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James Gunn tomó la decisión final de incluir la versión de Kelty Greye de «The Middle» en el clímax de Supergirl: Woman of Tomorrow tras semanas de debate y unas 45 canciones evaluadas.
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Craig Gillespie ha admitido que fue la discusión más larga de toda la postproducción, resuelta a pocos días de cerrar el montaje definitivo.
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La película abrió con apenas 68 millones de dólares en todo el mundo, por debajo de lo esperado por DC Studios.
Hay decisiones creativas que se defienden solas. Ves la escena, escuchas la canción, y algo dentro de ti hace clic. No necesitas que nadie te explique por qué funciona, porque lo sientes en el pecho antes de que tu cerebro lo procese.
Eso es lo que hace un buen needle drop: no interrumpe, no distrae, no compite. Acompaña. Se convierte en parte de la imagen para siempre.
Y luego hay decisiones que necesitan semanas de reuniones, 45 canciones descartadas y que el jefe máximo del estudio meta la mano casi en el último segundo. Eso no es inspiración. Eso es búsqueda. Y a veces, cuando buscas tanto, lo que encuentras al final no es lo mejor, sino simplemente lo que quedaba.
Hablamos del momento más comentado —y más discutido— de Supergirl: Woman of Tomorrow. No su acción, no sus personajes, no su fotografía. Una canción.
Concretamente, la versión ralentizada que hace Kelty Greye del clásico de Jimmy Eat World «The Middle», que suena en el clímax de la película y que ha partido al público en dos desde el primer fin de semana.
El director Craig Gillespie lo ha reconocido abiertamente: esto fue el gran debate de la postproducción. El equipo llegó a evaluar cerca de 45 canciones distintas para esa escena.
Cuarenta y cinco. No es un proceso creativo, es una audición masiva. Y la decisión se prolongó hasta casi el último momento, con James Gunn dando el visto bueno definitivo solo días antes de que el montaje quedara cerrado.
La cosa es esta: James Gunn tiene fama de saber elegir música. No es un mérito menor. Sus bandas sonoras de Guardianes de la Galaxia son ya parte de la cultura popular, y la apertura de Peacemaker con todo el reparto bailando es uno de esos momentos que la gente lleva tatuados en la memoria.
Gunn entiende que la música en el cine no es decorado, es arquitectura emocional. Eso hay que reconocérselo.
Pero aquí algo falló. O al menos eso opina una parte significativa del público que salió del cine con cara de «¿qué acabo de escuchar?».
La versión de Greye —que ella misma describió con emoción genuina como «un sueño hecho realidad»— es una canción bonita. El problema no es ella. El problema es la colocación, el contexto, la forma en que interactúa con lo que estás viendo en pantalla.
Y aquí es donde me permito una reflexión que me duele formular, porque implica comparar.
Cuando Snyder ponía música en sus películas, era una declaración de intenciones. El «Hallelujah» de Watchmen, con Dan y Laurie en esa nave envueltos en fuego mientras la cámara se recrea a cámara lenta en cada gota. El «Everybody Knows» de Leonard Cohen abriendo Watchmen como una profecía. Incluso el peso litúrgico del funeral en Batman v Superman.
Cada elección estaba cosida a la imagen. No la acompañaba: la sostenía. Cuando yo analizo esos fotogramas, con el grano y el contraste exactos que Snyder buscaba, entiendo que la música ya estaba dentro del plano antes de rodarlo. No se pegó después.
Aquí, en cambio, parece que la escena pedía emoción y se buscó externamente una canción que la proveyera. Eso es trabajar al revés. Es ponerle una banda sonora a un vacío en lugar de subrayar algo que ya latía en la imagen.
Claro que todo esto tiene un contexto más amplio y menos agradable. Supergirl: Woman of Tomorrow abrió con 68 millones de dólares a nivel mundial, muy por debajo de lo que DC Studios esperaba.
No digo que el needle drop haya hundido la película. Sería ridículo. Pero sí dice algo sobre la confianza que el propio equipo tenía en esa escena.
Cuando tardas más en elegir la canción que en muchas otras decisiones del rodaje entero, quizás la escena tenía un problema de base que ninguna canción podía resolver. Ninguna. Ni cuarenta y cinco.
Al final, el cine es eso: un maldito acto de fe. Los directores apuestan, los estudios presionan, los supervisores musicales buscan ese instante en que imagen y sonido se fusionan en algo que trasciende a ambos.
A veces sale. A veces no. Y está bien que no salga siempre, porque eso forma parte de hacer películas de verdad.
Lo que me incomoda no es el fallo en sí. Es la forma en que se describe el proceso: semanas de debate, decenas de opciones, decisión de último minuto. Eso no suena a una visión creativa ejecutada con convicción. Suena a duda.
Y la duda, en el cine épico, se nota siempre en la pantalla. Snyder rodaba desde una certeza casi religiosa; este universo nuevo, en cambio, sigue eligiendo canciones a última hora para tapar los agujeros de una épica de cartón. Cuarenta y cinco intentos y ni uno solo salió del corazón. Ahí lo tienes todo.

