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Dwayne Johnson probó hasta doce pelucas distintas antes de dar con la definitiva para interpretar a Maui en la versión en acción real de Moana, porque el cabello del personaje forma parte de sus poderes dentro de la historia.
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Lejos de molestarse por la avalancha de memes que desató su melena en el primer tráiler, el actor reconoció haberse reído sin reservas, aunque pidió a los fans que vieran la película antes de juzgar.
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Johnson habló sobre la importancia de la representación en el cine y confesó que de niño se inspiró en Harrison Ford, pese a que aquel héroe no se parecía a él en absoluto.
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Mi opinión: La peluca fue el anzuelo perfecto para captar la atención de internet, pero lo que Johnson dice sobre crecer sin verse reflejado en pantalla es, de lejos, la parte más interesante de toda esta historia.
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Moana en acción real llega a los cines el 9 de julio.
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Moana 3 ya está en desarrollo, con Jared Bush y Dana Ledoux Miller a cargo del guion.
Hay algo casi poético en cómo una peluca puede generar más debate que cualquier gran estreno. Cuando aparecieron las primeras imágenes de Dwayne Johnson transformado en Maui para la adaptación en acción real de Moana, internet reaccionó con esa velocidad caótica que le caracteriza: memes, comparaciones imposibles, opiniones encendidas sobre si aquella melena larga y oscura era o no una buena idea. Era, en cierto modo, inevitable.
Pero si te quedas con el chiste de la peluca, te pierdes lo verdaderamente interesante. Porque detrás de todo ese ruido hay una conversación que lleva décadas pendiente en Hollywood: quién se ve reflejado en la pantalla y qué significa, para alguien que creció sin esa representación, ponerse finalmente en el lugar del héroe.
La peluca que tardó doce intentos en nacer
No fue una decisión rápida. Según reveló el propio Johnson en el estreno del filme en el Hollywood Bowl de Los Ángeles, el proceso de encontrar la peluca correcta para Maui implicó probar doce versiones distintas.
Y tiene su lógica narrativa. En el universo de Moana, el cabello de Maui no es un simple detalle estético: forma parte de sus poderes. No es un disfraz; es una extensión del personaje.
La imagen de The Rock —icono del cine de acción, cuya cabeza rapada es casi una marca registrada— luciendo una larga melena morena resultaba, objetivamente, un contraste visual enorme. Un choque de identidades que el ojo no podía ignorar.
El internet hace lo que hace
Cuando el primer tráiler se publicó, las redes reaccionaron con esa intensidad que reservan para las cosas que les parecen a la vez sorprendentes y divertidas.
Johnson no se puso a la defensiva. Todo lo contrario.
«Me reí muchísimo cuando salimos y la gente me vio por primera vez con peluca. Internet hizo lo que hace. Fue muy, muy gracioso, pero pensé: ‘está bien, simplemente ved la película'», declaró el actor.
Hay algo honesto y refrescante en esa respuesta. En lugar de esquivar el ruido, lo absorbió con humor y lo convirtió en parte del relato.
Y conviene recordar que no es un caso aislado. Las adaptaciones en acción real de Disney arrastran, casi por defecto, una ola de escepticismo antes incluso de estrenarse: pasó con La Sirenita, pasó con Mulán, pasa cada vez que un clásico animado se atreve a dar el salto a la carne y el hueso. La reacción a Maui es solo el último capítulo de un patrón ya conocido.
Pero Johnson tiene razón en algo fundamental: el contexto lo cambia todo. Una imagen aislada puede parecer absurda. Esa misma imagen dentro de una historia, con personajes que importan y emoción que la sostiene, puede tener un peso completamente diferente.
El peso de verse reflejado en pantalla
Aquí es donde la conversación se pone verdaderamente interesante.
En el estreno, Johnson habló sobre por qué una adaptación en acción real importa más allá del espectáculo. No se trata únicamente de poner carne y hueso donde antes había animación. Se trata de algo mucho más concreto: visibilidad.
«Indiana Jones me inspiró. Cuando tenía 8 años y veía a Harrison Ford, pensaba: ‘quiero ser ese tipo’, pero ese tipo no se parecía a mí», admitió.
Es una frase pequeña pero enormemente cargada de significado.
La representación no es un concepto abstracto que se debata en foros académicos. Es ese momento específico en que un niño mira la pantalla y encuentra —o no encuentra— a alguien que se parece a él. Johnson lo vivió en primera persona, y ahora forma parte de una película diseñada precisamente para que otros niños tengan esa experiencia que él no pudo tener.
Lo entiendo mejor de lo que me gustaría admitir. Yo crecí buscando héroes en las estrellas, y durante años los encontré en pilotos, caballeros galácticos y capitanes de nave que rara vez se parecían a la gente que conocía. La ciencia ficción, mi terreno favorito, lleva décadas usando al «otro» —el alienígena, el replicante, la inteligencia artificial— para hablar precisamente de esto: de quién cuenta como humano y de a quién dejamos fuera del reflejo. Pensad en Blade Runner y su pregunta incómoda sobre quién merece una identidad, o en cómo Arrival convierte el simple acto de entenderse en un ejercicio de empatía.
Pero el cine de masas, ese que llega a todas partes, tiene el poder de hacer algo que va más allá de la metáfora: puede decirle a alguien, de forma directa y sin necesidad de disfraces alienígenas, que su historia también merece ser contada.
El estado del universo Moana
La Moana original de 2016 recaudó 643 millones de dólares en todo el mundo y sigue siendo uno de los títulos más vistos en Disney+. La secuela de 2024 superó los 1.000 millones de dólares en taquilla, confirmando que el tirón del personaje está lejos de agotarse.
No es casualidad, entonces, que Disney apueste por llevar la historia a la acción real. La estrategia de resucitar sus clásicos en formato live-action se ha convertido en una de las apuestas más rentables —y más discutidas— del estudio en la última década.
La versión en acción real está dirigida por Thomas Kail —conocido por llevar Hamilton al cine— y cuenta con Catherine Laga’aia en el papel protagonista, junto a John Tui, Frankie Adams, Rena Owen y Jemaine Clement.
Y la saga no se detiene aquí: Moana 3 ya está en desarrollo, con los guionistas Jared Bush y Dana Ledoux Miller trabajando en el guion.
Moana en acción real llega a los cines el próximo 9 de julio.
La peluca de Dwayne Johnson fue, en el fondo, el señuelo perfecto. Una imagen que generó millones de reacciones y le dio a la película una visibilidad orgánica que ningún departamento de marketing podría haber comprado. Pero si el debate acaba ahí, si se queda en si la peluca mola o no, nos estamos perdiendo la pregunta que realmente importa: ¿qué significa para alguien que creció sin verse reflejado en pantalla convertirse en parte de una historia diseñada precisamente para eso?
El cine —incluso cuando parece estar hablando de pelucas— siempre está hablando de algo más. A veces de identidad. A veces de a quién contamos las historias y para quién las hacemos. Eso, independientemente de si la adaptación está a la altura o no, es una conversación que merece seguir en pie mucho después de que se apaguen las luces de la sala.

