-
A sus 79 años, Spielberg acaba de completar Disclosure Day, un thriller de ciencia ficción que condensa las grandes obsesiones de toda su carrera y que llega justo cuando se revisa su filmografía completa —unos 37 títulos, telefilmes incluidos— ordenada de peor a mejor.
-
Opinión: pocos cineastas obligan como él a separar con precisión quirúrgica al artesano del artista, y ahí reside lo apasionante e incómodo de jerarquizar una obra que mezcla cimas absolutas con puro entretenimiento.
-
Que este repaso coincida con su última película convierte el ejercicio en una lectura casi definitiva de una de las trayectorias más longevas y debatidas de Hollywood.
Para quienes llevamos décadas siguiendo la historia del cine con la devoción que otros reservan para la filosofía o la literatura, hay nombres que se convierten en hitos de nuestra propia memoria como espectadores. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi En busca del arca perdida en un cine de barrio, un sábado por la tarde. No era la clase de cine que yo venía estudiando —nada que ver con Bergman ni con Antonioni—, pero algo en aquella puesta en escena, en ese dominio absoluto del ritmo y del encuadre, me hizo comprender que Spielberg jugaba en una liga que muy pocos cineastas han habitado jamás.
No es sencillo clasificar a un hombre como Steven Spielberg. Demasiado popular para ciertos sectores de la crítica. Demasiado artístico para quienes solo lo ven como el padre del blockbuster. Demasiado americano para los puristas del cine de autor europeo. Y, sin embargo, ahí está: con 79 años, cinco décadas de trabajo ininterrumpido y una filmografía que ningún análisis honesto puede despachar con simpleza.
El principio de todo: 1969 y una leyenda de Hollywood
Hay algo casi cinematográfico en los comienzos de Spielberg. Corría 1969 cuando, con apenas 22 años, recibió su primer encargo profesional como director: el episodio «Eyes» de Night Gallery, la serie antológica creada por Rod Serling —el mismo genio detrás de The Twilight Zone—.
La protagonista no era cualquier actriz. Era Joan Crawford: una de las grandes divas del Hollywood clásico, una mujer que había dominado el star system desde los años treinta.
La sola imagen de ese joven prácticamente desconocido intentando dirigir a Crawford en el set dice mucho de lo que vendría después. «Eyes» narraba la historia de una mujer ciega que se somete a una operación para recuperar la vista, con todas las implicaciones morales que eso conlleva. Un punto de partida modesto, quizás, pero con la clase de dilema humano que siempre ha atraído a los buenos directores.
Hay quien ve en ese episodio una simple anécdota de currículum. Yo prefiero leerlo como una declaración de intenciones. Ya entonces, el muchacho entendía que el cine no es solo lo que se cuenta, sino cómo se mira: la ceguera, la visión, el deseo de ver lo que se nos niega. Esa tensión entre la oscuridad y la luz recorrería buena parte de su obra posterior, a veces de forma literal, a veces como metáfora.
Casi seis décadas después, ese muchacho tiene 79 años. Y acaba de terminar su última película.
Una carrera que desafía el tiempo
Son pocas las trayectorias en el cine mundial que puedan compararse con la de Spielberg en términos de longevidad, versatilidad y relevancia sostenida.
Desde Duel —su primer largometraje televisivo, en 1971, una obra maestra de la tensión que Hitchcock habría firmado sin dudarlo— hasta Disclosure Day, su trabajo más reciente, hay una línea que atraviesa géneros, décadas y transformaciones profundas de la industria.
No es fácil mantenerse vigente en Hollywood durante cincuenta años. Y Spielberg no solo se ha mantenido: ha marcado épocas.
Tiburón (1975) inventó el blockbuster de verano tal como lo conocemos. Y conviene recordar que lo logró por sustracción: aquel tiburón mecánico que apenas funcionaba obligó a Spielberg a sugerir en lugar de mostrar, a confiar en la partitura de John Williams y en el plano del agua quieta antes de la tragedia. Una lección de cine que muchos cineastas contemporáneos, ahogados en efectos digitales, harían bien en repasar.
En busca del arca perdida (1981) reinventó el cine de aventuras con una elegancia de puesta en escena que hoy se echa en falta. E.T. (1982) demostró que el cine popular podía tener alma; basta recordar ese plano de las bicicletas recortándose contra la luna para entender que el sentido de la maravilla también es una forma de arte. La lista de Schindler (1993) dejó a toda una generación sin palabras ante la pantalla, con esa secuencia del abrigo rojo —la única mancha de color en un mar de blanco y negro— grabada a fuego en la memoria colectiva.
Son hitos que no se discuten. Son películas que han entrado en el canon no porque la crítica académica lo haya decidido de forma arbitraria, sino porque el tiempo las ha consolidado como obras fundamentales del séptimo arte.
El peso de 37 títulos bajo el bisturí
Revisar la obra completa de Spielberg —unas 37 películas, incluyendo telefilmes— es un ejercicio que exige rigor y honestidad.
