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Jason Momoa da vida a Lobo en Supergirl con una mezcla de actitud, humor y brutalidad que encaja como un guante con el personaje de los cómics.
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En mi opinión, dejarlo en un papel secundario es la ocasión perdida más sonora de esta nueva etapa DC: el potencial estaba ahí, servido en bandeja, y se queda a medias.
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Convertirlo en el villano principal habría transformado la película en una persecución galáctica de alto voltaje y habría regalado a Kara Zor-El un arco mucho más rico.
Hay personajes en el universo DC que llevan décadas esperando su momento en pantalla. No hablo de los grandes nombres de siempre, sino de esos secundarios de lujo que quienes leemos cómic conocemos al dedillo y que el público generalista todavía no ha visto en todo su esplendor. Lobo es uno de ellos. Un cazarrecompensas intergaláctico, casi inmortal, con una fuerza comparable a la de Superman y un ego que hace que el de Tony Stark parezca timidez.
Y ahora que Jason Momoa lo ha interpretado en Supergirl —una de las piezas centrales del reinicio que James Gunn está construyendo para la nueva DCU—, la pregunta se responde sola: ¿y si le hubieran dado más?
Porque ver a Momoa metido en ese papel es de esas cosas que te recuerdan por qué el cine de superhéroes, cuando funciona, funciona de verdad. Hay una energía, un descaro y una fisicidad que encajan a la perfección con lo que Lobo representa. Y precisamente por eso duele un poco más darse cuenta de que el personaje podía haber dado mucho más de sí con otro rol dentro de la historia.
Un personaje que roba escenas… pero no protagonismo
Seamos honestos: Lobo es entretenido cada vez que aparece. No hay duda. Momoa le imprime carisma a raudales, hay momentos de acción notables y el tono —esa mezcla de brutalidad y humor negro que define al Lobo de las viñetas— está bien capturado.
El problema es que, pasadas esas escenas, el personaje se diluye. Aparece, se lleva el foco un momento, da algún golpe memorable, y vuelve a un segundo plano que no le hace justicia.
Para un tipo que en los cómics ha plantado cara a Superman y se ha medido con los seres más poderosos del universo DC, ese papel de «invitado estelar» resulta un tanto frustrante. No porque la película falle en lo que hace, sino porque lo que no hace es precisamente lo más interesante.
Aun así, conviene ser justo: mantenerlo contenido tiene su lógica. El debut de Kara pedía centrarse en ella, y presentar a Lobo sin saturar la función deja la puerta abierta a futuras películas. Gunn ya demostró en El Escuadrón Suicida que sabe dosificar a los personajes díscolos para que su regreso apetezca. Puede que esto sea eso: una siembra deliberada.
¿Y si Lobo hubiera sido el villano principal?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Pensémoslo: Lobo es un cazarrecompensas. No actúa por venganza, ni por conquista, ni por ideología. Lo mueven el dinero y el orgullo. Eso lo convierte en un antagonista perfecto para una historia como la de Supergirl, porque no necesita motivaciones complejas: solo una recompensa lo bastante jugosa.
Imagina una trama en la que alguien pone precio a la cabeza de Kara Zor-El. A partir de ahí, la película se convierte en una persecución galáctica. Cada planeta que visita es una oportunidad para que Lobo la alcance. Cada respiro se tiñe con la sombra de que él nunca se rinde, nunca se cansa y tiene una regeneración casi ilimitada.
Eso es tensión narrativa de manual.
Lo que esto habría hecho por Kara
Una de las críticas más habituales a los personajes con poderes kryptonianos es que, cuando se miden con alguien más débil, la pelea aburre. Pero Lobo no es más débil. Está a su altura físicamente, y eso obliga a Kara a pensar.
Ahí está la clave: si no puede vencerle por la fuerza, tiene que hacerlo por inteligencia. Manipular los términos de la recompensa, explotar su ego descomunal, encontrar la manera de que pierda sin que él mismo se dé cuenta.
Ese tipo de victoria dice mucho más de un personaje que una coreografía de puñetazos por impecable que sea. Habría sido una forma estupenda de demostrar que Kara no es «Superman en versión femenina», sino una heroína con su propia voz y sus propias herramientas.
Una rivalidad que podría haber crecido
Lo bueno de construir un antagonismo a lo largo de toda una película es que tiene espacio para evolucionar. Al principio, Lobo ve a Kara como un contrato. Con cada encuentro, la cosa se vuelve más personal. Y al final, cuando ella gana de forma inesperada, por cabeza y no por músculo, Lobo lo reconoce.
Porque así es Lobo. Lo aprendí de crío con la etapa de Alan Grant y Simon Bisley, ese Lobo desmesurado y gamberro que respeta la habilidad y la fortaleza por encima de casi todo lo demás. Un final con ese reconocimiento tácito entre dos personajes que se han estado dando caza toda la película habría sido memorable. Y habría dejado la puerta abierta a futuras revisitas sin que sonaran forzadas.
La realidad es que Supergirl hace muchas cosas bien, y entre ellas está darnos una versión de Lobo que por fin hace justicia al personaje. Momoa es la elección perfecta: presencia física, humor y esa energía caótica que el Lobo del papel desprende en cada viñeta. No es poca cosa, y merece reconocimiento.
Conviene contextualizar, además, lo que significa. En la era Snyder, un personaje así probablemente habría llegado envuelto en solemnidad y cámara lenta; en el DCEU más titubeante de hace unos años, quizá se habría diluido en tono. Que Gunn se atreva a soltar a un Lobo tan fiel al cómic dice mucho de por dónde quiere ir esta DCU: más gamberra, más consciente de sus rarezas, más dispuesta a jugar.
Pero cuando el potencial es tan evidente, la oportunidad no aprovechada se hace más visible. El Lobo que hemos visto es bueno. El Lobo que podríamos haber visto como villano principal habría sido, quizá, uno de los antagonistas más divertidos y originales del cine reciente de DC. Y eso, para quienes llevamos años esperando que este personaje tenga su momento, duele con la misma intensidad con la que Lobo regenera un brazo perdido: rápido, inevitable y con una sonrisa de por medio.

