El mito de que el buen cine llega en otoño — el primer semestre de 2026 lo destruye

La industria lleva décadas vendiendo que el buen cine llega en otoño. El primer semestre de 2026 desmonta ese mito con una cosecha que incluye terror de primera, comedia inteligente y varios candidatos al año.

✍🏻 Por Tomas Velarde

junio 14, 2026
  • La primera mitad de 2026 ha demostrado que la calidad cinematográfica no entiende de calendarios: el semestre deja ya una cosecha notable, con el thriller de terror y la comedia tomando la delantera.

  • Estudios de personaje sobre músicos y artistas, un documental sobre Walt Disney y la esperada adaptación de Project Hail Mary figuran entre lo más destacado de estos meses.

  • En mi opinión, la vieja superstición de que el buen cine hiberna hasta los festivales de otoño es un mito perezoso, y este semestre lo desmonta con elocuencia.


Existe una suerte de superstición muy arraigada en el mundo del cine que divide el año en dos mitades bien diferenciadas: los meses fríos, los de los premios y los festivales —Venecia, San Sebastián, Toronto—, donde supuestamente reside la verdadera sustancia artística; y el resto del año, ese purgatorio de entretenimiento ligero que uno soporta con estoica resignación esperando que llegue septiembre.

Es una convención tan extendida que incluso quienes llevamos décadas viendo películas la asumimos a veces sin cuestionarla demasiado.

Pero el cine, cuando funciona de verdad, nunca se ha preocupado por las convenciones del calendario. Y la primera mitad de 2026 está siendo una demostración bastante elocuente de ello: un semestre que, a juzgar por las crónicas de quienes han podido seguirlo con atención, ha deparado una cosecha excepcionalmente sólida.


Reconozco que llego a este tipo de balances con cierta cautela. Soy de los que creen que las listas deben construirse con tiempo, con visionados repetidos cuando la ocasión lo permite, y con la distancia necesaria para separar el entusiasmo del momento de la valoración serena.

Billy Wilder solía decir que si una escena no funcionaba en el papel, tampoco funcionaría en la pantalla. No es mala filosofía para aplicar también a los juicios apresurados.

Dicho esto, hay años en los que la evidencia se impone por sí sola. Y este, al menos hasta junio, parece ser uno de ellos.

El dominio inesperado del terror y la comedia

Lo primero que llama la atención al repasar los títulos más notables de estos primeros meses es la inusitada presencia del thriller de terror y la comedia. Dos géneros que, a priori, no suelen poblar las listas de los críticos más exigentes, pero que en 2026 parecen haber encontrado una voz propia, reflexiva y con sustancia.

No me sorprende del todo. El género de terror, cuando se trabaja con rigor, tiene una capacidad de penetración psicológica que muy pocas formas cinematográficas pueden igualar.

Hitchcock lo sabía mejor que nadie. Psicosis no es un film de miedo en el sentido convencional; es un estudio del alma humana con una puesta en escena que todavía hoy resulta imbatible. Si algo de ese espíritu ha permeado en el cine de terror contemporáneo, bienvenido sea.

Lo que resulta curioso —y ligeramente paradójico— es que en un momento histórico cargado de incertidumbre y tensión, el público siga acudiendo voluntariamente a las salas en busca de más angustia.

Hay algo en esa contradicción que merece reflexión. El terror cinematográfico siempre ha sido, en el fondo, una forma de domesticar el miedo dentro de una sala oscura, donde uno sabe que saldrá ileso. Quizás precisamente por eso funciona tan bien en tiempos difíciles.

Dos estudios de personaje: la canción y el cuadro

Dos de los títulos que más han resonado en este primer semestre comparten una estructura narrativa que me resulta especialmente seductora: el estudio de personaje centrado en un conflicto por la autoría creativa.

En el primero, dos músicos que se disputan la paternidad de una canción. En el segundo, dos artistas enfrentados por un cuadro de considerable valor económico y simbólico.

A primera vista podrían parecer premisas similares, incluso formulaicas. Pero el buen cine de personajes sabe que estos conflictos no son nunca sobre dinero ni sobre crédito. Son sobre identidad, sobre ego, sobre el miedo irracional a que el talento ajeno nos haga prescindibles.

Pensemos en Eva al desnudo, de Mankiewicz, en Amadeus, de Forman, o en la crepuscular All That Jazz, de Fosse. Y pensemos, sobre todo, en Rashomon: Kurosawa entendió como nadie que cuando dos personas reclaman la misma verdad, lo que está en juego no es el hecho, sino la imagen que cada uno necesita tener de sí mismo.

