95 años de Óscar sin nominar a un actor de voz: Tom Hanks cree que así debe seguir

95 años de historia de los Óscar y ningún actor ha sido nominado solo por un trabajo de voz. Tom Hanks cree que no hace falta una categoría nueva. Scarlett Johansson y Robin Williams merecen otra respuesta.

✍🏻 Por Alex Reyna

junio 16, 2026
  • Tom Hanks defiende que los actores de voz ya pueden competir en las categorías tradicionales de los Óscar sin necesidad de crear una categoría específica para ellos.

  • En más de 95 años de historia de la Academia, ningún intérprete ha recibido una nominación únicamente por un trabajo de voz o de captura de movimiento.

  • Casos como el de Scarlett Johansson en Her, Andy Serkis como Gollum o Zoe Saldaña como Neytiri demuestran que el problema no es puntual, sino sistémico.

  • Opinión: Hanks tiene razón en teoría, pero casi un siglo de historial deja claro que la teoría y la práctica de la Academia son cosas muy distintas. Y esa diferencia lo cambia todo.


Hay una escena en Her que me detuvo en seco la primera vez que la vi. Theodore Twombly está tumbado en la oscuridad, hablando con Samantha, y en ese instante no echas de menos un rostro.

Scarlett Johansson llena el espacio con su voz de una manera que muy pocas actuaciones físicas consiguen. Es presencia pura, sin apoyos. Me pasó algo parecido a cuando pausé Arrival para apuntar frases: me quedé días pensando en lo que esa voz era capaz de sostener.

Y sin embargo, cuando llegaron los Óscar, esa interpretación —una de las más singulares de la última década— quedó completamente fuera de la conversación. La película ganó el Mejor Guion Original. La actriz que la hizo posible, ni mención.

Ese vacío lleva años siendo uno de los debates más incómodos de la industria. Y ahora Tom Hanks ha vuelto a ponerlo sobre la mesa durante la promoción de Toy Story 5. Su argumento es sencillo y, en apariencia, lógico: no hace falta una categoría específica para actores de voz porque ya existe la de Mejor Actor.

El problema es que los datos cuentan una historia muy diferente.

Tom Hanks y la teoría de la actuación sin fronteras

Hanks, dos veces ganador del Óscar por Philadelphia y Forrest Gump, lleva décadas trabajando la actuación de voz a través de la saga Toy Story.

Desde esa posición, declaró en Gold Derby que la Academia no necesita crear nuevas categorías. Su idea, en esencia, es que un actor de voz puede aspirar perfectamente al Mejor Actor, porque el criterio que cuenta es solo uno: que la actuación logre emocionarte.

Es una postura que entiendo. Hay algo noble en ese principio: la actuación es actuación, independientemente del medio. Si algo te mueve, merece reconocimiento.

También menciona a Andy Serkis como ejemplo de intérprete que trabaja sin aparecer físicamente en pantalla y que entrega actuaciones de un nivel extraordinario. Y tiene razón en eso.

El problema es que esa razón no ha bastado en noventa y cinco años de historia de los premios.

Lo que el historial dice, y no dice

Desde que los Óscar existen, ningún actor ha recibido una nominación en las categorías de interpretación únicamente por un trabajo de voz. Ninguno.

No fue Andy Serkis, que construyó a Gollum desde cero —uno de los personajes técnica y emocionalmente más complejos del cine moderno— y cuya candidatura nunca se consideró en serio.

Tampoco fue por su César en El planeta de los simios, una saga que, entre líneas, plantea preguntas sobre la consciencia y la identidad a la altura de lo mejor de la ciencia ficción. La misma frontera, en el fondo, que cruzan los replicantes de Blade Runner cuando empiezan a sentir más que sus creadores.

Y no fue Scarlett Johansson en Her, que quizá sea el caso más difícil de justificar.

Her y el argumento que no tiene respuesta fácil

Johansson interpretó a Samantha, una inteligencia artificial que evoluciona, siente y acaba superando los límites de su propio diseño.

Es un personaje que sostiene preguntas enormes. ¿Qué es la consciencia? ¿Puede existir el amor sin cuerpo? ¿Dónde termina la persona y empieza la máquina?

No es casualidad que sean las mismas preguntas que hicieron de Ex Machina una de las distopías más inquietantes de la década. La diferencia es que allí había un cuerpo en pantalla, una mirada que podías leer. En Her no hay nada de eso.

Johansson lo sostiene todo únicamente con su voz, sin un solo fotograma físico. Y aun así, la Academia no encontró un hueco para ella.

Para mí, ese es el ejemplo más claro de que el problema no es de calidad ni de campaña. Es que la Academia, como institución, todavía no ha aprendido a leer una actuación cuando no viene acompañada de un cuerpo visible.

Zoe Saldaña y el peso de la invisibilidad

Zoe Saldaña lleva dos películas de Avatar interpretando a Neytiri bajo una capa de captura de movimiento y efectos visuales.

James Cameron ha sido muy directo al respecto: su trabajo es comparable, en rigor técnico y en profundidad emocional, al de cualquier intérprete que haya ganado un Óscar. Y sin embargo, la Academia no ha considerado su candidatura ni una sola vez.

La propia Saldaña lo expresó con una mezcla de frustración y dignidad. Lo difícil, venía a decir, no es perder ni quedarse sin nominación: es que te pasen por alto, te minimicen y te ignoren por completo.

No es solo una queja personal. Es un diagnóstico.

Y aquí hay algo que me fascina y me inquieta a la vez. La tecnología está redefiniendo qué significa «actuar». Cuando un intérprete presta su cuerpo, su voz y su emoción a un personaje digital, ¿dónde trazamos la línea entre la persona y la herramienta?

Es la misma pregunta que late en Dune o en cualquier relato que imagina el futuro: cuanto más avanza la máquina, más nos obliga a redefinir lo humano. La invisibilidad de Saldaña no es un accidente. Es una decisión que la Academia lleva décadas tomando sin cuestionársela.

¿Una categoría nueva o una mentalidad nueva?

Aquí es donde el argumento de Hanks, siendo bienintencionado, se queda corto.

Decir que un actor de voz puede ganar el Mejor Actor es cierto en abstracto. Pero en la práctica, nunca ha ocurrido. Y noventa y cinco años de historial son una evidencia demasiado pesada como para ignorarla apelando al optimismo.

Si el sistema no ha reconocido estas actuaciones en casi un siglo, la solución no puede ser seguir esperando a que cambie solo.

Una categoría específica quizá sea la única vía realista para que este tipo de trabajo reciba el reconocimiento que merece.

Lo que está en juego va más allá de los premios. Es una pregunta profunda sobre qué consideramos «real» en el arte.

La actuación de voz exige una presencia total, una entrega sin el apoyo de la expresión facial, del lenguaje corporal, del espacio compartido. Es una disciplina que requiere más concentración, no menos. Y aun así la tratamos como algo secundario.

Tom Hanks tiene razón en una cosa: la grandeza no necesita etiquetas. Pero la Academia no es un organismo filosófico; es una institución con hábitos muy arraigados.

Y los hábitos, como bien sabe cualquier historia que merezca la pena contar, solo cambian cuando algo o alguien los obliga a hacerlo desde fuera.

Una nueva categoría no sería rendirse a las imperfecciones del sistema. Sería reconocer, por fin, que el arte siempre evoluciona más deprisa que las reglas que intentan medirlo.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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