmado a contraluz sobre un mar de plomo, con la costa dibujándose apenas en la bruma, montado en paralelo con el rostro de Penélope. Nadie en el cine actual gestiona la incertidumbre cronológica con tanta precisión. Es un dominio del tiempo que recuerda, salvando las distancias, a la manera en que Kurosawa hacía convivir varias verdades en Rashomon.

Sin embargo, el segundo acto pone a prueba la paciencia del espectador.

Las secuencias en las que Odiseo y su tripulación padecen los caprichos de dioses y monstruos se extienden más allá de lo recomendable, rozando la monotonía. ¿Es un defecto estructural? Quizás no del todo. Existe una lógica interna en esa ralentización deliberada: hacernos sentir el mismo agotamiento y desesperanza que arrastra el héroe en su viaje sin fin.

Es un recurso que Bergman conocía bien, esa tensión calculada entre el tiempo narrativo y el tiempo emocional. El problema es que la frontera entre intención poética y exceso narrativo no siempre está bien definida.


El reparto es, en su conjunto, una de las decisiones más inteligentes de la película.

Tom Holland, libre por fin de su armadura de superhéroe, compone un Telémaco notablemente contenido: ingenuo, torpe en su búsqueda, casi irrelevante en el gran esquema de las cosas. Es una elección valiente que resuelve con más oficio del que cabría esperar.

Robert Pattinson sorprende como el villano Antínoo. Lejos de cualquier arrogancia heroica, construye un personaje mezquino y rastrero que acaba resultando más perturbador que los propios monstruos del relato.

Anne Hathaway aporta una convicción notable a Penélope, confinada durante buena parte del metraje tras pantallas ornamentadas, encuadrada como una figura atrapada en un vitral. Ese motivo visual —la mujer siempre observada a través de celosías, rejas y tejidos— tiene la precisión simbólica que Hitchcock reservaba para sus prisiones domésticas.

Y Matt Damon, cuya elección generó no poca controversia, resulta ser exactamente lo que la película necesita: un Odiseo despojado de épica superficial, contenido y casi opaco durante la primera mitad, que reserva toda su fuerza para un monólogo final de una carga emocional poco habitual en el cine de estas proporciones. Es el tipo de interpretación que solo se comprende del todo en retrospectiva.

Entre los secundarios merecen mención Charlize Theron como una memorable Calipso, filmada en la penumbra dorada de su gruta como si Wilder hubiese diseñado la iluminación de una femme fatale, junto a Himesh Patel y un Elliot Page fundamental en la secuencia de infiltración en Troya.


Pero lo verdaderamente importante de esta adaptación no está en sus interpretaciones ni en su estructura.

Está en lo que Nolan decide hacer con el final.

Sin revelar demasiado, el desenlace contiene un giro de lectura —comparable en su efecto al de Memento— que transforma retroactivamente el significado de todo lo visto. Los actos de Odiseo en la guerra y en su regreso dejan de ser la historia de un hombre que quiere volver a casa para convertirse en algo más inquietante: una reflexión sobre el precio que paga la civilización por sus propias victorias.

La película no habla solo del fin del viaje de Odiseo. Habla, en último término, del posible fin del nuestro.

Es un gesto audaz. En un panorama dominado con demasiada frecuencia por el espectáculo vacío, encontrar una superproducción que aspire genuinamente a decir algo es, además de estimulante, casi un acto de resistencia.


La Odisea de Nolan es, ante todo, un ejercicio de humildad ante el peso del material original y de confianza en la inteligencia de quien la ve. En una época en que el cine de grandes presupuestos ha renunciado casi por completo a la complejidad temática, ver a un director de su envergadura enfrentarse a tres mil años de narrativa occidental sin pestañear es, cuando menos, una declaración de intenciones que merece reconocimiento.

No sé si es su mejor película. Probablemente no. Pero es, sin duda, una de las propuestas más serias que el cine comercial nos ha ofrecido en mucho tiempo. La nota —un 8 sobre 10— refleja tanto sus logros como sus limitaciones.

Una película que, en cualquier caso, merece verse con atención, tiempo y la disposición necesaria para dejarse interpelar por algo más grande que su propio espectáculo.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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