Hay una tradición larga y noble de películas que sitúan el arte en el centro del drama humano y lo usan como espejo para revelar lo peor y lo mejor de sus protagonistas. Si estas dos propuestas han sabido mantener esa tensión con coherencia narrativa y sin caer en el didactismo, habrán hecho algo digno de consideración.

Disney, el empresario: un retrato necesario

La presencia de un documental sobre las aventuras empresariales de Walt Disney en cualquier lista de lo mejor del año me parece, de entrada, una señal alentadora.

Walt Disney es una figura sobre la que el cine lleva décadas proyectando luces y sombras en proporciones variables. Hay quien lo ve como un visionario sin parangón; hay quien prefiere subrayar sus contradicciones humanas y su compleja relación con el poder.

Lo más honesto —y lo cinematográficamente más interesante— es no elegir entre ambas lecturas, sino habitarlas simultáneamente.

El documental tiene, además, una ventaja estructural que la ficción no siempre consigue: la posibilidad de que los propios hechos hablen. No hay mejor guion que la realidad bien documentada.

Y el universo de Disney, con su mezcla de audacia creativa, cálculo mercantil y mitología popular, ofrece material más que suficiente para una obra de envergadura.

Project Hail Mary: ¿la ciencia ficción que merece ese nombre?

Confieso que Project Hail Mary, la novela de Andy Weir de la que parte esta adaptación, no es exactamente el tipo de literatura que frecuento. Pero llevo suficiente tiempo viendo cine como para saber que la calidad de una adaptación no depende de haber leído el original.

Lo que sí me interesa —y mucho— es la posibilidad de que la ciencia ficción recupere el pulso intelectual que tuvo en sus mejores momentos.

2001: Una odisea del espacio no era una película sobre el espacio; era una pregunta filosófica sobre la naturaleza humana filmada con una precisión formal que todavía me deja sin aliento. Solaris, de Tarkovski, iba aún más lejos, convirtiendo el cosmos en un escenario para el duelo y la culpa.

Si Project Hail Mary ha sabido encontrar ese equilibrio entre la aventura científica y el drama humano genuino, tendrá mucho a su favor. Si, por el contrario, ha optado por el espectáculo pirotécnico a expensas de la profundidad, habrá desaprovechado una oportunidad que no siempre vuelve a presentarse.

La deuda pendiente: David Lowery y ‘Mother Mary’

Toda lista honesta debe incluir sus omisiones. Y la más significativa de este repaso es, sin duda, Mother Mary, el nuevo trabajo de David Lowery.

Lowery es uno de los cineastas actuales que sigo con mayor atención. A Ghost Story —esa película de 2017 rodada en formato casi cuadrado con una sábana como protagonista— es una de las obras más melancólicas y formalmente valientes del cine reciente.

The Green Knight confirmó que su sensibilidad visual no era un accidente aislado, sino la expresión de una mirada coherente y personal.

No haber visto aún Mother Mary es una deuda que hay que saldar antes de que acabe el año. Las obligaciones de la vida cotidiana —el trabajo, los hijos, ese tiempo que nunca alcanza— son el enemigo silencioso del cinéfilo comprometido.

Hitchcock también tenía plazos, supongo. Aunque dudo que tuviera que llevar a nadie al colegio por las mañanas.

Un semestre que desafía los clichés

La conclusión provisional de todo esto es que 2026 está siendo un año más generoso de lo esperado en su primera mitad. La idea de que el buen cine hiberna hasta que llegan los festivales de otoño es una simplificación que a veces nos hace perder de vista lo que está ocurriendo frente a nuestros ojos.

El cine no tiene estaciones. Tiene películas buenas y películas malas, y la única forma de saber cuál es cuál es verlas. Bergman lo decía a su manera: una película es como un sueño compartido en la oscuridad, y los sueños no consultan el calendario antes de visitarnos.

Si algo enseña este balance de mitad de año es que el hábito de la anticipación —esa costumbre de esperar siempre a la temporada de premios para tomarse el cine en serio— puede costarnos caro.

Las mejores películas no avisan de su llegada con fanfarria. Aparecen en enero, en febrero, en mayo, sin red de seguridad ni campaña de galardones que las respalde. Y son precisamente esas las que, años después, uno recuerda con más afecto y con más nitidez.

La segunda mitad de 2026 llegará con sus propias promesas y sus propias decepciones. Pero lo que ha ocurrido entre enero y junio ya merece una valoración rigurosa e independiente.

El cine, cuando funciona, funciona en cualquier mes del año. Y eso, para quienes llevamos toda la vida defendiendo que este es el arte más completo que ha inventado el ser humano, no es ninguna sorpresa. Es, sencillamente, la confirmación de algo que ya sabíamos desde el principio.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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