Porque junto a las obras mayores hay también títulos que no están a la misma altura. Trabajos en los que el entretenimiento prevaleció sobre cualquier otra ambición artística. Producciones donde la sobreproducción eclipsó la dirección. Momentos en los que el maestro pareció más cómodo con la fórmula que con el riesgo.
No es una crítica gratuita. Todo director con una filmografía tan extensa tiene sus altibajos. Incluso Kubrick, tan obsesivo con el control, tuvo proyectos que tardaron décadas en cuajar y otros que quedaron a medio camino de su propia ambición. Incluso Billy Wilder, después de obras maestras como El apartamento, firmó comedias menores en sus últimos años. Lo que importa es la media, el conjunto, y la capacidad de sorprender cuando más importa.
Y en eso, Spielberg tiene muy poco que envidiarle a cualquiera.
Aquí es donde el ejercicio se vuelve fascinante. Porque ordenar su obra obliga a distinguir al artesano impecable —ese que nunca rueda un plano feo, que jamás pierde el control del relato— del artista que, en sus mejores momentos, alcanza algo más alto y más difícil de nombrar. La frontera entre uno y otro no siempre es nítida, y precisamente por eso resulta tan estimulante trazarla.
El ranking de su obra es, en el fondo, un mapa de cincuenta años de cine americano —y en algunos casos, universal— con todo lo que eso implica: épocas brillantes, momentos de duda, regresos a la forma y desvíos creativos que no siempre funcionaron.
Disclosure Day y el cierre de un círculo
Su última película es un thriller de ciencia ficción que sitúa a personas ordinarias en el centro de una conspiración relacionada con la existencia de vida extraterrestre. Suena, inevitablemente, a un regreso a los temas que han definido a Spielberg desde sus primeras obras.
Desde Encuentros en la tercera fase (1977) hasta E.T., pasando por La guerra de los mundos (2005), Spielberg ha vuelto una y otra vez a la misma pregunta: ¿qué significaría descubrir que no estamos solos?
Cuesta olvidar aquel plano de Encuentros en la tercera fase en el que el rostro del protagonista, iluminado por una luz imposible que entra por la ventana de su camioneta, se transfigura entre el terror y el éxtasis. En esa mezcla de miedo y asombro late toda la cosmología spielbergiana: lo desconocido no como amenaza, sino como promesa.
Disclosure Day parece ser su respuesta más madura a esa cuestión. Una especie de testamento temático. La sensación de estar ante un director que cierra círculos, que regresa conscientemente a sus obsesiones de juventud con la perspectiva que solo da el tiempo.
Hay algo emocionante y ligeramente melancólico al mismo tiempo en ver a un cineasta de 79 años mirando hacia atrás para iluminar hacia adelante.
Por qué importa ordenar una filmografía como esta
Los rankings cinematográficos tienen mala prensa entre ciertos puristas, y en cierta medida lo comprendo. Reducir décadas de trabajo artístico a una lista numerada puede parecer una simplificación brutal, casi irrespetuosa.
Pero también tienen una utilidad innegable: obligan a tomar decisiones, a argumentar preferencias, a comparar contextos y ambiciones.
Ordenar la filmografía de Spielberg de peor a mejor no es un ejercicio de frivolidad. Es una forma de entender cómo ha evolucionado un artista, qué lo ha movido en cada etapa, dónde ha alcanzado su cima y dónde se ha quedado por debajo de su propio nivel. Es, en definitiva, una lectura crítica de más de medio siglo de historia del cine.
Y hay algo más. Cada vez que jerarquizamos una obra, nos retratamos también a nosotros mismos: lo que valoramos, lo que perdonamos, lo que nos emociona pese a sus defectos. Por eso ningún ranking es del todo objetivo, y por eso mismo merece la pena hacerlo con honestidad.
Hay directores que uno admira desde la distancia intelectual —Bergman, Tarkovsky, Bresson— y directores que te capturan desde el primer fotograma con una eficacia casi física, casi involuntaria. Spielberg pertenece a esa segunda categoría, aunque con el tiempo haya demostrado que su oficio va mucho más allá de la mera habilidad técnica. Recorrer su filmografía es, de algún modo, recorrer la propia memoria como espectadores: las primeras veces en el cine, las películas que te cambiaron, los momentos en los que el séptimo arte te demostró para qué sirve realmente.
A los 79 años, con Disclosure Day recién terminada y una carrera que ha resistido medio siglo de transformaciones de la industria, Spielberg sigue siendo una figura imprescindible para entender el cine contemporáneo. Ordenar su obra no es solo crítica cinematográfica: es un homenaje a alguien que, desde aquel día en que un chico de 22 años intentaba dirigir a Joan Crawford sin que le temblara el pulso, no ha dejado de hacer exactamente lo que prometió. Cine que, con sus grandezas y sus contradicciones, importa.

